Editorial
David Bowie

Porque quiero, me sale del corazón y se lo debo a mi vida. Algunos pensarán que este editorial... Leer más

A contracorriente
Juana la Loca
Llevar sobre las espaldas el título de “loca”, marca la biografía de cualquiera. Así que la buena de Juana, hija de los Reyes Católicos, ha pasado a la historia como la figura demente de la monarquía española por excelencia. El Romanticismo hizo de ella un personaje enloquecido por amor, cuyo comportamiento estrambótico había sido causado, primero, por los celos hacia su marido Felipe el Hermoso, después, por el dolor causado por la muerte de este. Tras fallecer Felipe, las crónicas relatan que acompañaba el féretro de su marido con un cortejo durante la noche, y hablaba con él como si estuviera vivo.
Lope de Aguirre
Hijo de Oñate (Guipúzcoa), a los 20 años embarcó a las Indias en busca de fortuna. Entre el 26 de septiembre de 1560 y el 26 de octubre de 1561, sus delirios lo llevaron a matar a decenas de hombres, ya fueran aliados o enemigos, para penetrar en las simas del corazón de las tinieblas. Tras liquidar al gobernador de Felipe II, escribió una carta a este y la firmó como “traidor”. Su intención de declarar en Perú un reino independiente del peninsular hizo que la Corona pusiera precio a su cabeza, pero nada lo detuvo. Al verse acorralado, mató a su propia hija.
El doctor Velasco
Buena parte de la colección del Museo Nacional de Antropología –entre ellas el famoso gigante extremeño– la fraguó un hombre, el doctor Pedro González Velasco, quien vivió en la que hoy es la sede de la institución. Si ahora salta a las páginas de este reportaje, es por su hija Conchita, que falleció a los quince años de edad a consecuencia del tifus. El doctor se consideró responsable en parte de su deceso y su fantasma le persiguió toda la vida. La momificó y, durante mucho tiempo, convivió con su cadáver embalsamado y vestido con traje de novia.
Ramón Gómez de la Serna
Para Ramón “los tornillos son clavos peinados con la raya al medio”. Muy libre o falto de alguno de esos tornillos debía de ser el que es uno de los escritores más originales del siglo XX español. Nacido en 1898, todo él, su vida y su obra, se sale de lo común, juega con las palabras y rompe con las convenciones, una ruptura que queda simbolizada como en ningún sitio en su estrambótico despacho, repleto de objetos a cual más inverosímil, donde recopilaba piezas sin relación alguna entre sí, adquiridas en el Rastro o en mercadillos de cualquier parte del mundo, auténticas greguerías entre las que creaba sus obras inmortales.
El Greco
Circula una anécdota sobre El Greco que, por sí sola, justificaría la comparecencia del genio en estas páginas. La narra Giulio Manzini en sus Considerazioni sulla Pinttura (siglo XVII). Dice el médico y apasionado de la pintura que Doménikos Theotokópoulos, que a la sazón residía y trabajaba en Roma, propuso a Pío V no ya cubrir decorosamente las figuras de la Capilla Sixtina, según el encargo papal, sino eliminar la obra del maestro y rehacerla él desde el principio, lo que desencadenó la furia de los pintores de la Ciudad Eterna, la apresurada salida del cretense y su posterior desembarco en España.
Diego Marín Aguilera
Burgalés, de un pequeño pueblo llamado Coruña del Conde, este otro pionero de la aeronáutica, amante de la Naturaleza, siguió los pasos de Ibn Firnás, y se hizo un traje a su medida, hecho de plumas de águilas y buitres, unas articulaciones de hierro y estribos para calzar los pies. Su máquina-pájaro le llevó seis años de intenso trabajo, hasta que una noche, la del 15 de mayo de 1793, acompañado por un tipo quijotesco que se apellidaba Barbero, puso rumbo a Burgo de Osma y a sus sueños. Logró volar algo más de 400 varas castellanas o, lo que es lo mismo, unos 360 metros.
Fernando VI
Cuarto hijo de Felipe V, su madre, María Luisa de Saboya, murió cuando apenas tenía cinco meses. Tímido, contemplativo y hasta cierto punto hipocondríaco, pasó la mayor parte de su juventud aislado a instancias de su madrastra, la intrigante Isabel de Farnesio. Su matrimonio con Bárbara de Braganza fue el punto central de su vida, y su reinado estuvo marcado por la prudencia y la búsqueda de la paz. Sin embargo, en 1758, tras la muerte de su esposa, la depresión asuela a Fernando y la salud le empieza a fallar. El rey se retira de la vida pública, se aísla en el castillo de Villaviciosa de Odón, y su carácter se vuelve violento y solitario.
Antoni Gaudí
Se han dicho muchas cosas sobre Gaudí que no se ajustan a la verdad o, en ocasiones, son indemostrables. Que era cabalista y adicto a los alucinógenos. Que fue miembro de la masonería. O que levantó el Palau Güell sobre unos terrenos malditos. Lo que está fuera de toda duda es que este arquitecto, máximo representante del modernismo, fue un hombre de trato difícil, intransigente en ocasiones, cuya trayectoria vital evolucionó hacia un ascetismo cada vez más hondo. Que no era fácil de complacer se confirma por las desavenencias que mantuvo con sus empleadores, así con el cabildo de Astorga, lo que paralizó varios años las obras del Palacio Episcopal.
Ramón María del Valle-Inclán
Un tipo que pierde un brazo de un bastonazo en una trifulca de café, fascinado por la bohemia sin incurrir en la bohemia, anhelante de la gloria literaria, creador del esperpento y dandi a tiempo parcial, dinamitero de estrenos teatrales, sobre todo si eran de su enemigo, el Nobel José Echegaray, un tipo así, un tipo como Ramón María del Valle-Inclán, nacido en Villanueva de Arosa en 1866, no podía faltar en este catálogo de excentricidades. Tradicionalista (y anarquista), hiperbólico y falsario, admiraba a Mussolini y los valores cristianos de la Francia que luchó por su supervivencia en la Primera Guerra Mundial.
Carlos II
No puede faltar en un catálogo de extravagantes aquel a quien la historia ha perpetuado como “el hechizado”. Las anécdotas de los cronistas son innumerables. Tales eran sus rarezas y enfermedades que se le creía embrujado, e incluso fue sometido a varios exorcismos. La endogamia hizo del último de los Austrias un bicho raro que llegó a tener 14 amas de cría y fue amamantado al menos hasta los cuatro años. Probablemente sufrió el síndrome de Klinefelter, caracterizado por infertilidad, trastornos de conducta y ciertas deficiencias físicas. Sufría ataques de cólera brutales y constantes y nunca llegó a escribir con corrección.
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