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Una sola carne

Alfredo Pérez Alencart

Veinte años de pasión por la escritura y escritura de la pasión se condensan en “Una sola carne” (Diputación de Salamanca, 2017), la antología amorosa de Alfredo Pérez Alencart (1962) que ha preparado Carmen Bulzan, catedrática de la Universidad Ecológica de Bucarest.
El vuelo de este poeta y pensador peruano-español ha alcanzado las cimas más altas con el batir de alas de la carne y el espíritu. No existimos sino como fusión de ambos dones y no nos completamos hasta que el anhelo nos multiplica y nos encuentra en “una sola carne”.
El poema “Esposa de mi atardecer” –un canto que celebra los veintitantos septiembre de su amor– es el pórtico que nos conduce a un templo en cuyas distintas estancias –“Amoris causa”, “Justamente así”, “Mujer de la mañana” y “Esquirlas”– nos reconocemos en la universalidad de una emoción tal vez intraducible pero, obviamente, sensible.
Lo que un lector experimenta ante una obra tan cuajada de generosidad es gratitud. La palabra vuelve prístina a nosotros, sin la mancha del tiempo y sus heridas, y ríe y goza con una alegría sincera y un sabor a cosas puras. Porque esta historia empieza “una vez más/ embriagando con vino/ de la viña que fomenta profecías/ oídas clamando/ desde el abecedario del prodigio”. Tal como reza una de sus perlas, “Amada extranjera”, “se hicieron nuevos los cánticos antiguos”.
No es por azar que las cuatro partes de “Una sola carne” se abran con una cita de la Biblia y una suerte de exégesis o acompañamiento libre del autor, responsable de esas elecciones. Los Proverbios, el Génesis, el Eclesiastés y el Cantar de los Cantares son la miel que nutren el alma de un poeta que acaricia, igual que el profeta Blake, la inocencia y la experiencia, y que relata lo que ve cuando se abren “las compuertas del cielo”.
“Una sola carne” es, primero, un ejercicio de introspección pero, simultáneamente, una ofrenda sin límites al género humano. El poeta se va construyendo en la abstracción y, cuando resuelve o habita sin pesar la incertidumbre, nos revela su camino, el mismo que siguieran Adán y sus hijos cuando “una hoja de exquisita fragancia” cayó sobre sus pechos o un ángel “regó su copa” sobre sus bocas.
La mujer de este cuento tiene nombre –la “electa” Jacqueline– y ojos extremos. Intratable en el verso corto –los de “Justamente así” son exquisitos–, la pericia de Pérez Alencart con el versículo de gran aliento se refleja en composiciones como esa “Mujer de ojos extremos” en la que reclama una crucifixión de continuo “para ser testigo de tus llamas sin corrupción, alimento/ para mi supervivencia que ya rectificó su rumbo”.
No hay medias tintas en esa grave entrega: se ama siempre con las manos abiertas, en la tierra y en el cielo, ultrahumananente. La base de la realidad es el amor y volvemos siempre a su silueta. La esposa del amor es la patria y no hay más brújula que su cuerpo. Todo está en ella y fuera de ella no hay nada salvo, acaso, la memoria de quienes se encontraron antes que ellos y lo pusieron negro sobre blanco.
El autor no se deja tentar por la torre de marfil. Su poesía se presta al análisis sesudo de la Academia, pero también al deleite impetuoso de un adolescente. Pérez Alencart moja la pluma en la tinta del asombro y comparte sus epifanías de belleza, tan sencillas –y tan hondas– como esta: “El hombre se hace fuerte en el Amor”.
La necesidad de poner nombre a las cosas es tan acuciante como la de parar los relojes en el éxtasis. Huye el tiempo si no nos consagramos a esa epigrafía que nos recuerda cada despertar a las siete y media, cada “abrazo hechizante” o cada beso. El amor es una fortuna ajena a los que van a tientas (“Allá ellos con su debilidad creciendo si el amor les falta”, nos dice en el primer movimiento de “Eres mi corona”) y que “quita importancia a las sombras del futuro”.
Se diría, al pasar las páginas de este libro y cerrar los ojos tras cada pieza, que “Una sola carne” es un prontuario del amor en el tiempo, una liturgia que santifica el latido del corazón en compañía y un banquete que reaviva la llama de Eros.
En su última capilla, la antóloga, Carmen Bulzan, recoge, tal como señala en la introducción, una serie de “aforismos o comentarios irradiados de lenguaje poético y pensamiento” –“esquirlas”, en la voz de su autor– pertenecientes a su “Breviario del sosiego”. Permítaseme clausurar estas reflexiones con una de ellas: “Estamos hechos para recomenzar bajo una oración eterna”, que amasa el sentido final de este libro. Somos el metal que se derrama en un molde de cera de abeja, los que seguimos amando con instinto trascendente, los que recitamos, con nuestro temblor y nuestro acento distintos, esa oración eterna./A.F.D.

Una sola carne
Alfredo Pérez Alencart
Diputación de Salamanca (2017).
192 págs. 8 euros.

 

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