Historia Moderna
Última actualización 23/12/2009@10:32:53 GMT+1
La historia nos ha legado un rosario de anónimos buscadores de fortuna, arquetípicos de una existencia aventurada, de un modo de vida común en la sociedad moderna, empleados en el oficio de las armas. El desestructurado Imperio español de los reinados de los últimos Austrias, con brechas abiertas en Alemania, Italia, Flandes y las rutas atlánticas, generó un espectacular incremento del potencial militar hispano, que integró una clase de miliciano de dudosa extracción, pendenciero, pícaro –de una picaresca como sólo el siglo XVII vio nacer– y baladrón, sometido a las penalidades, así como a los vicios de la tropa, atrapado en un mundo en que cada día podía exhalarse el último aliento. Por: Jorge García Sánchez
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Ya lo leemos en el Quijote, donde Cervantes hablaba por experiencia propia al apuntar: “Y veremos que no hay ninguno más pobre en la misma pobreza {que el soldado}, porque está atenido a la miseria de su paga, que viene tarde o nunca, o a lo que garbeare por sus manos, con notable peligro de su vida y de su conciencia”.
Las memorias del capitán Alonso Guillén de Contreras testimonian un buen ejemplo de las peripecias de un hombre de armas de la Europa de la Guerra de los Treinta Años, más predispuesto al saqueo que a rendir cuentas de su conciencia –contradiremos en esto al manco de Lepanto–, etiquetado por sus contemporáneos como uno de los “hombres sin alma” abocados a la práctica del corso. En 1633, a los 51 años de edad, Contreras relató los derroteros vitales que lo habían llevado hasta hallarse caído en desgracia en una posada de Palermo, donde escribió su autobiografía. Soldado de los tercios de infantería, capitán de armada y de caballería, gobernador de la ciudad de l’Aquila –tristemente de actualidad– y de la isla de Pantalea, caballero de San Juan, reo de la justicia, ermitaño e incluso deudor de que Lope de Vega partiera su capa con él en momentos de necesidad (además de tomar prestada su figura para retratar al protagonista de la comedia El Rey sin reino), su principal actividad se desenvolvió sin embargo en el mar Mediterráneo, en la guerra sucia contra el infiel. Un Mediterráneo convertido en frontera de la dinastía Habsburgo ante las arremetidas del poder turco y sus estados satélites, los pequeños reinos berberiscos del norte de África, con cuyas incursiones piráticas perturbaban las comunicaciones marítimas hispanas, fundamentales en la estrategia económica y en la defensa militar del Imperio, como afirmaba el historiador Gonzalo Céspedes y Meneses en 1631: “Todos los hombres de experiencia claman y afirman que este remedio de los males de España pende de la defensa del mar”.
El antídoto prescrito por el monarca Felipe III de poblar de galeras el Mare Nostrum ante el problema de la piratería obtuvo victorias efectivas, pero no así duraderas; por ejemplo, el éxito de la de la escuadra del marqués de Santa Cruz, general de las galeras de Nápoles, en su expedición de castigo a las islas griegas (1603), y posteriormente a La Galeta (1612). O las presas de navíos berberiscos en el estrecho de Gibraltar por parte del marqués de Villafranca (1605), así como la toma de Larache (1610), sin olvidar los importantes éxitos del duque de Osuna contra los turcos (1613). Aunque en torno a 1625 cerca de 70 galeras, con sus bases en Nápoles, Sicilia, Génova y Malta, patrullaban el Mediterráneo, sus costas resultaban asoladas regularmente. Las escuadras de corsarios particulares enroladas entonces por la monarquía española fueron habituales en las correrías náuticas de la época, y sus implacables métodos de guerra no le iban a la zaga a los bajeles de la media luna, perpetrando auténticas razzias en el corazón del territorio enemigo.
Desde su nacimiento en 1582 en la villa de Madrid, de padres cristianos viejos, “sin raza de moros ni judíos, ni penitenciados por el Santo Oficio”, Alonso de Contreras parecía abocado a encaminarse en una vida de violencia: a la edad de 14 años ya había sido condenado a un año de exilio por apuñalar a un compañero de la escuela, y a los 15 servía en las tropas reales. Fue bajo las órdenes del duque de Maqueda, virrey de Sicilia, que Contreras embarcó por primera vez rumbo a Levante, prestando servicio en un galeón con patente de corso. La abundancia del botín y la facilidad de las presas, sumadas a la dosis de aventura que implicaba el oficio, terminaron por encauzarle hacia esta carrera, apadrinado en Malta por el Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, Gaspar de Monreal. “Llevaba mi espada y una rodela y sin pelo de barba”, escribía el madrileño, aún adolescente. La narración de Contreras es muy vívida respecto al quehacer cotidiano de las naves corsarias de la isla, empeñadas en misiones punitivas en cada una de las esquinas del Mediterráneo, desde Marruecos y todo el norte de África, incluso remontando el río Nilo, hasta el Próximo Oriente (Siria, Líbano) y Asia Menor, pero especialmente en el entramado de islas griegas; y no ahorra ninguna palabra al describir la crudeza de las batallas, si bien a veces impregnadas de tintes de inverosimilitud: “un artillero holandés se puso a cargar una pieza descubierto y le tiraron con otra de manera que le dio en medio de la cabeza, que se la hizo añicos, y roció con los sesos a los de cerca, y con un hueso de la cabeza dio a un marinero en las narices, que de nacimiento las tenía tuertas. Y después de curado, le quedaron las narices tan derechas como las mías, con una señal de la herida”.