Historia Contemporanea
Última actualización 28/01/2010@09:10:21 GMT+1
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| LA ODISEA DE LA FRAGATA ARAPILES |
Visitando los grandes museos de las principales capitales europeas millones de turistas se maravillan con la contemplación de fastuosas obras de la Antigüedad, cargadas de historia y años. Sin embargo, surge una duda: ¿por qué España no iguala, o por lo menos se acerca, al número de tesoros que albergan museos como los británicos o los franceses? La explicación es muy simple… Por: Ignacio Monzón Acosta
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El siglo XIX, uno de los principales momentos de formación de semejantes colecciones, supuso para las tierras hispanas un periodo convulso donde la inestabilidad política y el desigual desarrollo económico no permitieron aventuras científicas de envergadura como las de las grandes potencias de la época. Y así llegamos a un curioso capítulo de la historia española donde, amén de razones políticas y comerciales, el país de Cervantes preparó una expedición al “Dorado” arqueológico por excelencia: el Mediterráneo Oriental.
Es cierto que siempre había existido interés por emprender aventuras de semejante calado por parte de los eruditos españoles, pero las condiciones nunca eran favorables y parecía, además, un gasto inoportuno y no justificable. Pero la labor incansable de Don Juan de Dios de la Rada y Delgado, con la idea de engrosar las colecciones del recién estrenado Museo Arqueológico Nacional, en 1867, permitieron un curioso episodio ultramarino. Sus contactos le posibilitaron comunicar sus intenciones a Juan Valera, Director General de Instrucción Pública, al que presentó un preparado proyecto. De forma más modesta se perseguía repetir la estela de la gran expedición de Napoleón Bonaparte en Egipto (1798-1801) que tan fructífera se había prestado. Por fin, el 10 de Junio de 1871, en tiempos de Amadeo I de Saboya, se emitió una Real Orden donde se aprobaba la financiación para una expedición por el Mediterráneo. Con una dotación inicial de 2500 pesetas para los gastos de viaje y dietas, del fondo de 50.000 para nuevas adquisiciones del museo, se buscó un transporte adecuado. Y no era ésta una tarea menor. Si esta especie de “embajada científica” iba a representar a España se requería un buque digno, ya que también se pretendía establecer una red comercial con el Oriente y valorar el grado de desarrollo de otros países. La búsqueda de un buque idóneo recayó en el ministro de Marina: José María de Berenguer, que designó una de las mejores naves de la flota: la Arapiles. Se trataba de una fragata blindada de vanguardia que había sido enviada a Nápoles para representar al país en una exposición marítima. A bordo viajaría la Comisión Científica presidida por Juan de Dios de la Rada, como autoridad en arqueología, Jorge Zammit y Romero, epigrafista y políglota que serviría entre otras cosas de intérprete y Ricardo Velázquez Bosco, dibujante y fotógrafo. Apenas 18 días después de la R.O. partían hacia Bayona, en tren, los miembros de la Comisión. Desde allí, también en ferrocarril, llegaron a Nápoles el 30 del mismo mes y embarcaron para la primera fase del viaje: Italia.
El transcurso de esta expedición tan ambiciosa puede seguirse en el relato que escribió el mismo de la Rada, publicado en 1876 con el título de Viaje a Oriente de la Fragata Arapiles, acompañado de los magníficos grabados que realizó Velázquez Bosco. Así, desde el 1 al 13 de julio de 1871, la Comisión exploró la zona sur de la península Itálica y Sicilia. La primera visita, obviamente, fue a la misma Nápoles y su Museo Borbónico, organizado por Giuseppe Fiorelli (1823-1896) y del que Juan de Dios recopiló gran cantidad de información en cuanto a su organización para aplicarla al Museo Arqueológico Nacional. De ahí se pasó a inspeccionar los principales yacimientos de la zona: Puteoli, Herculano y Pompeya. Partiendo de la zona el 7 de julio se dirigieron al puerto de Palermo, pero un brote de viruela les obligó a desviarse a Messina, donde desembarcaron para conocer los restos de Taormina, con su magnífico teatro y Catania. El siguiente destino fue la ciudad de Siracusa, que aunque resultó en ciertos aspectos decepcionante, fue descrita con detalle. Además de explorar la Isla de Ortigia y el Vico de San Paolo, con restos de un templo a Apolo, adquirieron varias monedas, restos de terracotas y vasos griegos –destacando los ejemplares del Gabinete del Barón de Utica– para la colección del Museo. Sin embargo, este periplo por el Mediterráneo no discurrió tan fácilmente. Ya en Messina el dinero pareció insuficiente: además de las dietas de los miembros de la comisión había que costear el combustible, los víveres y las mensualidades de la dotación. A todo ello había que sumar los gastos de las visitas y la adquisición de objetos. Así, una idea tan interesante y bienintencionada se veía en peligro.