Hemeroteca :: 01/03/2008
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Historia Antigua

Un millón de años de historia

TRAS LAS HUELLAS DEL PRIMER EUROPEO

Última actualización 28/02/2008@12:46:04 GMT+1
Un cuarto de siglo después de que se produjeran los primeros grandes descubrimientos en Atapuerca, el yacimiento situado en la Sierra de Burgos sigue siendo un referente para investigadores de todo el mundo. Allí pudo asentarse hace un millón de años una especie homínida fundamental para conocer nuestro pasado.

Por: BRUNO CARDEÑOSA

“El estudio bien entendido de estas cuevas puede ser útil no sólo a la ciencia geológica, sino también a la arqueología, la antropología, la industria y la agricultura por los diferentes objetos que encierran, y de los cuales todas estas ramas del saber sacan un partido inmenso para sus rápidos adelantos y progresos”. Con tan profética sentencia ponían fin a su informe en 1868 los ingenieros de minas Pedro Sampayo y Mariano Zuaznavar. Titulado Descripción con planos de la cueva llamada de Atapuerca, el escrito, de 19 páginas y varios grabados y planos, pretendía que las autoridades burgalesas tomasen conciencia de la necesidad de facilitar el acceso a su interior. Pararían muchas décadas hasta que ese noble llamamiento se hiciera realidad…
Hoy, Atapuerca es un mito. Nunca en la historia de la paleoantropología unos hallazgos han tenido, al menos en nuestro país, un impacto tan desmedido. Se ha convertido a la cueva llamada de Atapuerca en la morada del “eslabón perdido”, en el mayor reducto humano del pasado, en el espejo más exacto de la evolución y en el refugio de los seres humanos que habitaron la península Ibérica.
Atapuerca fue durante años la meca de domingueros expoliadores que buscaban colmillos de osos. Las tropelías cometidas en el lugar, antiguo punto de paso de la desaparecida vía de tren que un día partió en dos la sierra burgalesa, cesaron gracias a un equipo de espeleólogos que, en la década de los cincuenta del pasado siglo, logró que se vallara la cueva.
No faltaron expediciones furtivas a posteriori, pero quienes las organizaban ya estaban movidos por un afán más creativo que decorar el salón de su domicilio. Como si el espíritu de los hombres que allí moraron un buen día llamara a los auténticos cazadores de fósiles, estudiantes y universitarios rascaron en sus paredes, convencidos de que el tesoro de Atapuerca sería, un día, objeto de estudio real.
Eso fue lo que le ocurrió a una estudiante llamada Trinidad Torres, que buscaba restos de osos en las cuevas para completar su tesis sobre los plantígrados. Y los encontró, junto a una mandíbula humana que Trinidad puso en manos del entonces director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, Emiliano Aguirre.
COMIENZAN LAS INVESTIGACIONES
Dos años después comenzaron las investigaciones. Primero se exploró la llamada Trinchera del Ferrocarril y, posteriormente, la conocida Sima de los Huesos, a la que siguieron la Gran Dolina y, aunque en menor medida, algunas de las 25 cavidades que forman el complejo. En 1983 aparecieron nuevos restos humanos: dos dientes entre los restos de un oso. Pero los investigadores no podían detenerse en aquella “minucia”. Se extrajeron toneladas de escombros, piedras y sedimentos hasta que, en 1989, todo quedó dispuesto para comenzar las verdaderas campañas de trabajo que, año tras año y hasta hoy, se efectúan cada verano, y raro es el ciclo estival en el cual no se producen descubrimientos que alcancen la primera página de los diarios de información general.
No tardaron en llegar los primeros frutos. Los “recolectó” una becaria llamada Ana Gracia. Dicen que sus gritos se oyeron por todo el paraje, pero que el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga y los suyos pensaron que se trataba de una broma. No obstante, aquel 26 de septiembre, una de las últimas jornadas de trabajo de la campaña de aquel año, los investigadores estaban reunidos en la Sima de los Huesos: “Dos días antes había encontrado una tibia preciosa en una zona aparentemente sin interés, llena de arcilla. Ahí podía trabajar sin tocar nada de lo que, hasta el momento, habíamos marcado en otras partes de la cavidad. Y entre el barro descubrí un resto humano”.
Nadie respondió a sus gritos. Sintiéndose incomprendida, prosiguió limpiando aquel diente hasta que, para su sorpresa, se dio cuenta de que la pieza estaba unida a un maxilar. “Pensé que iba a encontrarme con la cabeza entera”, recuerda emocionada. Volvió a gritar y, esta vez sí, los responsables de la excavación acudieron a la visceral llamada. “No hay palabras para decir lo que sentí en ese momento. Fue como haber descubierto la tumba de Tutankhamon, como si me hubiera tocado la lotería. Todo el esfuerzo había merecido la pena”, contó a la prensa que se hizo eco de los hallazgos con amplitud. No era para menos: se había descubierto al “primer español”. Era un preneandertal, el primero de los 32 que iban a encontrarse en aquellas fechas, que medía más de 1,80 m y sobre cuyo rostro destacaban unos arcos superciliares y unas poderosas mandíbulas. Había vivido hace la friolera de 300.000 años.
En una entrevista que el periodista de La Vanguardia y autor del libro Sapiens, Josep Corbella, mantuvo con uno de los directores de las excavaciones, Eudald Carbonell, el investigador aseguraba: “La élite internacional de la paleontología nos infravaloraba allá por 1994”. Su queja partía de la publicación en Nature de una información según la cual no habían existido humanos en Europa más allá de hace 500.000 años. “Sospechaba que aquel paradigma era erróneo. Llamé a la gente de mi equipo al despacho, saqué la botella de grappa, cerré la puerta y les dije: ‘Chicos, vamos a cargarnos el paradigma’”.
Huelga decir que el planteamiento de partida de Carbonell no era ortodoxo, pero su afán arrastró a todos en busca de su particular eslabón perdido, en especial a un joven estudioso, Juan Luis Arsuaga, hijo de un extremo izquierda del Real Madrid entre 1946 y 1954 que acabaría siendo el padre del descubridor de quien muchos consideran el primer europeo. Ambos habían tomado desde hacía tres años las riendas en las investigaciones de Atapuerca, relegando al jubilado Emiliano Aguirre, quien en ocasiones manifestaría ciertos planteamientos científicos distintos a los responsables de los estudios. […]
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