Editorial
Última actualización 23/06/2008@13:39:05 GMT+1
A algunos personajes, ocupar el poder –u ostentarlo de cualquier modo- les provoca una megalomanía que, en no pocos casos, raya con lo enfermizo. A veces incluso con lo tiránico. Tienden a creerse seres superiores, hasta el punto de sentirse unos elegidos. Y abrigados por esa convicción atraviesan una nueva fase en la cual su mayor obsesión es perpetuar su legado, convencidos de que no puede haber nada mejor que su sangre.
Le ocurrió a Teodosio, el emperador hispano sobre quien presentamos un trabajo que pone sobre la mesa las luces y sombras de un personaje que dirigió al cristianismo de forma definitiva hacia su perpetuidad como la religión predominante en el mundo conocido. Pero para lograr aquello no escatimó en métodos poco cristianos. Fue cruel. Y en no pocas ocasiones, la suya fue una crueldad que iba más allá de lo político, y que incluso situaba al otro lado de la barrera a quienes por comportamiento y pensamiento podía considerar sus enemigos.
Quizá fruto de esa locura mezclada con una serie de creencias son también sus arrepentimientos.
Después de cometer la crueldad de turno, llegaba el lamento más profundo. Después de la represión sobrevenía la indulgencia. Pero los hechos son los hechos. Y los de Tesalónica fueron de una gravedad tan intolerable que la Historia no puede ignorar. Hubo un motín que provocó la muerte de algunos funcionarios y, lejos de buscar con las herramientas de la sensatez una solución al conflicto –a fin de cuentas, eso debe ser la política- llamó a la población a asistir a una representación en el circo y aprovechó que la masa se agrupaba para ejecutar una matanza que pudo llevarse por delante la vida de casi diez mil personas.
Se trató de uno de los actos de terror más injustificables de la Historia. Fue excomulgado por el obispo de Milán y aceptó el castigo. Cumplió la penitencia como buen cristiano, eso sí, pidió perdón después de armar la que armó. Un comportamiento que después, con el paso de los siglos, se ha repetido en muchos personajes históricos que se caracterizaron también por mezclar brutalidad con crucifijos –por cierto: uno de ellos es Lope de Aguirre, sobre quien también ofrecemos un artículo- sin ningún tipo de pudor. Y lo grave en el caso de Teodosio –sin entrar a valorar otras dotes suyas en lo político o militar, si es que las tenía- es que sus aires de grandeza le llevaron a creerse un elegido de los cielos y a pensar que la sangre de su sangre sería apta para el poder más que cualquier otra opción. Así pues, proclamó a sus hijos herederos de una nueva dinastía. De este modo, también con el paso de los siglos, las futuras dinastías, en otros contextos y periodos de la historia, acaban presentando sus luces y sombras, porque la herencia de sangre en el poder político no es garantía de nada.
Una buena demostración es la dinastía de los Borbones, que presenta a hombres preparados y aptos como Carlos III y a otros más descentrados, como es el caso de Felipe V. Precisamente, sobre esta dinastía en cuestión presentamos un amplio trabajo en este número que espero puedan disfrutar durante este comienzo del verano. Que tengan buena lectura.