Editorial
Última actualización 27/01/2009@17:18:13 GMT+1
A estas alturas de la película no podemos andarnos con medias tintas. Carlos III era un absolutista. Y esperemos y deseemos que no se repita en la Historia que quede por escribir en el futuro nuevos periodos de absolutismos de cualquier tipo. Ahora bien, de entre los monarcas –entre los anteriores y también los posteriores, a qué engañarños, piensen por ejemplo en su hijo Carlos IV o en Fernando VII– que han liderado esos periodos desde luego que se trata de uno de los más “avanzados”. En este número, un politólogo escribe para nosotros y nos muestra incluso las conexiones entre sus propuestas y otras que vinieron después en tiempos democráticos. Pero tampoco nos dejemos cegar por calificativos como el de “ilustrado”, que sí, lo fue, sin olvidar el contexto histórico en el que se desarrolló su reinado, pero a ese calificativo –en un sentido moderno de la acepción– poco aporta una de sus medidas más “progresistas”, que fue otorgar a los gitanos los mismos derechos que al resto de los españoles. Eso sí, para que los gitanos pudieran conseguir tal reconocimiento, Carlos III estableció una serie de pautas para ellos: dejar de hablar su idioma (el caló) en público, vestir de otra forma, cambiar hábitos, abandonar la vida errante... Es decir, que para tener los mismos derechos que todos los españoles no les bastaba con ser españoles, sino que tenían que dejar de ser gitanos. La suya, pues, no dejaba de ser una forma de dictadura, impuesta por mor de su sangre azul. Dicho esto, reconozcamos que fue un rey que impulsó una serie de reformas políticas que en su tiempo sí supusieron una mirada hacia el futuro y que fue el responsable de “crear” el moderno concepto de nación moderna. Pero la historia no debe repetirse. Ya sé que es un tópico manido hasta la arruga perenne lo que acabo de decir, pero es que esa frase –“Lo malo de la Historia es que se repite”– la pronunció nada menos que Charles Darwin, el científico más influyente de la Historia, con permiso de Newton y acaso Einstein. Su teoría fue una revolución científica, pero también social y política. Evidentemente, no podíamos permanecer al margen de los fastos del año Darwin, que se conmomora al hilo del 150 aniversario de la publicacion de El origen de las especies, el libro más influyente de la Historia, con permiso de la Biblia. Lo que hemos querido hacer es conocer cómo se vivió en la España del siglo XIX –las cosas pasan rápidas: no tanto tiempo después del reinado de Carlos III, a quien le hubiera dado un síncope de haber sido contemporáneo del científico británico y haber leído los descubrimientos que hizo– la divulgación de esta teoría científica. Y por último señalar algo más. Nuestro país no estuvo al margen de la colonización en África. En este número, el lector podrá conocer un episodio relativo a ese periodo. Me refiero a la Guerra del Ifni, en la que las tropas españolas lucharon contra los verdaderos dueños de la región con el objetivo de regir sus destinos porque sí. La ocupación de un país o parte de un país por otro es algo que ni por asomo puede defenderse. Conocer con frialdad los episodios históricos relativos a esos periodos de ocupación es también un deber de publicaciones como ésta para que –vuelvo a repetir el tópico– la historia no se repita, porque por desgracia el hombre sigue sin darse cuenta de que no es tolerable que un país ocupe otro imponiendo su poder. Conocer la Historia de estos casos siempre sirve para dar la razón a los ocupados. No hay excepciones, ni excusas. Ni aquí ni en Roma. A buen entendedor pocas palabras bastan. Bruno Cardeñosa