Historia Antigua
Última actualización 24/03/2009@16:28:45 GMT+1
Alejandro Magno nunca estuvo en la península Ibérica. Tras el asesinato de su padre Filipo II, el conquistador macedonio extendió las fronteras de su imperio hasta los ignotos confines orientales. Las campañas de Gránico (334 a.C), Issos (333 a.C) y Gaugamela (331 a.C) le permitieron adentrarse en Asia Menor, Siria, Egipto y Mesopotamia, entre otras regiones. Conquistada Persia, se dispuso a someter la India. Pero, ¿qué otros proyectos hubiera acometido de no haber muerto en Babilonia a los 33 años? Según nos cuenta el historiador griego nacido en Sicilia Diodoro Sículo, la península Ibérica podía ser su siguiente objetivo…
Por: Alberto de Frutos
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De acuerdo con el Libro XVIII de la Biblioteca Histórica, Crátero, “el más noble de los capitanes de Alejandro”, disponía de información fehaciente sobre las últimas voluntades del conquistador, pero Pérdicas, general y diádoco de Alejandro, uno de los encargados de administrar su herencia, “juzgó que era más prudente dejarlas sin efecto”.
La trayectoria de este curioso personaje, que acompañó al unificador de Grecia en sus campañas militares y fue herido en el sitio de Tebas (335 a.C), corre pareja, tras la muerte de su jefe, con un acusado apego al poder, que le llevó a arrogarse el gobierno de Asia ante la incapacidad de quien había sido designado para suceder a Alejandro, su hermano Arrideo, que, según Apiano, “no estaba en sus cabales”. “Sin embargo –prosigue el autor de Historia romana–, los amigos de Alejandro dividieron en satrapías a los pueblos sometidos, y Pérdicas las repartió entre ellos”.
Diodoro Sículo concede al ambicioso Pérdicas el privilegio de la duda, al afirmar que, por “no quitar mérito a la sabiduría y discreción de Alejandro”, se tomó la molestia de referir al consejo de macedonios los asuntos que figuraban en el testamento del héroe.
De esa enumeración tan extremada, proviene en esencia la hipótesis acerca de las postreras intenciones de Alejandro, muerto en el palacio de Nabucodonosor II en 323 a.C. Tal vez el veneno que contenía la copa de Heracles que le sirvieron en una fiesta –o tal vez otro mal, puesto que “los más creen que esta relación del veneno fue una pura invención”, según Plutarco– acabara con unos sueños de poder y gloria nunca vislumbrados hasta entonces.
Bajo un féretro de oro, y cubierto por un paño mortuorio púrpura, sobre el cual se exponía su panoplia, yacían los restos de una de las mayores figuras de la Humanidad, un soldado que aprendió a razonar con Aristóteles como maestro, y que deshizo el “nudo gordiano” antes de conquistar el imperio persa y convertirse en un guerrero inmortal.
A la par que se celebraban sus exequias y su féretro recorría los más de mil quinientos kilómetros que separaban Babilonia de Menfis y luego de Alejandría, se extinguían los ecos de un ser divinizado en vida, y glorificado como una leyenda después de su muerte. Odiado y admirado a partes iguales, su fin coincidió con el de la era clásica de Grecia, y con el inicio del desmembramiento de un imperio forjado por aquel que quiso legar sus trofeos al “mejor” o “más fuerte”.