Última actualización 26/05/2009@13:15:27 GMT+1
Cuando Cristóbal Colón cargó en su nave las primeras raíces de caña, poco imaginaba que en realidad estaba sellando nuestro destino colonial. En ninguna otra ocasión, la historia de España estaría tan ligada a una materia prima. Tanto es así, que hoy resultaría imposible interpretar el hecho colonizador, sin estudiar a su vez los avatares de la industria azucarera. Texto y fotos: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano
Aunque se supone originaria de Nueva Guinea, algunos viajeros reportaron que en el valle del Indo, desde el siglo V antes de Cristo, los nativos apreciaban el consumo de caña y la trataban rudimentariamente para obtener su jugo. Darío debió llevarla a Persia y, desde allí, Marco Polo extenderla por Europa. Colón conocía bien la planta, acostumbrado a verla frecuentemente en sus escalas por exóticos puertos árabes. El ínclito marino no dudó en sumarla, ya en su segunda travesía, a la larga lista de productos que exportó a La Española. A las reses bovinas, caballos, cerdos y cereales acompañaron las “zocas”, tal como eran conocidas las raíces de sacarosa seleccionadas para la ocasión en las Islas Canarias. Apenas un año después Colón dirige una misiva a los Reyes Católicos, comunicándoles su estupefacción por la celeridad y robustez con que prosperaron, pidiendo el beneplácito de continuar la siembra. Ya en 1501 hay constancia de la existencia del primer campo de caña en América y, en los años sucesivos, de la extracción de los primeros azúcares antillanos, así como la instalación en La Española de un ingenio molinero para obtener el guarapo.
Será en Cuba, sin embargo, donde este vínculo entre historia y azúcar será determinante, dilatándose en el tiempo hasta la pérdida definitiva de las colonias. No se trataba de la ansiada Cipango, pero al arribar a Cuba los colonizadores quedaron maravillados ante un panorama fértil y exuberante, de flora y fauna salvajes, de fruta colorista. A cambio del oro aquella tierra les ofrecía algo bien distinto; yuca, boniato, ñame o maíz, pero también tabaco, aromática planta que por sí sola hubiera justificado el empeño colonizador.
Cuando Diego Velázquez llega a la costa oriental en 1511, imponiendo el primer gobierno en Baracoa, entre sus propósitos más acuciantes contempla la siembra de caña. Paralelamente al crecimiento que experimentaba la caña de azúcar en La Española, gracias al buen hacer de agricultores llegados de Canarias, en la Cuba Oriental se irá implantando poco a poco una incipiente industria a pequeña escala, pensada para el consumo de la población en general, y de los diezmados indígenas en particular. Los lavaderos de oro no cumplen las expectativas, y los nativos van muriendo irremisiblemente, en parte por extenuación y en parte a causa de las enfermedades procedentes del Viejo Continente, como el sarampión.
Con todo, la estratégica situación de la isla en la corriente del golfo, ideal puerto de partida de las arriesgadas y duraderas expediciones, estimulará la permanencia colonial en la isla y, por extensión, la producción de materias primas como el azúcar. El primer tipo de trapiche o molino azucarero, según describía Bartolomé de las Casas refiriéndose a La Española, consistía en un pequeño ingenio cuya fuerza motriz podían ser dos caballos o un grupo de esclavos, que hacía girar tres cilindros de madera alineados verticalmente, entre los cuales se introducía la caña una vez limpia. Ésta era triturada y exprimida a su paso por los rodillos, hasta liberar el guarapo en unas grandes hoyas o pailas de vaporización, donde la masa líquida resultante hervía y se batía hasta secarse y orearse al sol, obteniendo el azúcar. Años más tarde –como también atestiguaría Bartolomé de las Casas en sus viajes- surgieron ingenios de agua al estilo de nuestras norias, más perfeccionados y capaces de triplicar la producción de aquellos trapiches rudimentarios. Con el paso de los años gran número de productos, como azúcar blanco, cuajado y purificado; o refinado, en forma de espumas, mascabados, cogullos, mieles o remieles, surgen de aquella manufactura primitiva con destino al mercado local y la subsistencia colonial, elemental industria a la que Carlos V ya exigió rendir cuentas al observar irregularidades en los diezmos que había de rendir a la iglesia.