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Hemeroteca :: Edición del 01/06/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 26/05/2009@13:15:07 GMT+1
Grandes expectativas -y recelos- ha levantado el proyecto que pretende convertir la pequeña población aragonesa de Ontiñena en una futura Las Vegas. Se proyectan construir una treintena de casinos, más de setenta hoteles, un hipódromo, parques temáticos, campos de golf y un sinfín de complejos de ocio que dejarán irreconocible el árido paisaje del desierto de los Monegros. El proyecto aragonés viene a sumarse a los cuarenta y tres casinos de juego que ya se cuentan a lo largo y ancho de la piel de toro. Es el signo de los tiempos. Por: Marc Fontbona
España tiene todos los números para convertirse en el patio de recreo de Europa, con o sin permiso de la mítica Monte Carlo. Dejando a un lado las opiniones que podamos tener al respecto, es hora de prestar atención a un fenómeno con gran arraigo entre los españoles, y que tiene una larga tradición en nuestro país. En el futuro se alzarán macro casinos donde antes hubo tahurerías y tablajes; sin embargo, el juego no es ninguna novedad. Y para conocer los futuros jugadores tenemos que conocer primero los jugadores del pasado.

Los jugadores de la Antigüedad clásica se divertían tentando a la suerte de modo similar a como lo hacemos hoy. Se reunían alrededor de una mesa, y ganaban o perdían fortunas al dictado del azar. Para ello disponían ya de los elementos básicos para jugar: el dinero en metálico, y los dados. Sin embargo, el juego no fue una invención griega o romana, sino el resultado de un largo proceso evolutivo que abarca miles de años.

Probablemente, antes de inventar los juegos de azar, las sociedades primitivas aprendieron a apostar en aquellas competiciones vinculadas a las actividades físicas. Previamente a la celebración cualquier tipo de evento deportivo, los contrincantes establecían un premio para el ganador que debía pagarlo quien perdiese. Este tipo de apuesta, todavía vigente en las competiciones de herri kirolak -deportes rurales vascos-, era un sistema recaudatorio que permitía premiar económicamente al ganador en un momento de la historia en que no había federaciones encargadas de organizar competiciones formales con premios.

Junto con la apuesta que los participantes realizaban, los espectadores también cruzaban sus propias traviesas -apuesta que quien no juega hace a favor de un jugador, según la Real Academia-. Estas podían responder a afiliaciones concretas hacía los contrincantes, o por el contrario, como un simple entretenimiento motivado por la emoción del riesgo. Los apostantes pues, jugaban por el simple hecho de que se daba una situación de incertidumbre, al igual que ocurre con los juegos de azar.

Los primeros juegos de mesa y estrategia recreaban carreras en las que los jugadores movían sus piezas encima de los tableros hasta llegar a la meta antes que sus contrincantes. Se trataba de juegos como el de tablas –el actual backgammon-, o el egipcio senet, donde la fuerza y las habilidades físicas estaban reemplazadas por el azar y la inteligencia. Estos juegos suponían una evolución de las competiciones deportivas, ya que permitían a los jugadores apostar por si mismos sin importar su condición física.
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