La Batalla
Última actualización 23/06/2009@11:34:43 GMT+1
Su figura ha pasado casi desapercibida para buena parte de los historiadores. Sin embargo, este alicantino, que conjugó sabiamente las facetas de comerciante, contrabandista, espía y diplomático, fue uno de los personajes más relevantes en el éxito de la rebelión de las Trece Colonias. Por: Javier García Blanco
La mañana del domingo 29 de abril de 1780 había amanecido fría y desapacible en Morristown (Nueva Jersey), cerca de la sede del cuartel general de las tropas comandadas por George Washington. Desde muy temprano, la actividad en el campamento había sido notable, especialmente entre los oficiales, quienes habían recibido órdenes precisas del general para que vistieran sus mejores galas y asistieran al solemne funeral de un distinguido caballero fallecido el día anterior.
La procesión fúnebre, acompañada por disparos de salvas, partió con solemnidad de la mansión del coronel Jacob Ford, donde se había velado el cadáver, y se prolongó durante algo más de un kilómetro, hasta alcanzar la iglesia protestante de Morristown. En el templo se habían congregado varios generales y otros oficiales de alto rango, algunos miembros del Congreso Continental y un representante francés, así como varias personalidades de la localidad. La ceremonia, presidida por un George Washington visiblemente emocionado, tuvo todas las características del entierro de un héroe de la patria, con todos los honores militares.
Sin embargo, aquel distinguido caballero, ataviado con un rico traje y engalanado con oro y diamantes, que recibió sepultura rodeado de las más altas dignidades, no era un alto mando del ejército rebelde, ni tampoco un destacado político de las colonias insurgentes, sino un adinerado comerciante español llamado Juan de Miralles.
¿Cómo había terminado sus días aquel súbdito de la Corona española en las lejanas tierras de América del norte? Y, lo que es más importante, ¿cuáles eran los méritos que le habían granjeado la sincera amistad de George Washington y le habían hecho merecedor de un funeral con honores de estado?
DE ALICANTE A LA HABANA
Para responder a estas preguntas hay que remontarse 67 años atrás, hasta el 23 de julio de 1713, fecha en la que Juan de Miralles había llegado al mundo en la localidad alicantina de Petrer. Nacido en el seno de una familia de origen galo, era hijo de Gracia Trayllon y Juan de Miralles (o Mirailles) Tisner, un capitán de infantería francés que había defendido la causa borbónica durante la Guerra de Sucesión, a favor de Felipe de Anjou. Parece ser que, tras licenciarse, el padre de nuestro protagonista decidió establecerse como comerciante en la localidad alicantina, un destino con notable presencia de franceses procedentes del Bearn, lugar de origen de la familia.
Los primeros años del pequeño Miralles están repletos de incógnitas y únicamente sabemos que en 1728 –con quince años–, viaja con toda la familia a Francia, donde su padre se hará cargo de la casa familiar. Los Miralles permanecen allí durante cinco años y después regresan de nuevo a España, aunque el vacío histórico sobre el joven y sus familiares es casi total, sin que hasta la fecha se hayan encontrado referencias suyas entre la lista de comerciantes registrados en los puertos de Alicante o Cádiz.
A partir de 1740 las cosas cambian, y las referencias y documentación sobre Juan de Miralles comienzan a ser abundantes. En esa fecha, y ya con 27 años, el joven alicantino ha cambiado los puertos españoles por el de La Habana, llevando consigo una pequeña –pero no despreciable– fortuna de 8.500 pesos. Una cantidad que, probablemente, procedía de actividades comerciales, a pesar de la extraña circunstancia de que ni el joven ni su familia aparezcan registrados en la documentación portuaria española. Este misterioso detalle ha llevado a pensar a autores como Vicent Ribes –profesor de la Universidad de Valencia y uno de los mayores especialistas en el personaje– que el joven había atesorado dicha cantidad gracias al comercio de esclavos. Una hipótesis nada descabellada, en especial por los derroteros que tomará su “actividad comercial” años más tarde.