Hemeroteca :: 01/08/2009
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España fuera de sus fronteras

ESPAÑA FUERA DE SUS FRONTERAS

Última actualización 23/07/2009@14:13:16 GMT+1
Se llamaba Alfonso Graña Cortizo. Era alto, enjuto, de cara aniñada y lucía unas lentes que en la espesura selvática resultaban incongruentes. No era lo único sorprendente en su biografía. Procedente de la aldea orensana de Amiudal, emigró en 1898 a Brasil y desde allí al Amazonas peruano. Fue buscador de oro, cauchero, posadero, buhonero y, a lo último, dueño y señor de una extensión similar a la de Andalucía y Castilla la Mancha, poblada por la etnia jíbara. Víctor de la Serna, no sin cierta razón, le bautizó como Alfonso I, rey de la Amazonía. Por: Javier Juárez
Fue viajero contra su voluntad. Ni siquiera viajero. Simplemente emigrante, uno de tantos que abandonó su Galicia natal a la búsqueda de la prosperidad que le negaba su tierra.

Ildefonso Graña Cortizo nació en parroquia orensana de Amiudal, perteneciente al municipio de Avión, en 1878. Su padre, José Benito Graña, era sastre. Su madre, Joaquina Cortizo, atendía una modesta huerta y una fonda en la que servía vino, pan y patatas. Poco más podía encontrarse en su despensa y en el hogar de los Graña.

El joven Alfonso, que pronto desterró su nombre original, comprendió desde niño que la suya sería una vida marcada por la miseria y el trabajo duro. Aprendió las labores propias del campo: llevaba a pastar al ganado, molía el cereal, aguardaba turno en el horno comunal para cocer la masa compacta de centeno o trigo, y, en el mejor de los casos, llegaba a casa antes del anochecer para ayudar a su padre con los retales y los encargos pendientes.

Cuando tenía 18 años decidió abandonar aquel paraje hermoso de la sierra del Suído para embarcarse en una aventura de esperanza e incertidumbre. Se sumó a la oleada migratoria que despobló Amiudal y los municipios próximos tentados por el eco de fortuna que parecía llegar del otro lado de Atlántico. Adquirió pasaje para América en un buque brasileño cuyo destino último era la ciudad que daba acceso al mundo mágico y trágico de la Amazonía: Belém do Pará.

Méjico constituía el destino preferente de los vecinos de Amiudal pero había dos ventajas que determinaron su elección: Brasil necesitaba mano de obra y ofrecía pasajes gratuitos a su territorio para los desheredados de Europa. La segunda razón tenía que ver con el oro verde – también llamado oro blanco - que entonces hacía de la inmensa región amazónica lugar de atracción para los buscadores de fortuna de todo el mundo. Ese oro licuoso obtenido de la resina blanca de algunos árboles de la región se llamaba caucho.

Ajeno al mundo que estaba por descubrir, quizás alentado por la vida de prosperidad con la que soñaba, Alfonso Graña desembarcó una mañana lluviosa y plúmbea de 1898 en Belém do Pará. El primer contacto con la realidad selvática y tropical debió causarle necesariamente una gran impresión. Belém no era un puerto más, ni siquiera siendo la mayor ciudad que Graña había pisado hasta entonces; constituía por encima de otras impresiones la puerta de acceso a un continente insondable: la selva acosaba en los límites de la ciudad y al frente se divisaba el inabarcable delta que el Amazonas provoca al verter sus aguas al Atlántico en una franja de terreno de 250 kilómetros de ancho.

Graña no tuvo que andar mucho para conocer la realidad diversa que encerraba la selva sudamericana. En el mercado de Ver-O Pesso, tan antiguo como la ciudad, se daba cita un mundo desbordante de sabores y colores donde tenían cabida los exóticos productos de la jungla, desde el habitual coco o plátano verde a los más extraños frutos cuya existencia era desconocida fuera de aquel entorno, como el aguaje o el camu-camu. Abundaban los pescados del río, frescos o cocinados a la brasa sobre una hoja de platanero en uno de los abundantes puestos de comida. Tan pronto estaba al alcance la carne espinada y fibrosa de una piraña como la textura suave y sabrosa del pirarucú, el pez de agua dulce más grande del mundo. A un lado y otro era fácil hallar pócimas, bebidas refrescantes, ungüentos milagrosos, licores afrodisíacos y todo tipo de reliquias o amuletos que nutrían las numerosas supersticiones y leyendas arraigadas en la cultura popular.

En esa explosión de sensaciones, el emigrante apenas tenía tiempo para digerir lo que representaba aquella tierra tan lejana geográfica y culturalmente. Por eso merodeaban por el puerto los enganchadores de las grandes facendas (haciendas) de café, cacao o caucho, dispuestos a ofrecer trabajo inmediato. La mayoría aceptaba sin reflexionar sobre las condiciones. Cuando comprendían la extrema dureza de su trabajo ya era tarde para arrepentirse.

Graña pasó los siguientes dos años extrayendo caucho, llamado en Brasil seringa o balata, en el interior de la selva. No sólo aprendió, machete en mano, un oficio; también se adaptó a la vida en la jungla bajo la presión constante de la humedad, el calor, la amenaza latente de las serpientes y las enfermedades endémicas como la malaria o la fiebre amarilla, responsables de la muerte de un elevado porcentaje de los nuevos “esclavos blancos”, apelativo con que se definía a los inmigrantes que hacían las labores que antes se reservaba a los esclavos, negros o indígenas.
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  • ALFONSO GRAÑA, EL REY DE LOS JÍBAROS

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    112 | Valentín Graña Ramos - 22/02/2010 @ 21:44:15 (GMT+1)
    ¿Quien sabe el parentesco que tiene Alfonso Graña con José Graña presidente de la empresa GRAÑA Y MONTERO con domicilio social en Lima (Perú)?
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