Historia Antigua
HISTORIA ANTIGUA
Última actualización 23/07/2009@14:15:02 GMT+1
Madrid no siempre ha sido la capital de España. Lo fue Toledo en época visigótica, y más tarde Valladolid. También ostentaron este privilegio ciudades como Burgos o Segovia. Durante el reinado de Felipe II, Sevilla, Valladolid, Toledo e incluso Lisboa llegaron a suponer una amenaza para la actual capital del Reino. Esta es una breve historia de las capitales que fueron, y las que pudieron ser. Por: M. R. Carrión
Ampurias, 218 a.C. La historia de las capitales españolas bien podría comenzar en esta fecha, con el desembarco de Roma en Hispania. La primera tentativa de ocupación romana se saldó con fracaso, pero fue el comienzo de una conquista que, no sin esfuerzo y crueldad, logró doblegar a los aguerridos pueblos de la península Ibérica. La presencia de Roma en territorio hispano se prolongó durante siete siglos y fue determinante en la organización política del territorio. Bajo el gobierno de pretores que actuaban en nombre de Roma, Hispania quedó dividida en diferentes provincias administrativas.
Durante la época republicana podemos hablar de dos, la Ulterior –con capital en Corduba (Córdoba)– y la Citerior –con capital en Tarraco (Tarragona). Y ya en el periodo imperial, Augusto dividió la península en tres: Tarraconensis –con capital en Tarraco–; Lusitania –con capital en Augusta Emérita–; y Baetica –con capital en Corduba. Esta división, más operativa que la anterior, buscaba afianzar el poderío de Roma y, además, favorecer la integración hispana en el Imperio.
Solo nos queda una tercera etapa para concluir el largo periodo de dominación romana, el Bajo Imperio. De nuevo, el número de provincias se amplió. Diocleciano determinó que fueran cinco, dirigidas por un gobernador que residía en Mérida, la capital: Gallaecia –Bracara Augusta–, Cartaginensis –Carthago Nova–, Tarraconensis –Tarraco–, Lusitania –Augusta Emerita– y Baetica –Corduba. En el siglo IV se sumó una sexta, la Baleárica.
En el siglo V, la llegada a Hispania de las primeras tribus bárbaras puso fin a siete años de influencia romana. En el año 418, los visigodos establecieron en Tolosa (Toulouse, Francia) la capital de un territorio que abarcaba amplios territorios de la Galia y de Hispania. Derrotados por los francos en 507, y puesto fin al Reino de Tolosa, se replegaron a la Península y, en el año 567, Atanagildo fijó la capital del reino visigodo en Toledo.
Del Bajo Imperio romano, los visigodos heredaron las características de su organización administrativa. Así, hablamos también de cinco grandes divisiones territoriales: Cartaginense –cuyas capitales fueron Cartagena y más tarde Toledo–, Gallaecia –Brácara–, Tarraconensis –Tarraco–, Lusitania –Mérida– y Baetica –Sevilla.
La llegada de los musulmanes a principios del siglo VIII, modificó sustancialmente esta situación. Durante el emirato de Córdoba, Abderramán I fijó la capital en Córdoba en 756, independizándose así de los califas de Damasco.
En 929 se inició una segunda etapa de la mano de Abderramán III, en la que Córdoba vivió su mayor esplendor. El Califato de Córdoba vio su fin en 1031, dando paso a los reinos de Taifas. El poder central se desmoronó y dio lugar a “reinos” independientes identificados al principio con una familia o clan, cada uno con su capital, que compitieron entre sí militarmente. Si sumamos las taifas mayores y menores, podríamos contar hasta cuarenta. Entre ellas destacaron las de Badajoz, Toledo y, sobre todo, Zaragoza, que a costa de las taifas vecinas se convirtieron en las potencias islámicas peninsulares.
La descomposición musulmana animó a los reinos cristianos a iniciar la reconquista. El último reducto musulmán en la Península fue el Reino de Granada (1238–1492), que provenía de una taifa que, gracias a la dinastía nazarí, se hizo fuerte en el sur. Su capital fue Granada.
Sería de todo punto imposible resumir en unas líneas el periodo que comprende la reconquista. Ni más ni menos que ocho siglos. Sin embargo, en cuanto a la capitalidad de España se refiere, que es lo que aquí nos interesa, es interesante destacar el ímpetu del reino de Asturias –con capital en Oviedo–, a partir del cual se inicia la reconquista, y que fue absorbido por el de León –con capital en León. Y también el de Pamplona, que en la segunda mitad del siglo IX se afianzó como un emergente núcleo cristiano. En 1164, el Reino de Pamplona pasó a denominarse Reino de Navarra.
Los condados catalanes completan el mapa del poder en torno al año 1.000. Desvinculados de la tutela francesa, los territorios situados en el noreste de la península consiguieron su propia autonomía. Estaban formados por el condado de Barcelona, el de Berga, Besalú, Cerdaña, Conflent, Ampurias, Gerona, Manresa, Osona, Pallars, Ribagorza, Rosellón y el condado de Urgel.