Historia Contemporanea
HISTORIA CONTEMPORÁNEA
Última actualización 23/07/2009@14:16:33 GMT+1
Tras el fin de la II Guerra Mundial, España se convirtió en un destino perfecto para cientos de nazis considerados como criminales de guerra. La deuda contraída por Franco con el III Reich les dio la oportunidad de vivir plácidamente en nuestras costas, a pesar de los intentos aliados de repatriarlos para ser juzgados. Eso sí, siempre que fueran útiles para los intereses económicos españoles. Por: Janire Rámila
A finales de 1943 la todopoderosa maquinaria nazi comenzó a dar muestras de debilidad. La serie de victorias y rápidas conquistas con las que Hitler inició la II Guerra Mundial se vio paralizada bruscamente y la contienda comenzaba a virar hacia el lado aliado.
Por el Sur, el general Montgomery desembarcaba exitosamente en Sicilia y, tras lograr la capitulación italiana, dirigía sus tropas hacia Berlín. Por el Este la situación empeoraba para el Führer, con millones de soldados atascados en las estepas rusas y acuciados por el hambre, el frío y el constante acoso del Ejército Rojo.
Era indudable que algo cambiaba. Así lo percibieron los propios ciudadanos alemanes que, temerosos de un desastre cercano, decidieron huir de su país para recalar en los llamados países neutrales. Por supuesto, la huida no era fácil y sólo estaba reservada para quien tuviera contactos precisos o el suficiente dinero con el que pagar los costosísimos sobornos a los agentes de aduanas. Es por ello que el grupo principal de los que conseguían escapar estaba adscrito al partido nazi, cuando no eran peligrosos criminales de guerra ya fichados por los aliados.
Uno de los países que comenzó a recibir la llegada de esos ciudadanos alemanes fue España, colocando al gobierno franquista en la difícil tesitura de ampararlos, como pago de la deuda contraída por el apoyo de Hitler en la Guerra Civil, o extraditarlos, para no soliviantar a unos aliados cuya victoria parecía más cercana que nunca.
Fue en esas fechas de finales de 1943, más concretamente a inicios de diciembre, cuando el embajador británico en Madrid, sir Samuel Hoare, envió a su ministro de Exteriores, Eden, un informe alertando sobre la posibilidad de que muchos criminales de guerra nazis intentaran recalar en España para evitar ser detenidos.
Y no sólo eso, sino que, sabedores del amparo que les daría el régimen franquista, podrían utilizar su estancia para crear una célula nacionalsocialista desde la que continuar realizando propaganda favorable al III Reich, una vez fuese éste derrotado. Alertados los servicios secretos con este informe, se descubrió que, efectivamente, ya se estaba transportando hacia España personal y equipamiento, pero que, de momento, no había una necesidad urgente de intervenir.
Sin embargo, en enero de 1944 el mismo Samuel Hoare volvió a advertir a su Gobierno de las enormes cantidades de dinero que llegaban a España desde Alemania. Para él, todo formaba parte de un plan bien urdido por los jerarcas nazis para continuar con el esfuerzo bélico alemán, ayudados por la germanofilia de la administración española.
Tampoco esta segunda advertencia hizo mella en el ministro Eden, quien creía fervientemente que una vez acabada la guerra, la Falange desaparecería, Franco sería destituido y España se acercaría a la política aliada. Pronto vio cuán equivocado estaba.
En los siguientes meses de 1944 cientos de jóvenes alemanes con pasaportes falsos entraron por las fronteras españolas. Como pudo constatar la Embajada británica en Madrid, muchos estaban adquiriendo, además, numerosas naves industriales y edificios. A ellos se les unían unidades paramilitares alemanas bien equipadas y entrenadas en la lucha armada y en actos de sabotaje. El propio periódico Financial Times publicó un reportaje informando de que 900, de las 4.800 empresas registradas en España, estaban bajo control alemán, entre ellas Altos Hornos de Vizcaya o la sociedad minera Montaña y Minerales de España.
Con estos datos, el Gobierno británico ya no pudo quedarse de brazos cruzados y decidió actuar.
La primera medida pasaba por cortar la entrada de más alemanes a España. Dos eran las rutas principales por las que los nazis penetraban en la península con sus botines personales. La primera aérea, a través de la línea de Lufthansa que unía Berlín y Barcelona. Por increíble que parezca, esa ruta permitió la llegada de espías, criminales de guerra, ex jerarcas nazis y materias primas de indudable aplicación bélica, con total impunidad.
Y así continuó sucediendo hasta el 17 de abril de 1945, cuando la línea se suprimió definitivamente.