Hemeroteca :: 01/08/2009
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La Batalla

LA BATALLA

Última actualización 23/07/2009@14:19:25 GMT+1
En la segunda mitad de 1938 la Guerra Civil parecía inclinarse definitivamente a favor de las tropas franquistas. Pero las fuerzas republicanas no pensaban claudicar. Sus responsables plantearon una acción con la que consideraban que podía girar la dirección de la Guerra. Comenzaba una batalla que, además de trágica por el gran número de víctimas, resultaría fundamental para el resultado final del conflicto: la batalla del Ebro. Por: Javier Martín.
En la medianoche del 25 de julio de 1938 decenas de miles de miembros de la tropa republicana cruzaban el Ebro en un movimiento sorprendente –aunque no del todo imprevisto– para las fuerzas nacionales. La intención era hacerse con el control de una zona que tan sólo defendía una división nacional, la curva del río que se correspondía aproximadamente con las localidades de Fayón y Benifallet. Acababa de comenzar la más trágica y, probablemente, decisiva de las batallas de la Guerra Civil española.

El presidente republicano Juan Negrín, y el Jefe del Estado Mayor, Vicente Rojo, tenían bien claro la necesidad de dar un golpe de efecto en la guerra. Había que impedir lo que casi ya parecía inevitable. En los últimos meses las fuerzas nacionales habían ocupado posiciones estratégicas que las aproximaban inexorablemente hacia la victoria final. Resultaba imperioso no caer en la rutina de la derrota.

Unos meses antes del inicio del atroz enfrentamiento en el Ebro, el 15 de abril de ese mismo año, el ejército de Franco se había hecho con el control de la localidad castellonense de Vinaroz, alcanzado el Mediterráneo. De este modo, el bando republicano quedó partido en dos y su moral reducida prácticamente a cenizas. Las tensiones internas se vieron multiplicadas por este nuevo golpe y las autoridades nacionales constataban de manera cada vez más clara las deficiencias logísticas con las que contaba su enemigo. La desesperación y el miedo alcanzaban a la población civil, más aún cuando los sublevados ejercían medidas de presión contra ella, como el desposeimiento de energía eléctrica a toda la ciudad de Barcelona.

La persistencia de los bombardeos contra la población de la zona republicana acabó por soltar incluso los resortes irónicos de los vapuleados, tal y como señala Gabriel Jackson en La República Española y la Guerra Civil, uno de los textos de referencia para analizar aquel período: “el pueblo de la zona republicana comparaba sardónicamente a sus propios aviones con el arco iris, puesto que aparecían después de que la tormenta hubiera pasado”.

En esta situación límite, el jefe de Gobierno intentaba que el decaimiento y el pesimismo no apresara a la población. De igual manera, trataba de conquistar a las potencias aliadas para que, más allá del apoyo tácito a la República, intervinieran militarmente a su favor. Hacia esta última intención se encauzaron los famosos trece puntos de Negrín, publicados el 30 de abril de 1938, y en los que se defiende un programa político en el que se llama a liberar España de las fuerzas extranjeras militares y se propugna la libertad y la democracia, rechazando con ellos en cierto modo las afirmaciones que aseguraban que su gobierno derivaba inevitablemente hacia el comunismo.

Pero, en el marco de una situación europea que parecía conducir a una guerra entre las potencias del continente, pronto se constató que ese apoyo militar real era poco menos que una quimera. Resultaba necesario un ataque inesperado, una llamada a la épica que volviese a unir a todos los republicanos al abrigo de una victoria impactante. Había que golpear al enemigo. Pero habida cuenta de la superioridad militar que demostraban, había que buscar un punto débil, un espacio en el que pudiese mostrarse frágil.

El general Rojo había diseñado una operación en la que la sorpresa fuese la protagonista y elemento decisivo para el asentamiento de las tropas. El objetivo era claro: menguar el empuje que el ejército de Franco estaba mostrando sobre toda la zona de Levante. Una de las escasas ciudades clave que le quedaban a la República bajo su poder, Valencia, comenzaba a peligrar. Rojo pretendía amenazar la retaguardia de las divisiones franquistas que se aproximaban a la ciudad para que se vieran obligadas a volver sobre sus pasos y desatendieran el asedio a la capital levantina.

El terreno que se decidió ocupar fue el conocido como Terra Alta, situado en la margen derecha del río Ebro. Se trata de una zona de geografía abrupta, cercada por una serie de picos y montañas y que hoy está constituida por doce municipios, el más destacado de los cuales es Gandesa. Esta localidad tarraconense fue el lugar fundamental dentro de los distintos embistes de la batalla, hasta el punto de que muchos puristas afirman que el nombre más correcto del enfrentamiento que nos ocupa sería el de batalla de Gandesa. Hasta tal punto ha marcado esta batalla la historia moderna del municipio y sus habitantes que en él se ubica hoy el que es el Centro de Estudios de la Batalla del Ebro.

Y es que aquel 25 de julio de 1938 comenzaba una batalla pocas veces vista anteriormente en España tanto por sus dimensiones como por la crueldad y violencia con que se desarrolló.

Negrín decidió que debía ser el Ejército del Ebro el encargado de llevar a cabo la tarea. Testimonios de antiguos combatientes recordaron que entre muchos de ellos se comprendió que se hallaban ante una “misión de sacrificio”, que se trataba de un movimiento que podríamos denominar de “engaño” con el objeto de detener la ofensiva sobre Valencia y esperar que la situación europea implicase la llegada de ayuda o cuando menos que la situación se volviese a favor del bando republicano. Al frente del ejército del Ebro se hallaba el coronel Juan Modesto Guilloto León. La tropa que iba a lanzar el ataque sobre el asentamiento nacional en el Ebro contaba con alrededor de 100.000 miembros, que se armaban con las 18 toneladas de material soviético que habían llegado antes del verano a través de la frontera francesa. Sin embargo, había escasez de vehículos blindados, de munición y de aviones. Por su parte, la defensa del sector que se pretendía atacar iba a corresponder –hasta la llegada de ayudas– a los 40.000 hombres que ocupaban la zona en cuestión, que estaban entroncados en tres divisiones del cuerpo del ejército marroquí.
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