Historia Antigua
Última actualización 25/08/2009@11:57:14 GMT+1
Los griegos y fenicios comerciaban con metales, cerámicas y otras mercancías. Embarcados durante largas travesías, exploraron la desconocida costa ibérica palmo a palmo, penetrando incluso en el curso bajo del Ebro y estableciendo sus primeras colonias. Así lo atestigua el hallazgo denominado “Mazarrón 2”, un pecio perteneciente a un barco fenicio que naufragó en las inmediaciones de Cartagena. Por: Gabriel Muñiz.
Por entonces, la península no era más que un entorno salpicado de tribus íberas apenas conectadas entre sí. Sin embargo, ante el progresivo agotamiento de recursos minerales del Sudoeste de la Península, estos pueblos irán estableciendo sus nuevas bases a lo largo de la Cuenca del Segura, progresando poco a poco hasta ocupar diferentes enclaves del litoral, entre los que destacó el entorno de Cartagena.
Las cualidades de aquel espacio entre terrestre y marítimo debieron resultar indiscutibles. A vista de pájaro, flanqueada por imponentes oteros y acantilados rocosos, una lengua de mar penetraba en tierra creando un puerto natural de excelente abrigo, profundo calado y condiciones para la navegación. Pero no todo quedaba ahí: al fondo de aquel saco natural, una pequeña laguna dibujaba un istmo terrestre que contaba con cinco promontorios en su interior, constituyendo una defensa que más bien parecía un regalo de los dioses. La Ciudad de las Cinco Colinas, como la historia se encargaría de catalogar, contaba además en sus inmediaciones con los ansiados recursos minerales, sin olvidar la pesca que ofrecían sus quietas aguas.
Según algunos entendidos, la incipiente Cartagena pudiera haber sido en realidad Mastia, la ciudad vinculada a la mítica civilización de los Tartessos. Sea como fuere, aquella zona será testigo de las progresivas relaciones de los íberos con los nuevos agentes coloniales. Aunque no directamente en la actual Cartagena, una prueba irrefutable de que este incipiente comercio la obtenemos gracias a la presencia del cercano conjunto minero de Los Nietos.
Como consecuencia de la Primera Guerra Púnica, entre el 264 y 241 a.C., los cartagineses retroceden de nuevo hacia sus posesiones más al Oeste del Mediterráneo, tratando de afianzar sus territorios en el Este peninsular y a los que habían accedido desde su originaria situación en la antigua Gades. Los cartagineses se encuentran sumidos en una gran crisis interna, con posiciones encontradas respecto a las condiciones de rendición asumidas respecto a Roma, y asediados por sus propios mercenarios. Sólo Amílcar Barca encuentra la solución, en primer lugar poniendo coto, mediante las armas, a las exigencias de los traidores. A continuación su intención es recuperar, después del varapalo sufrido frente a los romanos en Sicilia, Córcega y Cerdeña, cierta hegemonía gracias al control de nuevos recursos en el litoral de nuestra Península.
Muerto Amílcar y corriendo el año 227 a.C., su yerno Asdrúbal toma el mando y recala en aquel puerto. Asdrúbal no debió fundar su ciudad sobre un terreno totalmente despoblado y baldío; el nombre con el que bautizó el nuevo asentamiento, Qart Hadasch (ciudad nueva), podría hacer referencia a una incipiente urbe ya presente por entonces. Las crónicas insisten, sin embargo, en la idea de que el nombre hace alusión exclusivamente a la antigua Cartago, capital del Imperio Púnico al otro lado del Mediterráneo.
En Cartagena, el tío del ínclito Aníbal persigue un propósito que se ha llegado a tachar de megalómano. Tras sellar alianzas con las tribus ibéricas del este peninsular, su innegable intención es construir, materializándola en apenas unos años, la nueva e incontestable capital púnica en Iberia, a la que se deberían sumar otras ciudades hasta crear una nueva potencia. Tras este propósito acomete en Cartagena una de sus primeras obras faraónicas: la construcción de una ambiciosa e inexpugnable muralla. Construida en grandes bloques de tabaire, piedra arenisca procedente de las canteras próximas, fue levantada persiguiendo el genuino carácter defensivo púnico, con doble pared. Tras sus ciclópeos muros, aún visibles en el Centro de Interpretación de la Muralla Púnica, cabe imaginarse la apariencia de una ciudad sólo comparable a los enclaves mediterráneos más emblemáticos. Concebida en un estilo helenístico, estaba dotada de todos los accesos y espacios necesarios para el desarrollo de la vida pública, se consagraron templos religiosos e incluso, sobre una de las cinco colinas, el actual Cerro del Molinete, Asdrúbal erigió su propio palacio, y posiblemente un Foro.
La cuestión geográfica y estratégica jugó un papel determinante, pero el principal motivo de la fundación de Cartagena fue la explotación de las minas de plata, cargamentos que partían con asiduidad del puerto con destino a las posesiones del otro lado del Mediterráneo.