Hemeroteca :: 01/10/2009
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La Batalla
Última actualización 24/09/2009@08:37:13 GMT+1
El escritor argentino Enrique Larreta publicó un artículo en el diario ABC de 5 de diciembre de 1935 que comenzaba de esta manera: “Conquista de México, conquista del Perú. Cortés, Pizarro. Nadie ignora hoy día esas epopeyas de España; nadie ignora esos nombres. En cambio ¡cuán desconocida en todas partes la conquista del Río de la Plata y, en especial, la expedición de don Pedro de Mendoza!”.

Por: Alberto de Frutos
INTRODUCCIÓN: TODO COMENZÓ EN 1535
El paso del tiempo no ha podido aliviar ese lamento de Larreta. Setenta años después seguimos convencidos, como él, de que lo “quijotesco” de aquella empresa, en la que “todo fue desventura, tragedia: todo fue morirse de hambre o caer a bulto a manos de los salvajes”, ha propiciado la tibieza del lector, cuando no su indiferencia. Y, sin embargo, tal vez por la misma razón por la que nos conmueve El Quijote, no puede dejar de emocionarnos la épica de aquella historia con final infeliz.

Todo comenzó el 24 de agosto de 1535. La armada de Pedro de Mendoza, un guadijeño de noble familia que, según los rumores de la época, había amasado su fortuna en el saqueo de Roma, partió del puerto de Sanlúcar de Barrameda hacia el otrora enigmático Río de la Plata. ¿Viviría allí el legendario Rey Blanco?
Once navíos con 1.200 hombres en sus cubiertas componían la armada, la más extensa que se aventurara nunca hacia ese territorio. La fiebre del oro había prendido con fuerza en el corazón de muchos trotamundos tras ver los resultados de la flamante conquista del Perú por Francisco Pizarro (1).

Así, la capitulación (2) que recibió Mendoza le exhortaba “a conquistar y poblar las tierras y provincias que hay en el Río de Solís que llaman de la plata, donde estuvo Sebastián Caboto (3), y por allí calar y pasar la tierra hasta llegar a la mar del Sur”; y añadía, como dándolo por seguro, que, de todos los tesoros que se ganasen a los caciques o señores de aquellas tierras, se entregase la sexta parte a la Corona “y lo demás se reparta entre los conquistadores”.

Para tan diversos fines acompañaron a Pedro de Mendoza, entre otros, su hermano Diego, Juan de Ayolas, Juan de Salazar, Gonzalo de Mendoza, Francisco Ruiz Galán, un a la sazón joven Domingo Martínez de Irala, e incluso Rodrigo de Cepeda, hermano mayor de la que, a partir de su canonización en 1622, sería conocida como Santa Teresa de Jesús.

Decir que un viaje accidentado presagia un incierto desenlace sería conceder a la superstición un crédito que no merece. Pero lo cierto es que a finales de noviembre de 1535, tres meses después de iniciado el periplo, Juan de Osorio, maestre de campo de Pedro de Mendoza, fue ejecutado tras haber sido acusado falsamente de traición por varios tripulantes de su nave (4). No fue el único mal presagio. Ya para entonces, el adelantado Pedro de Mendoza sufría una sífilis que lo mataría en 1537, tan solo un año después de la fundación de Buenos Aires.
Ésta tuvo lugar el 2 de febrero de 1536 (otros historiadores la sitúan el 3 o el 4 del mismo mes), tras permanecer los conquistadores varios días en Río de Janeiro.

Sobre la margen meridional del Río de la Plata se construyó un puerto, que sería llamado de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire. Uno de los tripulantes de aquella expedición maldita, el alemán Ulrich Schmidel, lo dejó escrito en su Viaje al Río de la Plata (1534-1554): “Allí levantamos una ciudad que se llamó Bonas Ayers”.

El porqué de este nombre no tiene nada de legendario. Durante años, circuló la versión de que provenía de una frase pronunciada durante el desembarco: “¡Qué buenos aires son los de este suelo!”; pero, en realidad, parece guardar relación con la cofradía sevillana de la Virgen del Buen Aire, la patrona de los navegantes a quien Mendoza consagró la ciudad.
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