Hemeroteca :: 01/10/2009
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Villas con Historia
Última actualización 24/09/2009@08:37:23 GMT+1
“El primero de septiembre de 1730, entre las nueve y diez de la noche, la tierra se abrió de pronto cerca de Timanfaya a dos leguas de Yaiza. En la primera noche una enorme montaña se elevó del seno de la tierra y del ápice se escapaban llamas que continuaron ardiendo durante diez y nueve días. Pocos días después un nuevo abismo se formó y un torrente de lava se precipitó sobre Timanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca. La lava se extendió sobre los lugares hacia el Norte, al principio con tanta rapidez como el agua, pero bien pronto su velocidad se aminoró y no corría más que como la miel. Pero el siete de septiembre una roca considerable se levantó del seno de la tierra con un ruido parecido al del trueno…”. Esta estremecedora crónica del párroco de Yaiza, Andrés Lorenzo Curbelo, testigo de unos hechos que se prolongaron hasta 1736, resume una catástrofe que cambió la morfología de una isla ligada desde entonces a sus volcanes.

Por: Alberto de Frutos
Entre los años 1730 y 1736, las entrañas de la tierra rugieron iracundas y arrojaron en Lanzarote alrededor de mil millones de metros cúbicos de lava, dando origen a un sobrecogedor paisaje volcánico que invalida cualquier tipo de vida en la zona.

En lo que hoy -y desde 1974- es el Parque Nacional de Timanfaya o de las Montañas de Fuego, un suelo de ceniza y escasa pero heterogénea flora (higuera, aulaga majorera, bujeque, espino cambrón, pie de conejo, tabaiba dulce…) sostiene al viajero que, partiendo del centro de visitantes La Mancha Blanca y armado con una imprescindible cantimplora, puede escoger entre varias rutas, a cual más atractiva y cegadora.

Una de ellas es la de Tremesana, que dura alrededor de tres horas. Desde la imponente Caldera Rajada hasta la Montaña Quemada, y pasando por Montaña Encantada y Pedro Perico, el paisaje nos muestra las estructuras del vulcanismo reciente y la lenta colonización de los líquenes. No hay palabras ante esta vista roja y negra. Extasiados, solo podemos aproximarnos muy levemente a la sensación que nos embarga diciendo que “parece que estamos en otro planeta”.

Lanzarote, que vivió durante mucho tiempo de la agricultura, la pesca y la ganadería caprina, privilegió a partir de los años sesenta la industria turística y, como es lógico, la visita al parque cuenta hoy en día con todas las comodidades. Desde el islote de Hilario, una ruta de catorce kilómetros nos lleva por los principales restos volcánicos fruto de las erupciones de los siglos XVIII y XIX (aunque no tan trascendentales, entre julio y octubre de 1824 los volcanes Tao, Volcán Nuevo del Fuego y Tinguatón también se dejaron oír en la isla y el diario del cura Baltasar Perdomo así lo atestigua). A lo largo de la ruta, hay que abrir los ojos ante el Manto de la Virgen, uno de los hornitos -pequeños conos de lava- más fotografiados del parque, así como ante el Valle de la Tranquilidad, que de nuevo nos traslada a la Luna o a un planeta muy lejano. La perspectiva de los cráteres en lo alto de las Montañas de Fuego es impresionante.

No falta tampoco en el Parque Nacional de Timanfaya, y pese a sus condiciones adversas, la fauna, principalmente de tórtolas y perdices morunas, así como de otras especies como el lagarto de Harí o el perenquén majorero, estos reptiles. Pero si hay un animal que copa todas las postales turísticas es el camello, que probablemente llegó a las islas finalizada la conquista, gracias a la labor de emprendedores como Diego García de Herrera, Señor de Canarias. En Timanfaya, es posible montar a los dromedarios en un recorrido que se inicia junto al Museo.

Un magnífico e irresistible itinerario es seguir paso a paso la obra de César Manrique (1919-1992), casi un sinónimo de Lanzarote. Pintor, arquitecto y escultor, suyo es el Jardín del Cactus, su testamento artístico en la isla, que construyó sobre una antigua cantera de extracción de ceniza volcánica. Pero también los Jameos del Agua, tal vez su obra más afamada y el primer centro turístico de la isla, con un lago natural en su interior. Los jameos son los tubos volcánicos de los que se ha derrumbado el techo por el peso o por la acumulación de gases; y, en este caso concreto, se desarrollaron a partir del tubo volcánico de la colada del Volcán de la Corona. La Casa del Campesino o monumento a la Fecundidad alude al duro trabajo del agricultor, mientras que el Mirador del Río, en el cabo norte de la isla, ofrece una incansable vista del archipiélago Chinijo, que incluye las islas de la Graciosa, la Montaña Clara y Alegranza.
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  • LOS VOLCANES DE LANZAROTE

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    114 | clarita - 14/03/2010 @ 13:13:34 (GMT+1)
    No esta mal,pero yo lo mejoraria mucho más.

    Ya que no vendría mal más información y más relatos de parroco de Yaiza en 1730.
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