Personajes
Última actualización 18/11/2009@08:14:56 GMT+1
Los sitios de Zaragoza durante la Guerra de la Independencia generaron numerosos mitos que no han sido sometidos a una revisión al margen de exaltaciones patrióticas que tienden a tergiversar el pasado. La resistencia aragonesa frente a los franceses fue extraordinaria, pero posiblemente no sirvió de nada. Los hombres de Napoleón entraron en la capital del Ebro, que perdió en la batalla decenas de miles de habitantes por culpa de José de Palafox, un militar condecorado por la Historia.
Por: Bruno Cardeñosa

A los mitos no se los toca. Y si encima han sido héroes… Uno puede amar a Zaragoza –servidor lo hace– pero para ello no es necesario ensalzar leyendas que crecen sobre las vísceras de los sentimientos primarios. Eso es lo que ocurre con el capitán general Palafox. A su nombre tiene calle, plaza, cine, monumento, palacio y un largo etcétera de lugares y enclaves que le recuerdan. La ciudad se rinde ante uno de sus grandes personajes, y se rinde a partir de unos hechos históricos que acontecieron entre 1808 y 1809, en el marco de la Guerra de la Independencia. El problema llega cuando los recuerdos que forman parte de los libros de historia son un claro ejemplo de amnesia selectiva. Porque sí, la ciudad resistió con coraje y valor el asedio de las tropas francesas, pero lo hizo a costa de hipotecar el futuro con muerte, desolación, enfermedad, hambre…
En 1805, Zaragoza era la segunda –o tercera, pero en igualdad de condiciones– ciudad española en cuanto a relevancia y población. El censo efectuado por aquel entonces señalaba que en la capital del Ebro vivían 48.000 personas. Tras los sitios en la Guerra de la Independencia, fallecieron intramuros 54.000 almas, cifra que algunas fuentes incluso elevan a 70.000 u 80.000. Es decir, murieron más personas de las que vivían. No es que fallen los datos, sino que un número destacable de aragoneses se refugió en la capital ante el asedio francés en la región, provocado por la decisión de Palafox de concentrar las tropas en la capital convirtiéndola en un fortín. La ciudad quedó destruida, asolada. Y aunque todo aquello ocurrió a comienzos del siglo XIX, posiblemente el mundo no vio nada semejante hasta la Segunda Guerra Mundial, el conflicto bélico más brutal que jamás haya existido. La batalla en Zaragoza tuvo el mismo nivel de muerte y locura que lo ocurrido más de cien años después en –por ejemplo– Stalingrado.
Pero tanto tópico y tanta historia contada de forma sesgada, alimentando nacionalismos e idiocias localistas, han acabado por transmitir la sensación de que mereció la pena luchar así contra unos invasores que –nadie lo dude– fueron bárbaros. Ahora bien, ya nadie se acuerda de que Palafox perdió; más al contrario, da la sensación de que doblegó a los franceses de tanto elogiarlo y elogiarlo. Pero sí. Perdió. Hundió a la ciudad. Y la destronó por dos siglos –de momento– de su lugar en la cumbre de la pirámide poblacional y de influencia en Europa, además de que sus acciones sólo provocaron que los franceses ganaran posiciones y se situaran por delante en el conflicto, complicando por muchos años la resolución a la Guerra de la Independencia al haber cedido primero Aragón y luego Zaragoza.
De José Rebolledo de Palafox y Melci ha de señalarse que nació en el año 1776 el seno de una familia noble. Era un personaje de alta alcurnia y de los que creía en el significado –no en el real, sino más bien en el social– de la sangre azul. Además, en aquellas Zaragoza estaba viviendo una pugna interna por el poder entre quienes apostaban por los nuevos tiempos y los que defendían el Antiguo Régimen. Lógicamente, él era de los últimos, pero claro, la ocupación francesa hizo que las ideologías quedaran enterradas bajo el manto de la defensa de la libertad, pese a que los habitantes de la ciudad “habían comenzado a descubrir su condición de ciudadanos y, con ella, a experimentar la necesidad de expresarse políticamente. Desde entonces, los equilibrios de la vieja sociedad estamental serían muy difíciles de mantener”, escribe Pedro Rújula en Historia de Aragón (La Esfera, 2008). Él sí buscaba mantener el status quo. Llegó a decir: “Conocido es el riesgo que hay en los movimientos populares, pero hay la diferencia del hombre que ha recibido una buena educación y un buen nacimiento, que nunca olvida sus principios”. Un clasista que despreciaba a quienes no eran de su condición…