Historia Moderna
Última actualización 18/11/2009@08:13:32 GMT+1
La historia de la conquista de América esta llena de episodios impregnados de misterios y leyendas. El de la mítica ciudad de Eldorado es quizá el que despertó con mayor intensidad la imaginación y codicia de los conquistadores. El posible hallazgo de un tesoro fabuloso y la gloria para el que lo consiguiese impulsó su búsqueda hasta límites casi demenciales. Relacionado con él pero mucho menos conocido, el mito de la Ciudad de los Césares, situada supuestamente en un lugar indeterminado de la Patagonia argentina, provocó un interés inusitado en las autoridades coloniales españolas que se prolongó hasta bien entrado el siglo XVIII. Durante ese tiempo se organizaron varias expediciones oficiales para encontrarla.
Por: José Luis Hernández Garvi

No existe unanimidad entre los historiadores a la hora de determinar cual fue el origen de la leyenda de los Césares o la Ciudad de los Césares, también conocida como la Ciudad Encantada. Habría que situarse en el contexto de la época, los primeros siglos de presencia europea en el continente americano, un tiempo en el que aventureros y desarrapados de toda condición, recién llegados al Nuevo Mundo con la esperanza de conseguir glorias y riquezas como único equipaje, prestaban oídos ingenuos a todas las historias que circulaban sobre reinos o ciudades fabulosas, rebosantes de tesoros y maravillas nunca vistas, aderezado todo con imágenes que despertaban la imaginación y fantasía de los españoles. De entre todas ellas, quizá las más conocidas fueron la Fuente de la Juventud, en Florida, las Siete Ciudades de Cíbola, al norte de México, la Sierra de la Plata y el Rey Blanco, en el Río de la Plata, El Dorado, la más famosa de todas y buscada desde el Caribe hasta el Amazonas, y la que ahora nos ocupa, la Ciudad de los Césares, en la Patagonia.
Es sabido que detrás de cada mito o leyenda se oculta un sustrato de realidad. La imaginación y la fantasía de los hombres hace el resto. Durante los siglos XV y XVI, época de grandes descubrimientos geográficos, éstos son realizados por marineros y soldados que narraban lo que habían visto durante sus travesías y viajes con una particular visión que en muchas ocasiones caía en la exageración. Para describir algo que nunca se había visto recurrían a elementos de su propio mundo conocido. Así, para representar un animal como una llama, combinaba su idea de una oveja con la de un león, lo que sin duda se transformaba para el oyente o lector en la imagen de un verdadero monstruo. De la misma forma, lo que había sido una pequeña escaramuza se convertía en una batalla librada entre dos ejércitos poderosos, y el pequeño descubrimiento era un acto de naturaleza milagrosa.
Un buen ejemplo de éste carácter, en el que se unían la ambición con un espíritu aventurero y descubridor, es el del capitán Francisco César. Sus orígenes y nacionalidad no están claros; mientras que para algunos autores era portugués otros afirman que era español, nacido en la provincia de Córdoba. Movido por su ímpetu explorador, el capitán participó en varias expediciones con las que recorrió extensas zonas hasta entonces inexploradas del continente americano.
Acompañó a Sebastiano Caboto, marino y cartógrafo veneciano al servicio de España, en su viaje al Río de la Plata. Posteriormente participó con Pedro de Heredia en la fundación de Cartagena y en la de Antioquía, situadas en la actual Colombia. Después partió a la búsqueda de Eldorado en las sierras de Aribe. Durante esta misión combatió contra los indígenas comarcanos, derrotando a los poderosos y temibles caciques del Cauca (Colombia). Después de un duro viaje de vuelta en el que sufrió todo tipo de calamidades físicas e intrigas políticas, consiguió llegar a Cartagena. Por sus especiales cualidades de mando y liderazgo, fue reclutado como Teniente General de la segunda campaña emprendida para encontrar Eldorado bajo el mando de Vadillo. Durante la expedición, Francisco César enfermó gravemente, muriendo sin ver cumplido su sueño de encontrar la mítica ciudad. Sin embargo, su figura pasó a la posteridad dando nombre a la leyenda de la Ciudad de los Césares cuando participó en el viaje de Caboto.