Historia Contemporanea
Última actualización 23/12/2009@10:33:17 GMT+1
Hacia mediados de los años 30, el III Reich inició un saqueo sistemático de las grandes obras de arte europeas. Museos y coleccionistas privados sufrieron los excesos de un régimen ansioso de acaparar bienes y riquezas, con los que comerciar o engrosar sus propias colecciones y museos nacionales. Un suculento negocio que involucró a otros países como España, convertida en zona de tránsito y de actuación para contrabandistas y aventureros. Por: Nuria Díaz
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Desde el mismo año en el que Hitler se hizo con el poder en Alemania, 1933, el III Reich fue dictando una serie de normas encaminadas a restar la libertad de los judíos y otras minorías étnicas dentro del territorio. Primero fueron las leyes sobre el control de cambios, ordenando a todos los residentes en el país a vender su oro y cambiar la moneda extranjera por marcos alemanes. Más tarde las leyes de Nüremberg del 15 de septiembre de 1935, por las que todo hombre y mujer debían demostrar su origen sajón para no ser considerados ciudadanos de segunda categoría.
Una espiral de racismo que estalló el 9 de noviembre de 1938, la famosa “noche de los cristales rotos”, punto de partida para una persecución hacia las minorías étnicas, sin tapujos ni miramientos.
Entre las obligaciones que se les impuso estuvo la de inventariar sus propiedades, creándose listas en las que aparecían las cantidades de dinero depositadas en los bancos, los inmuebles, así como cuadros y toda obra artística de valor. Pocos lo sabían aún, pero la finalidad de tales listados no era sino poseer una base fiable sobre la que sustentar la expropiación forzosa que millones de personas sufrirían en los próximos años. El primer paso para un expolio a gran escala que afectaría a museos, coleccionistas privados, particulares y a todo aquel que poseyera una mínima obra de valor.
Como en el resto de políticas nazis, el expolio de obras artísticas europeas estuvo perfectamente planificado y diseñado. El hombre encargado de llevarlo a cabo se llamaba Alfred Rosenberg, recibiendo del Führer la tarea de identificar las obras de arte diseminadas por las casas, galerías y museos de los territorios ocupados.
Este cargo era una especie de premio hacia Rosenberg, uno de los fundadores del partido nazi y cuyas ideas se extrajeron de su libro El mito del siglo XX, publicado en 1930 y rápidamente convertido en un texto sagrado junto al Mein Kampf. Sus ideas sobre la superioridad de la raza aria y la exterminación del cristianismo le coronaron como ideólogo oficial del partido.
Los dirigentes nazis sentían una gran admiración por el arte antiguo, en especial por los grandes maestros italianos y holandeses. Por contra, despreciaban a otros autores como Kandinsky, Kokoschka, Picasso, Klee o Van Gogh, considerados como artistas degenerados. Hitler los odiaba hasta el extremo de ordenar que se quemaran todos sus cuadros, orden que no se ejecutó porque su ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, le convenció de que sería más provechoso guardarlas para ser vendidas posteriormente en el mercado negro internacional.
Y es que la finalidad de estas confiscaciones pasaba por una doble vertiente. Por un lado, nutrir los propios museos alemanes y, por otro, financiar el coste de la guerra con la venta del arte sobrante. Un negocio en absoluto despreciable como demuestran los informes elaborados por el propio Rosenberg. Según sus páginas, hasta 1944, y solamente en Francia, los hombres a su mando se incautaron de 21.903 piezas de arte -entre cuadros, esculturas, tapices, muebles, figuras, orfebrería-, más 203 colecciones privadas, lo que equivalía a un tercio del coleccionismo privado francés. La Comisión francesa para la recuperación de obras de arte creada tras la guerra, estimó que el montante del saqueo en Francia alcanzó los 110 billones de francos.
Cifra que se empequeñece al averiguar que en toda Europa, el número de piezas expoliadas superó las 650.000 unidades. Era inevitable que con tal volumen, todos quisieran hacerse con una parte del negocio, con Hitler y Göering al frente. El primero guardándose el derecho de adquisición sobre sus artistas preferidos y el segundo empleando los cuadros que llegaban a sus manos para adornar su residencia de Carinhall, un lujoso palacio en medio del bosque donde podían contemplarse pinturas de los grandes maestros italianos y holandeses. Todo robado, por supuesto.
Por el contrario, cualquier elemento que careciese de valor económico o ideológico tenía un único destino: la hoguera. En las llamas acabaron, por ejemplo, los escritos encontrados de Proust, Einstein, Mann... y de todos aquellos autores considerados enemigos del nacionalsocialismo
Pronto, la llamada del dinero atrajo a individuos deseosos de enriquecerse rápidamente a través de la venta de piezas expoliadas en los mercados negros americanos.
Y aquí es donde España entró en escena.