Personajes
Última actualización 17/12/2009@12:27:30 GMT+1
Fue una de las mujeres más notables de su tiempo. Tenista, patinadora, automovilista y esquiadora, Lilí Álvarez (1905-1998) fue también una brillante escritora, una periodista incisiva y una feminista de pro. Sus triunfos deportivos y sus inquietudes culturales rodearon su vida de un aura de aventura, que se desarrolló prácticamente a lo largo de todo el siglo XX. Su biografía, pionera en tantas y tantas disciplinas, sigue siendo un espejo para muchas deportistas de hoy en día. Por: Alberto de Frutos
“Sus admiradores se cuentan por centenares de miles; los periódicos le dedican entrevistas y artículos, y publican diariamente su retrato; (…); la gente espera horas enteras para verla salir de un restaurant o de un teatro; (…); grupos de entusiastas la asedian en demanda de un autógrafo, y no hay fiesta elegante que se considere completa si en ella falta esta muchacha española, guapa, interesante y llena de vida”.
¿Qué personaje cosechaba tantos elogios en las páginas de ABC de enero de 1926? ¿Acaso era una estrella de cine o de la copla? ¿Quizá se trataba de una aviadora o una exploradora que había dado la vuelta al mundo? No. Era “la figura más interesante de los campeonatos de Wimbledon”, la tenista Lilí Álvarez.
La vida de esta “muchacha” merecería una novela. Tal vez una de esas investigaciones o quests a que tan aficionados son los anglosajones. En una España arcaica, que alababa tímidamente la irrupción de la mujer en el mundo del deporte –beneficioso para su “regeneración” física… y moral– una joven nacida en el hotel Majestic de Roma, en el año 1905, habría de cambiar los esquemas mentales de toda una generación. Sus triunfos sacudieron el polvo de unas mujeres supeditadas hasta entonces a su “tradicional papel de madres y esposas”, tal como apuntara una reciente exposición itinerante sobre su vida.
Y es que Lilí Álvarez, nacida Elia María González-Álvarez y López-Chicheri, fue desde siempre una española atípica, quizá porque a nuestro país aún le costaría unos cuantos decenios asumir su condición europea. África, por supuesto, empezaba en los Pirineos; y el cosmopolitismo de esta mujer poco tenía que ver con la medianía de una época uniforme, en la que tanto atrevimiento e intrepidez resultaban poco menos que imposibles. Pero, ¿quién dijo que el adjetivo “imposible” entrara en el vocabulario de nuestra heroína?
Es cierto que Lilí Álvarez gozó de más oportunidades que la inmensa mayoría de sus coetáneas. Heredera de una familia de burgueses y aristócratas que se remontaba al siglo XVIII, su abuelo, Juan López-Chicheri, vinculado al negocio del regaliz en Toledo y dueño de varias empresas, sirvió en el gobierno de Cánovas del Castillo, mientras que su abuela, Avelina Caro y Vélez, fue hija de un marqués y nieta de un terrateniente levantino.
De los tres hijos de este matrimonio –Juan, Virginia y Nicolás– seguiremos los pasos de la segunda, que vio la luz en Valencia en 1872. Su boda de conveniencia con el marqués de Sotelo incrementó la influencia social de sus padres, pero la joven no fue feliz en su matrimonio.
Tras la prematura muerte de su primer hijo, Virginia conoció en el balneario suizo donde se recuperaba de sus trastornos al gallego Emilio González Álvarez, futuro padre de Lilí. “Fue el gran sacrificado de la historia”, escribió sobre él su hija; ya que, para atender a su familia, tuvo que abandonar su trabajo como abogado en Barcelona. A la postre, esa recompensa valdría la pena; pues no en vano fue Emilio quien inculcó a su hija el amor por el deporte. Su obra ensayística Plenitud está dedicada a él: “A la memoria de mi dulce padre, que tanto amó el deporte y me llevó a él”.
Como consecuencia del trasiego familiar, ese interés por el ejercicio físico se focalizaría primero en la nieve. ¿Dónde, si no?
La infancia de Lili, que había nacido por casualidad en Roma durante un viaje de placer, transcurrió en la Suiza alpina. La popular estación de Saint-Moritz asistió a sus primeras carreras sobre la nieve y a sus figuras sobre el hielo, que alternaba con sus paseos a caballo y en bici, o con la incipiente práctica del deporte que la consagraría: el tenis.
“El esquí fue el gran revelador en mi vida”, escribió esta renacentista del siglo XX, que llegaría a ganar el Campeonato de España de esquí en 1940. “Casi podría decir que aprendí a vivir gracias a él. Me enseñó muchas cosas, muchos dones y efectos positivos. Primero, no ya la belleza del paisaje invernal, de la nieve, sino la propia libertad en esa exquisitez natural”.