Villas con Historia
Última actualización 23/12/2009@10:33:37 GMT+1
El nacimiento de una lengua es un proceso imposible de entender y fijar en el tiempo. San Millán de la Cogolla es principio de esa cosa conocida como el castellano. Allí, entre los muros de su monasterio, comienza esa descomunal aventura que es el inicio de un lenguaje, o el de dos, pues en el mismo documento, escrito aparecen los primeros restos del castellano y el vascuence. Por: Francisco J. B. Manzano
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Es aquí donde nació nuestra lengua?, pregunta uno de los visitantes. “Quién puede saber donde nace algo tan vivo como un idioma”, responde el guía. Aquí es donde aparece por primera vez su rastro en negro sobre blanco. Pero San Millán es mucho más. Es la historia de un hombre que se resguardó en sus cuevas para encontrarse con Dios y desde allí enseñárselo al resto de los mortales. De un hombre que ya muerto eligió donde volver a construir un nuevo monasterio en el que dormir hasta la eternidad. Y de los que le siguieron y de aquellas anotaciones que sin saberlo heredarían más de trescientos millones de personas. San Millán nace en Berceo en el año 473. Un humilde campesino al que se ha dibujado como un joven enamorado de la naturaleza, la cual contemplaba mientras pastoreaba a su rebaño. Un sueño, como no puede ser de otra forma cuando no hay respuesta posible, ilumina al joven y le hace buscar, guiado por un ángel, el camino a Dios. Conoce entonces a un ermitaño, Félix, en el actual Haro, que le enseña la senda. Él decide entonces volver a sus orígenes y, junto a sus animales, vivir en el campo, durmiendo bajo el cobijo de agrestes piedras en la sierra de la Demanda. Cuarenta años de contemplación interior y exterior que van haciendo de Millán una persona conocida en toda la comarca. Tanto, que el mismísimo obispo de Tarazona le nombra párroco de Berceo. Sin embargo, la vida parroquial no parece encajar con un hombre acostumbrado a repartir, y las donaciones que le son entregadas a la Iglesia las reparte a su vez a los necesitados. Todo ello provocó que le acusaran de malversación de fondos y que, como consecuencia de ello, fuera destituido por el obispo Dídimo. Vuelve otra vez a la tierra, al campo, pero el ermitaño es ya un hombre famoso al que se le atribuyen milagros y que congrega junto a él a personas de la más diversa índole que quieren conocerle. Crean entonces una comunidad que habita en cuevas y que construyeron un primitivo oratorio. Con 101 años, y envuelto en el aura mágica que describen los que conviven con él, fallece. Para entonces, es un hombre venerado por su bondad y también por su contacto con Dios.
Años después de su muerte, sus restos descansaban en el monasterio de Suso. El Rey García, conocedor de la leyenda del Santo decide trasladar sus restos al monasterio de Santa María la Real de Nájera. Los monjes que allí viven tienen que ver cómo el deseo de un rey les priva del contacto, cercano y ya espiritual, con San Millán. Una carreta tirada por bueyes inicia el traslado del cuerpo. Es entonces cuando dicen que el antiguo ermitaño decidió volver a hablar. Al llegar al llano, junto al río, la leyenda dice que no hubo forma de que los animales volvieran a moverse. El gesto fue interpretado como una señal enviada desde el más allá y el rey decidió dejar descansar al santo allí donde él había elegido. Se levantó en ese mismo lugar un monasterio, Yuso (el de abajo), que, hermano del anterior, Suso (el de arriba), sería el definitivo lecho del cuerpo.