Es uno de los grandes cineastas de mi generación. Entre las no pocas inolvidables escenas que ha rodado hay una que dio la vuelta al mundo: el protagonista entraba “arrasando” en la Gran Vía de Madrid y, en ese momento, el angular de la cámara abrió al máximo. Se encontraba solo en la Gran Vía. Se detuvo, salió del vehículo, abrumado por lo imposible. No había nada ni nadie: le invadió una intensa sensación de soledad entre la grandeza de la más emblemática de las calles de la capital. Aquella película era Abre los ojos, el director Alejandro Amenábar y el actor que se enfrentaba a aquel abismo, Eduardo Noriega.
Era, sin duda, una escena imposible; la Gran Vía es una calle que no duerme, que permanece en actividad 24 horas del día; la única en la que uno puede encontrarse en un atasco pasadas las doce de la noche. Pero es que la Gran Vía, que hasta de sus “inconvenientes” hace virtud, pasa por ser, además, la calle más multicultural de toda España y, por ende, un reflejo del desarrollo de nuestro país y de su realidad de hoy, al igual que lo era de la realidad de antaño. La Gran Vía nació para ser del mundo. Ya tiene 100 años.
Como tantos millones de madrileños no nacidos en la capital, desde que di los primeros pasos por Madrid esta calle se convirtió en mi preferida. Recuerdo cómo antes de desembarcar de forma definitiva en la ciudad, una de mis moradas predilectas era un sencillo hostal ubicado en una de las más elevadas plantas de uno de los soberbios edificios –recorrerlos por dentro es sorprendente, háganlo si pueden– que se levantan a ambos lados de la calle. Apenas tenía diez o doce habitaciones aquella decente pensioncilla –una mínima parte de una de las plantas, qué grande es todo allí– pero lo recuerdo especialmente por la salita en la cual se servía el desayuno a los inquilinos, rodeado por un amplio ventanal curvo que hacía de pared –hacía esquina el “restaurante”– desde el que se observaba la calle principal de la ciudad que quería “conquistar“. Desde allí veía los establecimientos comerciales más emblemáticos de la historia de Madrid, las fachadas con murales de los cines –ahí siguen, luchando por existir en la era de las multisalas–, los teatros del Broadway español, la librería más intensa y extensa de la ciudad, el primer gran rascacielos al fondo, en la Plaza España, junto al hotel más televisado, la reconstrucción viva de la historia contemporánea de la arquitectura urbana… Y sobre todo, desde allí arriba se veía vida, mucha vida, historia en movimiento, en tiempo real.
La Gran Vía cumple 100 años. Sigue siendo la calle más fascinante y humana que uno puede recorrer en soledad sin sentirse solo, en contra de lo que sentía Noriega en aquella película en la que ocurría lo imposible. Invito a todos los lectores a rendir su propio homenaje a la Gran Vía, a pasear por allí, fundiéndose en el paseo con las cuarenta o cincuenta nacionalidades que se pueden encontrar en su kilómetro y pico de longitud, sabiendo que todas esas gentes siguen escribiendo la historia de una ciudad que tiene en la Gran Vía su mejor icono y refugio.
En este número, rendimos homenaje a la calle. A la Calle. Un número en el que sí pido que lean en clave, también de homenaje, el artículo sobre Miguel Hernández en el también 100 aniversario de su nacimiento, y así recordar a otro de los grandes literatos de la Historia de España, Miguel Delibes, que se ha marchado a los 89 años de edad sin el Nobel que dicen le negaron pero con un sello que le hará formar parte del olimpo de los grandes escritores. La Historia –aunque a veces sea con el dolor de la muerte– se escribe día a día y en ocasiones asistimos a acontecimientos que van a quedar escritos. Tal es la despedida de Miguel Delibes, un hombre de profundas convicciones espirituales que, seguramente, y en no pocas cosas, se sentía identificado con los valores interiores de “hombres buenos” (o puros), que es como se conocía a los Cátaros, sin los cuales seguramente no se habrían podido escribir muchas páginas de la Historia que después aconteció siglo tras siglo.
Bruno CardeñosaDirector
bruno.cardenosa@eai.es