La Batalla
La batalla
Última actualización 20/05/2010@11:20:58 GMT+1
En el año 202 a.C., el cartaginés Aníbal Barca disputó una última batalla contra Roma desde que a los 9 años de edad le jurara odio eterno. En la pequeña localidad africana de Zama dos poderosos ejércitos se vieron nuevamente las caras: el experimentado cartaginés y el disciplinado romano. Sólo uno de ellos podía sobrevivir, reservándose para el perdedor la esclavitud eterna. Aún así, ambos lucharon porque la recompensa bien lo merecía: la conquista de Hispania. Por: Janire Rámila
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Durante dos siglos los cartagineses, pueblo situado a orillas de la actual Túnez, había luchado con etruscos y griegos por el control de un mar Mediterráneo que les permitiese expandirse más allá de sus fronteras. Era el siglo VI a.C., época caracterizada por guerras perpetuas y efímeras alianzas, por el comercio y la mar, por conquistas y colonias allende los mares. Un mundo que comenzaba a ser forjado.
En este panorama, el hasta entonces oscuro y semidesconocido pueblo romano saltó a primera línea internacional cuando se opuso a la presencia de los cartagineses en la península itálica. El choque promovió una guerra en el 264 a.C. –Primera Guerra Púnica– que duró 23 años. Miles de personas murieron en tierras africanas e italianas y el resultado fue la expulsión de los cartagineses de la península itálica y su capitulación para evitar la esclavitud.
Fue la primera gran victoria de Roma, nación que apenas una década antes desconocía el arte de la navegación, pero que aprendió a fuerza de necesidad y constancia. El entonces líder cartaginés Amílcar Barca se resignó a pagar la fabulosa cifra de 3.200 talentos de plata –un talento equivalía a un peso de unos 25 kilos–, como indemnización. Inmenso tesoro imposible de conseguir en sus posesiones africanas, pero sí en una nueva tierra situada hacia el Norte y que aguardaba a ser explotada: la península Ibérica.
No hizo falta más. Con una poderosa flota, Amílcar Barca se dirigió a ese basto territorio acompañado de su hijo Aníbal. Entonces ambos lo desconocían, pero con ese viaje comenzaba a forjarse una de las guerras más largas y cruentas de la antigüedad, la que tendría como finalidad hacerse con el control de la rica y prometedora Hispania.
La elección de Hispania como futura colonia de ultramar no fue un acto fortuito. Ya en la Primera Guerra Púnica los cartagineses se habían servido de algunos de sus habitantes como mercenarios para luchar contra Roma. Los más voluntariosos fueron los honderos baleares, a los que Estrabón describía de esta forma: “Alrededor de la cabeza llevan tres hondas de junco negro, de cerdas o de nervios: una larga para los tiros largos, otra corta para los cortos y la tercera mediana, para los intermedios. Desde niños los adiestran en el manejo de la honda y si tienen hambre tienen que acertar en la diana antes de recibir el pan”. En un tiempo dominado por la ley del más fuerte, este tipo de actitudes poseían su razón de ser.
Los baleares pertenecían únicamente a uno de los muchos pueblos que en esos años habitaban la península: vacceos, celtas, íberos, tartesios, carpetanos, vascones… Una desunión que favoreció en cierta forma la llegada de los cartagineses y su posterior control de la zona.
El primer paso de Amílcar Barca fue desembarcar en Gades (Cádiz), estableciendo este puerto como centro de operaciones. Acto seguido comenzó una dura guerra que se prolongaría durante siete años, en la que el prestigioso general cartaginés sometería uno por uno a todos los pueblos colindantes hasta los márgenes inferiores del río Ebro.
El ruido de las espadas se dejó sentir de tal forma en Roma, que el Senado ordenó enviar en el 231 a.C. una embajada a Hispania para averiguar qué tramaba su antaño enemigo. La respuesta del astuto Amílcar logró satisfacerles. Según él, intentaba apaciguar a las tribus hostiles para poder explotar libremente los recursos hispánicos y, de este modo, tener con qué pagar su deuda al pueblo romano. Sin embargo la verdad era mucho más compleja. Cierto es que Amílcar necesitaba de ese oro y plata para saldar la indemnización de guerra, pero también lo era que, a escondidas de Roma, estaba rearmando a su ejército cara a un futuro enfrentamiento que él consideraba como inevitable.
Jamás lo vería. Después de lograr someter a los dos últimos dirigentes celtas, Indortes e Istolacio, Amílcar Barca se ahogó en un río durante una escaramuza y el mando pasó a su yerno Asdrúbal.
Éste continuó con la misma política que Amílcar y bajo su mandato podría decirse que Hispania entró en la modernidad. Se racionalizó la explotación de las minas y se mejoraron las conserveras de pescado. La península era una tierra riquísima, sobrada de materias primas que podrían enriquecer a quien supiera gestionar su extracción, y los cartagineses así lo hicieron.
De sus colonias griegas trajeron ingenieros para trabajar a pie de obra, que diseñaron aparatos novedosos y revolucionarios, y de África a esclavos negros que picaron en lo más profundo de los pozos. Como los diferentes jefes tribales recibían parte de las riquezas extraídas, el Sur peninsular fue una inmensa colonia caracterizada por la unidad y el enriquecimiento.