La Batalla
LA BATALLA
Última actualización 23/06/2010@11:18:54 GMT+1
La Europa posnapoleónica se rigió por el signo del gendarme. Asustadas por el vendaval revolucionario, las potencias vencedoras procuraron evitar el rebrote del liberalismo político inaugurando la etapa denominada “de los congresos”. Austria, Prusia y Rusia fueron los primeros signatarios de una especie de gabinete de crisis intergubernamental que fue conocido con el ostentoso nombre de Santa Alianza, y al que se unieron después el Reino Unido y una Francia restaurada en la figura de Luis XVIII. Por: Íñigo Bolinaga
La Santa Alianza nació con el objetivo claro de mantener la estabilidad en Europa frente a los excesos revolucionarios de las nuevas corrientes políticas que Napoleón había expandido por Europa: liberalismo y nacionalismo, dos doctrinas novedosas que casi siempre iban de la mano. Las semillas propagadas por los ejércitos de Napoleón estaban sembradas por todos los rincones de Europa, y a la Santa Alianza no le quedaba más que evitar su germinación. Si bien en naciones como la propia Francia habían arraigado con extraordinaria fuerza, la restauración borbónica silenció momentáneamente estas aspiraciones, y fue en los países más meridionales del continente, como Portugal, la península itálica, Grecia o España donde primero se encendió la chispa. Los estallidos revolucionarios fueron vistos con preocupación desde las cancillerías europeas, pero principalmente desde la autocrática Rusia de Alejandro I. El zar defendía la línea ortodoxa del antiliberalismo, mostrándose desde el primer momento como el más firme defensor de la intervención armada de la Santa Alianza en naciones extranjeras. Su posición será determinante a la hora de impulsar la intervención militar en España.
En 1820 España sorprendió al mundo proclamando un gobierno liberal bajo el signo de la Constitución de 1812, la famosa Pepa que había inspirado a los liberales españoles en la guerra contra el francés. El levantamiento del general Riego alteró sustancialmente la posición de nuestro país dentro del sistema europeo, elevándola a un rango inédito: ser uno de los estados políticamente más avanzados de Europa. España se colocaba a la vanguardia continental en lo que respecta a libertades políticas, pero lo hacía en un muy mal momento; las potencias vencedoras de Napoleón mantenían su celo aún intacto, y al mismo tiempo que desde Rusia se exigía la celebración urgente de un congreso para tratar el caso español, la vecina Francia observaba con preocupación creciente el desarrollo de un liberalismo de cuño francés que amenazaba con extenderse a su territorio si no ponía los medios necesarios para evitarlo. A la recientemente restaurada monarquía de Luis XVIII no le hacía ninguna gracia tener en la frontera sur a un gobierno que simpatizaba con sus más feroces enemigos, aquellos liberales franceses que continuaban trabajando en la sombra para la destrucción del Antiguo Régimen.
La preocupación de las cancillerías europeas dejó su impronta en el Congreso de Leibach (1820-21), donde las potencias adheridas a la Santa Alianza trataron, entre otros, el tema de la intervención militar en España. La legación francesa informó del hecho de que el rey de España, Fernando VII, había implorado ayuda varias veces a su tío Luis XVIII. No fue lo único que hizo para derrumbar el liberalismo en España; también apoyó iniciativas como la regencia de Urgel, que a partir de agosto de 1822 se formó en la ciudad homónima desconociendo al gobierno y proclamando a Fernando VII como rey absoluto. El monarca español no había sido sincero cuando en 1820 juró la Carta Magna con aquella famosa frase de “marchemos, y yo el primero, por la senda constitucional”.
Era la primera vez que se planteaba con seriedad la injerencia directa en los asuntos particulares de un estado soberano. Rusia, la más partidaria de la intervención militar, no terminaba de estar convencida de que Francia fuera el país ideal para jugar el papel de potencia interventora, puesto que el régimen de Carta Otorgada instaurado en aquel país chocaba doctrinalmente con la severa autocracia rusa. El francés pasaba por ser el absolutismo más endeble de las grandes potencias continentales. Además, sus soldados habían conocido los laureles de las campañas de Napoleón y estaban impregnados por unos ideales patriótico-liberales de los que Rusia desconfiaba profundamente. Para el resto de las potencias, Francia parecía ser el país más adecuado para aquella hipotética intervención en la que ni Austria ni Prusia, ni mucho menos Inglaterra, creían. Era una idea demasiado audaz. Metternich, primer ministro austriaco, no lo consideraba conveniente y Francia también tenía sus serios reparos, vista la experiencia de la Guerra de Independencia.