Historia Antigua
Última actualización 22/07/2010@13:21:30 GMT+1
Hoy es sólo un montón de ruinas, pero en el siglo II a.C., Numancia fue la pesadilla de Roma en Hispania. Vencido el gran líder lusitano Viriato, nada parecía oponerse a la completa romanización peninsular, hasta que las legiones chocaron contra los muros de esta ciudad, protagonizando uno de los asedios más largos, heroicos y crueles de la Historia. Por: Nuria Díaz
Cuenta el historiador romano Lenón, que Viriato era tan fiero que hasta los animales salvajes le rehuían y que bastaba una mirada suya para que estos quedaran paralizados, sabedores de que ante el lusitano era mejor claudicar que pelear. A la misma conclusión llegaron los romanos, claro que para entonces Viriato les había vencido en cuanta batalla disputaron ambos, aniquilando legiones enteras y obligando al Senado a firmar tratados de paz a regañadientes. Sin embargo, no fue el lusitano quien vio la muerte de Roma, sino ésta quien asistió a la de su enemigo, cuyo espíritu rebelde traspasaría el tiempo y el espacio para recalar en una ciudad hasta entonces ajena a tales acontecimientos: Numancia. A comienzos del siglo II a.C., Hispania era una tierra prácticamente romana. La derrota de Cartago en la Segunda Guerra Púnica había significado su salida de la península y ahora el latín comenzaba a escucharse en regiones hasta entonces bárbaras. Una de ellas era la Lusitania, territorio comprendido entre los ríos Guadiana y Duero, rico en minerales, pero pobre en cultivos y ganadería. Por ello, sus tribus tenían por costumbre saquear las fértiles haciendas vecinas para hacerse con aquello que ellos no podían cultivar. Así había sido durante décadas y así creían los lusitanos que seguiría siendo. Pero algo había cambiado, y ese algo se llamaba Roma.
Decididos a terminar con los saqueos e imponer sus leyes, en el 151 a.C., el general Servio Sulpicio Galba –antepasado del emperador romano del 69 d.C.– lanzó un ataque a gran escala que obligó a los lusitanos a pedir la paz. Sabedor de que la situación no acabaría ni mucho menos con una firma, Galba les dividió en tres grandes grupos, con la promesa de realojarlos en tierras más ricas. Todo era una trampa. Una vez esos miles de hombres depusieron las armas, Galba ordenó a sus legiones rodearlos y darles muerte, sin importar que fuesen ancianos, hombres, mujeres o niños. Se dice que 5.000 personas perecieron en aquella jornada y que otras 9.000 fueron esclavizadas. La masacre repugnó a los propios romanos, con cronistas como Apiano escribiendo: “Pagó la traición con traición, un romano indigno que imitó a los bárbaros”. Lo de la traición se refiere a que aquellos lusitanos depusieron las armas cuando otros compañeros suyos les pedían seguir luchando, asegurando que nada bueno deberían esperar de Roma. Curiosamente, entre quienes no pensaban así estaba Viriato, un oriundo de la sierra de la Estrella y pequeño caudillo que ya había logrado algunas victorias contra las tropas romanas por las que los celtíberos y lusitanos le tenían en gran estima.
Confiado en que los romanos les dejarían en paz si demostraban buena fe, Viriato consintió y animó la entrega de las armas y el realojamiento de las familias que así lo desearan. Por ello, cuando a sus oídos llegó la noticia de la matanza, un profundo sentimiento de culpa se apoderó de él, lacerándose el cuerpo de arriba abajo y huyendo a las montañas por la vergüenza que le suponía enfrentarse a las miradas de sus compañeros.
Sólo cuando la ira y las ansias de venganza superaron a esa vergüenza regresó el lusitano a su hogar, ordenando formar en noche de luna llena un montículo con los restos incinerados de los asesinados. Y así fue cómo ante su gente, hundido hasta la cintura entre aquellas cenizas, juró guerrear a muerte contra los romanos, de la misma forma que décadas atrás el cartaginés Aníbal jurara a ese mismo pueblo odio eterno. Durante diez años Viriato peleó contra las diversas legiones que desde Roma se enviaron contra él, venciéndolas siempre. En el combate los lusitanos portaban armadura ligera y un escudo corto y manejable que, combinado con un tipo de espada curva llamada falcata, les confería un poder temible. Además, bien sujeta en sus espaldas les acompañaba una lanza denominada saunion que arrojaban con destreza traspasando cualquier coraza a decenas de metros de distancia.
Aun así, Viriato conocía bien la disciplina y mejor formación de su oponente, por lo que su estrategia pasaba siempre por entablar una pequeña escaramuza para, acto seguido, fingir una desbandada y atraer a los romanos a desfiladeros o barrancos donde emboscarles y matarles fácilmente. De esta forma venció a las tropas del cónsul Vetilio en la sierra de Ronda, a las del general Quinto Fabio Máximo Emiliano en Osuna, a las de Plaucio en Segóbriga… Batalla esta última que el historiador Frontino relata así: “Viriato envió unos hombres para que arrebatasen a los segobrianos sus rebaños. Cuando los soldados lo vieron, salieron corriendo a toda prisa en gran número. Entonces los ladrones huyeron, conduciendo a los segobrianos hasta una emboscada donde fueron despedazados”.