Historia Moderna
Última actualización 23/07/2010@08:58:25 GMT+1
Tras la Guerra de la Independencia, España experimentó una auténtica invasión de viajeros extranjeros, atraídos por la nueva corriente romántica, empeñada en atribuir a nuestro país características propias de un lejano reino de Oriente. Gracias a aquella "moda", que se prolongó durante todo el siglo XIX, la Península recibió incontables visitas de grandes literatos, pensados y artistas. Por: Javier García Blanco
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"Un viaje por España es todavía una empresa peligrosa y novelesca; se arriesga la piel a cada paso; las privaciones de todo tipo, la ausencia de las cosas más indispensables de la vida, el peligro os rodea, os sigue, os adelanta; no oís susurrar a vuestro alrededor más que historias terribles y misteriosas. 'Ayer los bandidos han cenado en esta posada. Una caravana ha sido interceptada y conducida a la montaña por los brigantes para obtener un rescate'. Es necesario creer en todo esto, ya que se ven, a cada lado del camino, cruces cargadas de inscripciones de este tipo: 'Aquí mataron a un hombre'".
La descripción anterior, cargada de emoción y con la clara intención de inspirar una imagen exótica de nuestro país, surgió de la hábil pluma de Théophile Gautier, literato francés que en 1840 emprendió su particular periplo por tierras de la piel de toro. Sus experiencias –que no fueron escasas– acabaron descritas en su Viaje por España (1840), y fueron leídas con avidez por miles de sus compatriotas y otros europeos.
La obra y la aventura de Gautier no fue, sin embargo, un hecho aislado, más bien al contrario. En el siglo XIX, y en especial en las décadas de los años 30 y 40, España experimentó una auténtica invasión de personajes más o menos singulares -literatos, pintores o simples burgueses hastiados de su vida anodina-, llegados de lugares como Francia, Inglaterra, Alemania o incluso EE.UU. Todos ellos recalaban aquí atraídos por la avalancha de textos que describían a España como un enclave exótico, con paisajes y habitantes más propios de Oriente, que vivía anclado en un modo de vida casi medieval. Así fue como se forjó el mito de la España romántica, un lugar casi mágico en el que era posible vivir en propias carnes un sinfín de aventuras, rodeados por una variada galería de tipos españoles que incluían desde el temible bandolero hasta la sensual y misteriosa gitana, pasando, cómo no, por el torero, la manola o los más dignos herederos de Don Quijote y Sancho Panza.
En realidad, este fenómeno de España como "enclave singular" no era nuevo. Ya en la Antigüedad, fenicios, griegos y romanos arribaron a nuestro suelo y quedaron fascinados por las maravillas que veían y escuchaban sobre la Península. Siglos más tarde, fueron los piadosos peregrinos que viajaban a Compostela quienes atravesaron nuestro territorio, e incluso algunos de ellos nos legaron sus relatos sobre lo que veían con sus propios ojos. Sin embargo, con el paso del tiempo la afluencia de visitantes europeos se redujo notablemente. Un cambio que se hizo evidente en los siglos XVI y XVII, cuando en la católica España, cualquier extranjero era rápidamente examinado con suspicacia como sospechoso de herejía, con el peligro de acabar ante la temible Santa Inquisición. Fueron tiempos, por tanto, en los que los únicos extranjeros que atravesaron nuestro suelo con cierta tranquilidad se reducían a monarcas de otras naciones o sus embajadores. Algunos de estos viajeros poderosos escribieron también sobre nuestra tierra, aunque sus textos dejaban poco espacio a la descripción de paisajes o costumbres, y se centraban más en cuestiones de índole política o de la vida cortesana.
Esta escasez de visitantes foráneos comenzó a cambiar a partir del siglo XVIII. Se vivía entonces un ambiente de mayor tolerancia, y al amparo de ésta, comienzan a llegar los primeros viajeros que ansiaban conocer España. Esta inicial oleada de visitantes estaba compuesta fundamentalmente de ciudadanos británicos, en su mayoría eruditos, literatos o artistas. En las décadas finales del siglo sería un militar, también británico, quien realizará uno de los primeros viajes atravesando tierras hispanas, dejando por escrito sus impresiones. Corría el año de 1774, y el escocés William Dalrymple ocupaba el cargo de mayor del ejército británico en el destacamento de Gibraltar. El entonces tranquilo destino debía resultar aburrido para un hombre de acción como él, habituado a recorrer medio mundo, por lo que el militar solicitó permiso a sus superiores para atravesar la Península y conocer instalaciones militares como la Academia Militar de Ávila o el puerto de El Ferrol. Lo cierto es que sus comentarios no resultaron demasiado positivos, pero supusieron uno de los primeros ejemplos de un género a punto de eclosionar: la literatura de viajes por España.
La mayor parte de los estudiosos que han abordado la cuestión del mito romántico de España coinciden en destacar la importancia capital que supuso para su desarrollo el estallido de la Guerra de la Independencia. La contienda no sólo llenó nuestro suelo de tropas francesas y británicas -muchos de cuyos miembros quedaron fascinados por la singularidad de nuestro país y recogieron por escrito sus impresiones-, sino que, algunos años más tarde, con el movimiento romántico extendiéndose como la pólvora por toda Europa, la victoria española sobre el Imperio de Napoleón se vio como encarnación de un pueblo tenaz, heroico y valeroso, capaz de resistir las durísimas acometidas del ejército más poderoso del mundo y que encajaba a la perfección en el ideal romántico.