Historia Moderna
Última actualización 24/08/2010@12:51:36 GMT+1
A mediados del siglo XIX, el Movimiento Espiritista irrumpe con fuerza en la sociedad española. Más allá de la simple superchería que se le atribuye en la actualidad, el Espiritismo fue una auténtica corriente filosófica que impregnaría la vida social, política e intelectual de un país asolado por la enfermedad y la guerra, de una España que buscaba renovar su sentido moral. Por: Gabriel Muñiz / Paisaje Humano
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No es nuestro cometido poner la atención en la veracidad de la existencia y comunicación con los espíritus. En este sentido, el Espiritismo no pasaría de ser otra interpretación más de una creencia, ya que todas las religiones, de una manera u otra, han defendido entre sus dogmas la pervivencia de las almas. Una interpretación, eso sí, revolucionaria y verdaderamente incómoda para la jerarquía eclesiástica de su tiempo, ya que, aunque abrazaba la existencia de Dios, consistía en una doctrina laica y democrática que supo hacerse eco de las inquietudes de la sociedad.
Durante el siglo XIX, nuestro país es testigo de un anhelo social y político que no llega a materializarse. El paisaje agrario, a pesar de la revolución liberal y de los procesos de desamortización, apenas experimenta cambios verdaderamente significativos. La tierra seguirá mal repartida, en manos de la nobleza y de una incipiente burguesía seducida por la especulación y la renta. La industrialización es exigua respecto a Europa, y siguiendo la estela agraria no acabará de resurgir, haciendo extensible la relación entre terrateniente y jornalero a la de patrón y obrero.
Los grabados de la época retratan fielmente a una sociedad que sufre una elevada tasa de mortandad infantil, presas fáciles de fiebres tercianas o de enfermedades como el temido “garrotillo” o difteria. Pero al analfabetismo, la incultura, la pobreza de solemnidad, la enfermedad y la explotación laboral se sumarán, además, sucesos políticos de extrema gravedad como las Guerras Carlistas o las sucesivas pérdidas de las colonias, ahondando en el desasosiego que invadió aquella época.
Tradicionalmente, la superchería relacionada con los espíritus se enmarcaba en ámbitos geográficos bien definidos, y concretamente el Espiritismo fue arribando a poblaciones costeras de Andalucía y del Levante español. Sin embargo se trata de un fenómeno que se encontraba ya latente dentro y allende nuestras fronteras, despertándose tras una serie de testimonios que atraerán la atención del mundo científico y harán correr ríos de tinta.
Son sucesos con origen en Norteamérica, más tarde en Inglaterra, Francia y Alemania, ciertamente inquietantes, y que harán alusión a la comunicación extrasensorial entre personajes de carne y hueso con el mundo de los espíritus. Fue tal la repercusión mediática, que el mundo de la intelectualidad y de la ciencia se volcaría, con luz y taquígrafos, a avalar su autenticidad o a denunciar como fraude aquellas prácticas.
Con todo, tal como habíamos apuntado, esa veracidad no es lo que a nosotros nos atañe, y sí afirmar que la semilla del Espiritismo rindió unos frutos insospechados, expandiéndose como mancha de aceite por el mundo civilizado. La razón para que esto ocurriera así, en primer lugar, habría que buscarla en parte en el vacío existencial al que indujo el positivismo, en la peculiar visión del romanticismo, pero sobre todo en la coincidencia con dramáticos momentos históricos, particularmente la Guerra de Secesión en Norteamérica, las Guerras Carlistas en España o más tarde la Primera Guerra Mundial en Europa, con la consiguiente mortalidad, a la que se sumarían las enfermedades y las hambrunas.
Como en tantos otros períodos históricos similares, aquella atmósfera de zozobra y fatalismo se revelaría como el caldo de cultivo ideal para la búsqueda de nuevas respuestas. La población decimonónica, en esta tesitura, necesitaba más que nunca creer en la Providencia divina para dotar de significado a tanta tragedia. Pero no sólo eso. Las familias necesitaban también confiar en que sus fallecidos permanecían cerca de ellos, y se aferrarían a cualquier atisbo de esperanza para mantener viva aquella ilusión.
En consecuencia, aquello que en principio pudiera calificarse como un aspecto tangencial, sin más base que la superstición y el oportunismo de quienes alimentaban tales creencias, tomaría un cariz inusitado hasta erigirse en todo un movimiento que influiría por sí mismo en el curso de la historia.
Ya en 1954 existen referencias documentales que avalan un genuino interés por el Espiritismo en España, particularmente una pastoral impresa en Madrid que aconsejaba alejarse de ciertas prácticas por ofender a Dios. No obstante, será un año más tarde cuando penetre el Espiritismo como doctrina filosófica inspirada en los escritos del compilador e intelectual francés Allan Kardec.
Lo hará a través del que por entonces era nuestro punto geográfico más permeable con la cultura europea y americana, el puerto de Cádiz. Es allí donde, en 1855 y al estilo de las sociedades que ya existían en la vecina Francia, se fundará la primera Sociedad Espiritista en nuestro país. Su andadura podría calificarse de fugaz, pues la actividad de la institución apenas se prolongaría dos años. Sin embargo, lo efímero de su existencia no evitó que supusiera un verdadero hito en la propagación de la cultura espiritista, a través de la popularización de la obra de Kardec, celebrándose reuniones, imprimiendo pasquines o editándose un primer libro bajo el título “Luz y Verdad del Espiritualismo