Hemeroteca :: 01/09/2010
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La Batalla
Última actualización 24/08/2010@12:45:04 GMT+1
¿Se imaginan que el castellano fuera el idioma oficial en China y que más de 1.200 millones de chinos fueran herederos de la cultura y tradición hispánicas? Esta disparatada posibilidad podría haberse convertido en una sorprendente realidad si hubieran prosperado alguno de los planes que se gestaron durante el reinado de Felipe II para conquistar el Gran Imperio Celeste. Por: José Luis Hernández Garvi

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En 1565 los españoles llegaron a las islas Filipinas con la intención de repetir los sueños de conquista que habían guiado sus pasos en el continente americano. Sin embargo, al poco tiempo comprendieron que las posibilidades de explotación de los recursos del archipiélago no eran ni mucho menos las esperadas. Aunque en la isla de Mindanao se producía canela, la cantidad que se obtenía no era suficiente, por si sola, para rentabilizar las largas travesías del Océano Pacífico, y menos aún para cubrir los gastos del establecimiento de una colonia permanente. Además, la población nativa llevaba una vida precaria, basada en una economía de subsistencia, incapaz por tanto de mantener relaciones comerciales provechosas y lucrativas con los españoles. Por si todo esto fuera poco, los recursos de la tierra eran escasos y nunca se encontraron grandes yacimientos de oro y plata, riquezas que siempre despertaban el interés y la codicia de los conquistadores, esfumándose sus esperanzas de obtener grandes riquezas.

Sin embargo, el contacto habitual con los prao, las embarcaciones que utilizaban los comerciantes musulmanes instalados en los sultanatos vecinos de Borneo y Mindanao, cargados de valiosas mercancías chinas, como sedas y porcelanas, despertaron la envidia y la codicia de los españoles que empezaron a ver en ese comercio una posible salida a su decepcionante situación. Además, se empezó a tener noticia de las riquezas que los portugueses obtenían con la Nao de prata que unía los puertos accesibles del sur de Japón con el enclave de Macao en la costa china. Con estas informaciones esperanzadoras, tanto en Filipinas como en la Corte se empezó a valorar seriamente la posibilidad de utilizar el archipiélago filipino como trampolín y base de operaciones para futuras empresas hacia la China continental.

El primer testimonio en este sentido lo encontramos en una carta que el gobernador de Filipinas, Miguel López de Legazpi, remitió a Felipe II el 23 de julio de 1567. En la misiva proponía la construcción de seis galeras para “…Correr la costa de China y contratar con la tierra firme”. En el mismo sentido, los primeros misioneros asentados en el archipiélago apoyaron la iniciativa, valorando que lo pudieran utilizar como base desde la que podían llevar a cabo su labor evangelizadora en China y Japón. Habría que adjudicar al fraile agustino Martín de Rada ser el primero en hablar de un proyecto para la conquista del territorio. En una carta dirigida también al monarca y fechada el 8 de julio de 1569, el religioso insiste en el mismo aspecto de dotar a las islas de una poderosa flota con la que realizar la invasión. En el texto destaca la ingenua concepción que los españoles se habían hecho del extenso y ya entonces muy poblado país, debido sobre todo a la falta de informes veraces que hablasen de las dimensiones reales de China, creyendo que se podría realizar la empresa con tan sólo un pequeño contingente de esforzados soldados. Así, Martín de Rada escribía en su carta que, “…La gente de China no es nada belicosa…Mediante Dios, fácilmente y con no mucha gente, serán sujetados”.

Tras la brillante victoria en la batalla de Lepanto, influido por el clima de euforia militar que se respiraba en la Corte, Felipe II ordenó al virrey de Nueva España, Martín Enríquez, que enviase al capitán Juan de la Isla con la misión de explorar China desde las Filipinas. El 1 de febrero de 1572, el virrey entregaba al capitán las instrucciones que le habían llegado desde la Corte para que embarcase hacia el archipiélago a bordo de una pequeña flota compuesta por tres barcos y una vez que llegase allí, navegase hacia la costa china con el navío y la tripulación que le facilitase el gobernador de Filipinas. El objetivo principal de este viaje era el de obtener informaciones que suministrasen datos fiables y reales sobre lo que se podían encontrar las futuras expediciones de conquista que se organizasen.

Poco antes de morir, en una carta dirigida al gobernador de Nueva España fechada el 11 de agosto de 1572, López de Legazpi describía los avances en la preparación del viaje, señalando que había liberado a más de treinta chinos que habían permanecido prisioneros en manos de nativos filipinos, al mismo tiempo que había concedido permiso a diez barcos chinos para comerciar con total libertad con los españoles y naturales de las islas, acciones emprendidas como gestos de buena voluntad que pretendían favorecer los contactos bilaterales con China. Sin embargo, los planes de la expedición fueron bruscamente interrumpidos con la muerte de López de Legazpi, acaecida el 21 de agosto de ese mismo año. El nuevo gobernador interino de las Filipinas, Guido de Lavezares, no pudo continuar adelante con el proyecto al carecer de barcos disponibles para el viaje.
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