La Batalla
Última actualización 20/12/2010@11:37:49 GMT+1
Aquella gélida mañana de noviembre. Napoleón estaba de mal humor. El emperador de Francia, el amo de casi toda Europa, se había visto obligado a venir a España al frente de un poderoso ejército con la intención de aplastar la sublevación contra los franceses y reponer en el trono a su hermano José I Bonaparte, que había huido de Madrid después de la victoria del general Castaños en la batalla de Bailén. Abrigado con su capote gris y montado en Emir, su hermoso caballo blanco, el emperador contemplaba el último obstáculo que le separaba de la capital: el puerto de Somosierra. Esta es la crónica de aquella batalla. Por: José Luis Hernández Garvi
El 27 de octubre de 1807 se firmó el Tratado de Fontainebleau entre España y Francia. En su texto se estipulaban los términos de una invasión conjunta de Portugal, uno de los pocos países que se había negado a acatar el bloqueo continental impuesto por Napoleón para asfixiar la economía de sus enemigos los británicos. Absolutamente convencido de que los españoles se plegarían a sus condiciones, el 18 de octubre de 1807, nueve días antes de la firma del tratado, Napoleón envío una fuerza expedicionaria que se apresuró a cruzar la frontera de los Pirineos. Godoy, valido de Carlos IV, y la propia Corona, no pusieron ningún impedimento al despliegue del ejército francés, seducidos por la promesa de compartir el botín de la conquista de Portugal en la que participarían veinticinco mil soldados españoles.
En marzo de 1808, después de que las tropas francesas cruzasen la frontera, Napoleón había conseguido controlar puntos estratégicos por todo el país. Además, en una hábil maniobra dispersó al ejército español, enviando a Portugal el contingente prometido por Godoy, y otros dieciséis mil hombres a Dinamarca para participar en una supuesta invasión de Suecia. El valido, asustado por el cariz que empezaban a tomar los acontecimientos, llevó a la familia real a Aranjuez para, en caso de que las cosas fueran a peor, trasladarla desde allí hacia el sur de la Península y embarcarlas desde Cádiz hacia América.
El 17de marzo 1808 tuvo lugar el Motín de Aranjuez que supuso la caída de Godoy, la abdicación de Carlos IV y la subida al trono de Fernando VII. Ante la situación de inestabilidad política y cierto vacío de poder, en otro golpe de mano astutamente ejecutado por los franceses, el 23 de marzo Madrid es ocupado por las tropas imperiales del mariscal Murat. A partir de ese momento parecen claras las intenciones de Napoleón con respecto a España, para todos menos para Fernando VII, el único que todavía confía en que el amo de Europa cumplirá con lo pactado. Napoleón jugó a dos bandas y supo aprovecharse de la ventaja que le proporcionaba el enfrentamiento entre los dos Borbones españoles, padre e hijo, para beneficiarse. Con todo a su favor, el emperador no tardó en dar el siguiente paso, y para ello citó en Bayona a Carlos IV y Fernando VII. Mientras tanto, el 2 de mayo de 1808 tiene lugar en Madrid el levantamiento popular contra las tropas francesas, hecho que marcaría la fecha de inicio de la Guerra de la Independencia.
El 5 de Mayo, las presiones de Napoleón surten efecto y fuerza a los pusilánimes Borbones para que abdiquen del trono de España en su favor. Sin embargo, el emperador cede sus derechos sobre la Corona española en su hermano mayor, José Bonaparte. El 6 de junio de 1808 se publicó su decreto de nombramiento como nuevo Rey. Un mes más tarde, el 7 de julio, José I jura la nueva Constitución y recibe el juramento de fidelidad de los componentes de la junta española títere instalada en Bayona. El nuevo rey llega a la Corte de Madrid el 20 de julio, capital de un país incendiado por la Guerra contra los franceses, en medio de un ambiente hostil y rodeado de una población resentida que aún tiene muy reciente la brutal represión ejercida por las fuerzas de ocupación. Aún así, el 25 de julio de 1808 José I Bonaparte fue proclamado como nuevo monarca.
CAMINO DE MADRID
La derrota posterior en Bailén (ver recuadro) dejó estupefacto a Napoleón. A principios de noviembre, Napoleón atraviesa la frontera española para asumir personalmente el mando de la Grande Armée reunida a lo largo del Ebro, formada por doscientos cincuenta mil hombres de sus mejores unidades y dirigidos por mariscales y generales veteranos de sus campañas en Europa. Al frente de ellos pretendía aniquilar los ejércitos españoles que se atreviesen a desafiarle. En una campaña relámpago, la Grande Armée encadena una sucesión de rápidas victorias que destrozan cualquier intento de frenar su avance imparable.
El 24 de noviembre, con Napoleón instalado en Aranda de Duero, la recién creada Junta Suprema ordena la fortificación de Madrid. Según proclamaba, no se debía permitir que la capital volviera a “…doblar cobardemente la cerviz al yugo afrentoso del tirano”. Para ello, apelaba al heroico ejemplo del levantamiento del 2 de mayo, haciendo un llamamiento a la población para que convirtiera la ciudad en la “…tumba del exercito enemigo”. Para ello, la Junta Suprema ordenó el suministro de provisiones, víveres y municiones a la ciudad preparándola para resistir un prolongado asedio. Como acto de desafío y provocación, la Junta también obligó al verdugo público encargado de las ejecuciones que quemase las cartas que los ministros de José I habían enviado al conde de Floridablanca, como presidente de la misma, y a otros notables pidiéndoles que impidiesen que se opusiera resistencia a la ocupación de la capital, evitando así que se repitieran tragedias como la de los sitios de Zaragoza.
El 28 de noviembre, la Junta Suprema publicó la primera de sus numerosas declaraciones en las que hacían un llamamiento a una guerra total y sin cuartel de todo el país contra el francés, instando a alistarse a todo posible soldado, pero realmente poco se hizo para establecer un perímetro defensivo y eficaz alrededor de la ciudad, confiando demasiado en que el enemigo fuese detenido en los puertos de la Sierra del Guadarrama.
A LA ENTRADA DE SOMOSIERRA
El 29 de noviembre de 1808, las primeras avanzadillas del ejército napoleónico llegan a la entrada norte del puerto de Somosierra. El propio emperador, al frente de un ejército de cuarenta mil hombres, se dispone a superar el último obstáculo que le separa de Madrid. Mientras tanto, el general Benito San Juan organiza una eficaz defensa atrincherada en las laderas del puerto de montaña, en un intento por retrasar en todo lo posible el avance francés para ganar tiempo y permitir que el Ejército español defienda la capital mientras esperan la llegada de refuerzos británicos. Napoleón sabe que el tiempo corre en su contra y esta decidido a avanzar rápidamente sobre Madrid para poner de nuevo en el trono a su hermano José y acabar con la insurrección.
La artillería española estaba dispuesta en tres baterías de dos cañones cada una situados en puntos estratégicos, más otros diez cañones montados en un parapeto improvisado en la cima del puerto, junto al pueblo de Somosierra. Aproximadamente 9.000 soldados españoles defendían el paso, ocultos a lo largo del camino que serpenteaba hacia la cumbre, pegados al terreno y cubriendo a la artillería.