Villas con Historia
Última actualización 24/01/2011@12:35:03 GMT+1
Galardonada con el título de Ciudad Patrimonio de la Humanidad en 1996, la capital conquense cuenta con una rica historia que se remonta a la época de la invasión musulmana. Enclavada en un privilegiado escenario, entre las hoces de los ríos Júcar y Huécar, la ciudad conserva hoy el espíritu de su pasado medieval, aunque sin dar la espalda a la modernidad y la vanguardia. Por: Javier García Blanco
Un nido de águilas hecho sobre una roca”. Con estas palabras, el célebre escritor Pío Baroja describió con acierto y sencillez la característica más representativa de la ciudad de Cuenca. Erigida sobre un robusto promontorio pétreo y abrazada por las aguas del río Júcar y su afluente el Huécar, la singular ubicación de Cuenca destaca especialmente como la principal seña de identidad de la población.
Aunque los estudiosos han localizado en la región restos de asentamientos humanos que se remontan a la época del Paleolítico Superior (hacia el 90.000 a.C.) y decenas de miles de años después los romanos levantaron varios enclaves en distintas zonas de la provincia, el espacio en el que se alza hoy la localidad no contó con un asentamiento de importancia hasta la llegada de los musulmanes a la península Ibérica. Y fue precisamente su sobresaliente carácter defensivo, su facilidad para convertir el lugar en una impenetrable fortaleza natural, lo que llevó a los moros llegados desde el norte de África a construir allí una alcazaba de indudable valor estratégico. A más de mil metros sobre el nivel del mar, y con la protección natural que conceden al lugar los sólidos bloques pétreos, los acusados riscos y las hoces formadas por la fuerza incansable del Júcar y el Huécar, la Kuvenka o Qünka musulmana debía aparecer, a ojos de los hombres de la Edad Media, como un espolón inexpugnable. Sin embargo, el 21 de septiembre de 1177 –según la tradición–, el monarca Alfonso VII y sus huestes, ayudado por el rey aragonés Alfonso II el Casto y las Órdenes Militares, tomaba posesión de la plaza tras un asedio que se había prolongado durante más de ocho meses.
Tras la toma de la ciudad, el rey Alfonso otorgó el Fuero de Cuenca, sentando las bases de una repoblación que se apoyaría en la fundación de numerosas aldeas. Si aceptamos los datos ofrecidos por el geógrafo árabe El-Idrisí, a mediados del siglo XII –poco antes de su conquista por las tropas cristianas–, Cuenca era una pequeñísima localidad con una población que apenas rozaba los setecientos habitantes. Con la llegada cristiana y los esfuerzos de repoblación el número de habitantes fue creciendo poco a poco, y las gentes quedaron repartidas en función de su origen: los judíos fueron reunidos en torno a la calle de Zapaterías; los musulmanes en los aledaños de la torre de Mangana y, finalmente, los cristianos se organizaron por parroquias en las distintas zonas del restos de la ciudad.
Con la localidad ya en manos cristianas y en franco desarrollo, sus habitantes hicieron de la ganadería su principal medio de sustento, desplazando a la agricultura, pues los campos resultaban difíciles de defender ante los eventuales ataques musulmanes que siguieron produciéndose. Aquella actividad ganadera terminó por convertirse en una importante industria textil lanera, con una destacada producción de paños que se hizo especialmente evidente a partir del primer tercio del siglo XV, favoreciendo un notable aumento de la población. Esta explosión económica y demográfica continuó en el siglo XVI, época en la que Cuenca se convirtió en cabeza de corregimiento y en ciudad con derecho a voto en Cortes.
De forma paralela se desarrollaron también la agricultura y la ganadería trashumante. Aquel esplendor, sin embargo, se vio frenado en la centuria siguiente, cuando una terrible epidemia de peste, iniciada en 1588, afectó a la localidad y su región. A la nefasta enfermedad le siguieron en pocos años otros desastres, como duras sequías y plagas de langostas, haciéndose notar en un pronunciado descenso en el número de habitantes. Aquellas desgracias continuadas dejaron huella en la industria lanera y la ganadería trashumante, situación que se prolongó en el siglo XVIII, cuando el monarca Carlos IV decretó la supresión de los talleres de lana conquenses para favorecer a la Real Fábrica de Tapices.
Con la llegada del siglo XIX, y más concretamente en 1833, Cuenca se convirtió en capital de la provincia durante las reformas de Javier de Burgos. Un nombramiento que, por desgracia, no sirvió para arrancar a la ciudad del parón económico en el que se hallaba, y que se agravó debido a la Guerra de la Independencia y las Guerras Carlistas. Otros dos hechos vinieron a marcar el devenir de la localidad en aquellos años: por un lado, el inicio de la “emigración” de parte de la población a zonas llanas, creando el germen de lo que hoy es la ciudad nueva; por otro, las desamortizaciones de Mendizábal y Madoz, en 1836 y 1856 respectivamente, que recortaron de forma destacada la importancia del clero. Tras la Guerra Civil, y en especial en la segunda mitad del siglo XX, Cuenca comenzó una nueva expansión al calor de la industria turística, principal actividad económica en la actualidad, alcanzando hoy una población de más de 50.000 habitantes, una cifra muy lejana de aquellas menos de mil almas que contabilizara El-Idrisí en sus textos del siglo XII.