Editorial
Última actualización 22/02/2011@12:55:28 GMT+1
Por su trascendencia y consecuencias, los dos grandes periodos de la historia americana que examinamos en este número son vitales para entender el presente a partir de un pasado –a veces, no tan pasado– que resulta tiene mucho, casi todo, que ver con la Historia de España, un país que pese a formar parte del continente euroasiático mantiene lazos mucho más firmes con América que con el resto de Europa. Esto se debe a que gran parte de la expansión colonial española se centró en lo que había al otro lado del Atlántico. A fin de cuentas, la misión española que descubrió América convirtió al continente en algo nuestro, para lo bueno y para lo malo. De ahí que los episodios vinculados al descubrimiento asomen entre luces y sombras. Sin embargo, sería injusto no valorar dos cosas: que en numerosas instancias españolas existía más interés por buscar un encuentro antes que un desencuentro entre nosotros y los indígenas, y que los colonizadores ingleses o franceses fueron en sus feudos conquistados en África o Asia igual o más oscuros en sus acciones. Sobre esas luces –o los intentos por avivarlas– hablamos en profundidad en este número de Historia de Iberia Vieja, centrando nuestra atención en una figura como la del religioso Bartolomé de las Casas, que se significó por su proximidad a los nativos y la defensa que efectuó de sus derechos como seres humanos. Tampoco fue el único, y ni siquiera el único dentro del orbe religioso. Sin ir más lejos, los jesuitas llegaron a ser acusados por el poder religioso y la monarquía de “cómplices” de los nativos cuando en no pocas ocasiones estuvieron más cerca de los indígenas que de los españoles. Esos intentos por la convivencia antes que por aplastar al gobernado fueron los que sirvieron para que el imperio español pudiera –tras la ejecución de la conquista por medio de las armas– establecer una ascendencia sobre los pueblos latinoamericanos que se resquebrajó tras tres siglos. Todo ocurrió al tiempo que España también luchaba por su independencia en la guerra contra los franceses entre 1808 y 1812. Si nosotros ansiábamos esa libertad, ¿cómo se la podíamos negar a otros? Así, a partir de 1811, los países americanos fueron conquistando libertad e independencia. El proceso, que se extendió de un país a otro, duró unas dos décadas. Se cumplen ahora doscientos años de aquel triunfo, que tuvo un cierto aire a un intento por recuperar lo que se había perdido tras Colón, con la circunstancia, eso sí, de que en esos procedimientos de independencia participaron también muchos criollos descendientes de españoles que se sentían más próximos a los sentimientos de las nuevas banderas que a la española. Desde entonces, Latinoamérica ha buscado –y encontrado cada vez más– un lugar en la historia. El intento por reconstruir los episodios entre entonces y hoy está siendo objeto de un ambicioso y monumental proyecto de la Fundación MAPFRE, que está llevando a cabo la obra con un despliegue y un espíritu cultural emocionante, reuniendo toda la información, en texto y en imágenes, que conviertan en inmortales estos dos siglos. Dedicamos un amplio espacio al monumental trabajo que está efectuando MAPFRE, que lleva a la práctica lo que aquí tantas veces hemos reclamado: completar la Historia con aquellas piezas que, aunque siempre han estado ahí, tienen en la memoria colectiva una presencia secundaria.
Bruno Cardeñosa Director