Hemeroteca :: 01/04/2011
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Editorial
Última actualización 18/03/2011@11:14:09 GMT+1
La exploración del pasado a través de las civilizaciones más importantes que hayan existido es una búsqueda repleta de paradas en las que expresar nuestra fascinación. Tendemos a pensar que las culturas que dominaron el mundo hace mil, dos mil o cinco mil años estaban formadas por hombres menos avanzados que nosotros. Les llamamos “nuestros ancestros”, como queriendo hacer ver que eran menos inteligentes, menos aptos, menos sabios. Cuando así lo creemos pecamos de un provincianismo temporal que raya en lo escandaloso. No hace falta explicarlo, pero de vez en cuando conviene recordarlo: cuando apareció el homo sapiens hace 150.000 años, la evolución humana tocó a su fin y alcanzó la meta. Desde entonces hasta ahora hemos sido los mismos, exactamente iguales. Si vistiéramos a cualquier hombre de aquellos con un traje, nada lo distinguiría de cualquier otro humano. Y si a ese hombre le dotamos del bagaje cultural y científico acumulado se desenvolvería en nuestro mundo exactamente igual que nosotros. El hombre que pintó las cuevas de Altamira tenía la misma inteligencia que el que hoy dirige los experimentos en el acelerador de partículas. Digo todo esto porque tendemos a maravillarnos ante las civilizaciones del pasado, por ejemplo ante las fabulosas construcciones de los egipcios. O ante los fascinantes cálculos astronómicos que efectuaban los mayas. Y lo hacemos pensando que aquellos tipos no podían ser capaces de semejantes gestas. No es así. Eran capaces de eso y mucho más. Nos maravillamos ante sus logros, pero lo hacemos porque tendemos a enfrentarnos al dilema que nos plantean desde nuestro relativismo histórico, que incluso nos hace pensar que “no eran capaces” de todo aquello. Y aun así, cuando hablamos de esas dos civilizaciones, las consideramos como unos objetos fuera de su tiempo que se anticiparon a todo. Sin embargo, si hay una civilización que lo anticipó todo, de la que somos hijos, que construyó los cimientos de todo lo que vino después, esa civilización es la romana. Roma es la madre del Occidente actual. Todo lo que es nuestra vida en sociedad empezó a crearse entonces. Tanto la organización social como la política echó raíces en los tiempos del acueducto de Segovia, y aunque el árbol creció y se ramificó, esas estructuras comenzaron a tomar cuerpo cuando se representaban comedias en el Teatro de Mérida. Lo mismo puede decirse del corpus cultural que gestaron y del armazón legal que establecieron. Así, el Derecho romano sigue siendo la cuna de nuestra legislación, que desde entonces sólo tuvo que adaptarse a partir de sus premisas iniciales a los aconteceres sociales de los tiempos. Y esa es una de las cosas que nos hemos propuesto hacer en este número, al hilo del éxito televisivo de la serie Hispania, que nos presenta los avatares que se vivieron en la Península cuando los romanos hicieron de nuestro territorio una de sus provincias más lúcidas y prósperas, y en la que la vida romana se expresó a la perfección, una herencia que seguimos palpando hoy en muchas más cosas de las que imaginamos.

Bruno Cardeñosa Director
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