Última actualización 25/05/2011@07:36:44 GMT+1
Siurana es uno de los enclaves geográficos e históricos más sorprendentes e impresionantes de la geografía catalana, enclavado sobre una afilada cresta rocosa, entre la Serra del Montsant y las Montañas de Prades, en el extremo nororiental de la comarca del Priorat. A mediados del siglo XII, la alcazaba de Siurana, envuelta en la bruma de la leyenda, fue escenario de una singular batalla, sobre la cual, y también de las consecuencias posteriores a la misma, dedicaremos el presente trabajo. Por: Jesús Ávila Granados
En 1148, Ramón Berenguer IV, con el apoyo del Temple, la influyente familia de los Montcada y el poderío naval de la ciudad de Génova, conquistaba la ciudad de Tortosa; los ejércitos cristianos contaban con una bula del pontífice Eugenio II, que daba a dicha empresa la categoría de cruzada. Un año después, lo mismo sucedía con la ciudad de Lleida, sobre el curso inferior del Segre. Ya sólo quedaba una plaza fuerte en poder andalusí en las tierras catalanas bañadas por el Ebro: Miravet; pero para afrontar su conquista, era necesario tomar Siurana, cuyo walí, Almira Almemoniz, mantenía un sólido control sobre innumerables poblaciones de las actuales comarcas del Segrià, les Garrigues, la Ribera d’Ebre, el Priorat y el Baix Camp. El conde de Barcelona, consciente de ello, no dudó en afrontar este difícil reto.
Los hispano-musulmanes estaban instalados en Siurana desde el año 714. Durante todo ese largo período de tiempo, como jardineros del paisaje, habían logrado la transformación integral de las tierras abruptas en feraces huertas, gracias a la irrigación de las parcelas de cultivo, por medio de canales hechos con el vaciado de troncos de árboles y tejas entrelazadas entre sí; todo ello, con el soporte de un sistema de aljibes y balsas alimentados desde fuentes, manantiales y pozos. Además, los viñedos gozaban de buena salud, porque la lejanía del lugar fue todo un obstáculo para la feroz plaga del mildiu, que, en los siglos altomedievales, había diezmado plantaciones enteras de vid de las tierras bajas.
Fue en la primavera de 1153, cuando Ramón Berenguer IV concedió a Bertran de Castellet, señor de Reus, la responsabilidad de conquistar la plaza de Siurana; y éste, consciente de la dificultad de la empresa, no dudó en buscar el respaldo de otros nobles, entre los cuales Berenguer de Molnells, así como el apoyo de numerosas e influyentes familias cristianas de la zona (Forater, Lladó, Noguer, Ballester, Verger, etc.), y la siempre valiosa presencia del Temple. Tras asegurarse el control de las principales plazas (Albarca, la Mussara, l’Aleixar…) y las vías de comunicación que llevaban a Siurana, se inició el asedio; era el 29 de abril de aquel año.
Los cristianos pusieron en marcha la estrategia de “tierra diezmada” en lugares como Els Gorgs, el Set, el Congost, l’Auró, la Ginesta, el Racó del Ferro, etc.; destrozando todo el sistema de abastecimiento de agua potable, robo de animales de crianza, la quema de cultivos, violaciones de las mujeres…; los habitantes de las alquerías, los que no fueron degollados, condenados a mazmorras; los pocos sobrevivientes huyeron despavoridos hacia la parte alta de la colina, recibiendo cobijo en el interior de la ciudadela. Una vez cumplida esta primera fase, los ojos de los atacantes se dirigieron hacia arriba, es decir, a los muros de la alcazaba de Siurana, cuyos defensores permanecían imperturbables, a pesar de tener constancia de todo cuando había ido sucediendo en los valles cercanos.
Las murallas, formadas por grandes bloques de piedra, arrancan sobre la verticalidad de la roca de la montaña, logrando el efecto cromático de confundirse con ésta. Sólo podía ser atacada la plaza por el sector de poniente, después de superar los abismales escarpados d’Arbolí, porque por el lado oriental se abre en picado el torrente de l’Estopinyà, cuyos verticales peñascales arrancan desde el mismo lecho del río Siurana, y, por lo tanto, imposible de plantear cualquier tipo de ataque. Además, no existía la catapulta capaz de poder alcanzar los muros de la alcazaba que se erigía desafiante sobre la parte más elevada de la montaña; para ello, los atacantes debían superar los barrancos y gargantas intermedias; además, desde las puntiagudas almenas superiores, un diluvio de flechas mantenía a raya a los cristianos. A pesar de la “seguridad” de los andalusíes, la situación se fue haciendo asfixiante para los defensores, a medida que pasaban los días; eran conscientes de la precariedad del baluarte.
LA TRAICIÓN
Dentro de la alcazaba de Siurana, además de la población andalusí, había arropada una pequeña judería. Se dice que uno de sus miembros más influyentes y acaudalados, al ver la delicada situación, no dudó en pensar en salvar sus bienes, estableciendo con los cristianos un pacto secreto, en el cual se establecía la información necesaria a los atacantes, para que lograsen superar los barrancos y ponerse delante mismo de los taludes de roca sobre los que se alzaban las murallas, siguiendo senderos ocultos dentro del bosque y rampas colgantes entre pasos de montaña, con algunas cuevas para encontrar cobijo en caso de ser sorprendidos. A cambio, el judío recibía de palabra la garantía de que su familia debía ser respetada, y, de manera especial para él, sus riquezas y bienes. Y así fue. Gracias a aquel pacto, en sólo un par de jornadas, los soldados de Bertran de Castellets, tras escalar enormes bloques de piedra y superando paredes cortadas a pico, evitando ser sorprendidos por los defensores, alcanzaron una plataforma, a menos de cien metros de distancia de las murallas de Siurana, donde pudieron instalar las pesadas catapultas, ante los extasiados ojos de los defensores.