La Batalla
Última actualización 20/06/2011@09:09:40 GMT+1
Dos siglos llevaban ya los musulmanes de dominación absoluta en la Península cuando un nuevo rey se proclamaba como tal en la catedral de León. Era el 6 de noviembre del año 931 d.C. y en la ciudad se reunieron los mejores nobles cristianos para arropar al que desde entonces se llamaría Ramiro II. Los fastos estuvieron a la altura de la ocasión y demostraban la esperanza de todo un reino por recuperar el poder perdido. Por: Janire Rámila
De don Pelayo y su gesta en Covadonga ya sólo quedaba el recuerdo y pocos eran los que creían ser capazas de derrotar a unas tropas musulmanas que aumentaban en número año tras año. Ramiro II simbolizaba la esperanza de cambio y en su coronación juró no decepcionarles. Educado en los grandes e inalterables valores de aquellos monarcas del pasado, su primera decisión fue organizar un ejército para ayudar a la localidad de Toledo, cuyos habitantes, sitiados por los hombres del emir Abderramán III, le habían solicitado auxilio a través de emisarios. Y no se lo pensó dos veces.
Pero algo sucedió ajeno a su voluntad. Y es que estando en Zamora con sus huestes y dispuesto a dirigirse al sur, el obispo Oveco le informó de que su hermano Alfonso IV avanzaba en su busca para arrebatarle el trono. La disputa dinástica entre ambos no era algo nuevo, pero la coronación de Ramiro II se había hecho con el consentimiento de su hermano y ahora éste se retractaba de su decisión, comandando un pequeño ejército formado por sus partidarios. El encuentro se produjo en León y más que una batalla se trató de una refriega, en la que Alfonso IV resultó vencido y encarcelado sin demasiado contratiempo.
Más trabajo costó sin embargo vencer a quienes le apoyaban, necesitando Ramiro II de sus aliados, el conde de Castilla, Fernán González, y el rey de Navarra, Sancho I Garcés, para tal empresa. Pero lo logró, tras una feroz persecución que le llevó hasta Oviedo. Como castigo, el rey decretó que a los cabecillas de la sublevación se les sacara los ojos y se les recluyera de por vida en el monasterio Ruiforco de Torío, eliminando así el peligro de futuras conspiraciones.
¿Realmente algo cambiaba en los reinos cristianos tras dos siglos de tímida resistencia? ¿Verdaderamente estaba Ramiro II dispuesto a guerrear contra los musulmanes arriesgando su propia vida? Así parecen confirmarlo las crónicas llegadas hasta nosotros, especialmente la Najerense y la firmada por el clérigo Sampiro.
Según estas, corría el verano del año 933 d.C. cuando, reunidas nuevamente sus tropas, Ramiro II se dirigió ya sin contratiempos a Toledo para auxiliar a los sitiados. Sin embargo, la pelea con su hermano había debilitado a su ejército y, lo más importante, le había arrebatado un tiempo precioso que el general musulmán Al-Nasir aprovechó para fortificar sus posiciones alrededor de la ciudad sitiada y traer más efectivos desde el sur. Todo ello propició que los cristianos no lograran su objetivo y que, para el 2 de agosto de ese mismo año, Abderramán III entrara victorioso en la antigua capital visigoda ante la tristeza e impotencia de quienes intentaron infringirle la primera derrota de su gobierno.
Lo esperanzador residía en que, en su intento, las tropas cristianas habían logrado arrebatar momentáneamente a los infieles la ciudadela de Margerit (Madrid), demostrando que, si se lo proponían, sus lanzas y espadas se encontraban a la misma altura que la de sus adversarios. Con este pensamiento se retiró Ramiro II, jurándose a sí mismo proseguir la lucha y no manchar la memoria de su padre, Ordoño II, y la de su abuelo, Alfonso III, incansables guerreros y guías en su camino.
Diferente sentimiento experimentaba Abderramán III, embriagado por su gran victoria, la enésima contra las tropas cristianas. Como primer califa omeya de Córdoba necesitaba continuamente demostrar su superioridad. Su reino pasaba por ser uno de los más fuertes y vigorosos de Occidente y quienes lo visitaban quedaban maravillados por su esplendor y riqueza. Desde su ascenso al poder el 16 de octubre de 912 d.C. con tan sólo 21 años de edad, Abderramán III había logrado erradicar las disensiones internas y ampliar su área de influencia mucho más allá de aquellas tierras cordobesas heredadas de su abuelo. Bajo su yugo cayó el traidor Omar Ibn Hafsún, los señores del Levante y hasta el de Extremadura. Ahora hacía lo propio Toledo y dentro de poco… León y Navarra. Y hacia ambos territorios dirigió sus ojos.
Apenas un año después de su victoria en Toledo, Abderramán III partió a la cabeza de su ejército dispuesto a asestar un golpe casi definitivo a los díscolos reinados del norte. Las fuerzas musulmanas eran inmensas e incluían a los mejores guerreros y generales de su tiempo.
La expedición sorprendió al conde castellano Fernán González, quien no tuvo más remedio que resistir en su castillo de San Esteban de Gormaz a la llegada de refuerzos. Con los días la situación se tornó desesperada y una noche varios emisarios partieron amparados en la oscuridad hacia León, con el cometido de solicitar a Ramiro II su ayuda. No es que los reinos cristianos tuvieran excelentes tratos entre sí y, de hecho, era más lo que les separaba que lo que les unía, pero todos sabían que perdida Castilla, cualquier intento de reconquista futura sería baldío.