Hemeroteca :: 01/08/2011
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Editorial
Última actualización 19/07/2011@09:21:52 GMT+1
Estábamos acabando de confeccionar el presente número, cuya portada dedicamos a los caballeros templarios, al hilo de la película que los presenta como también fueron –feroces guerreros–, cuando nos sacudió la noticia del robo del que, según algunos historiadores, es el documento más importante de la historia de España. Quizá lo exageradamente sencillo del robo también alimentó algunas exageraciones sobre el documento, que en ocasiones parecía presentarse a la opinión pública como un fetiche sin el cual España no podría seguir adelante.

Evidentemente, la pieza tiene una relevancia extraordinaria, pero tener o no el documento original no va a servir para que tengamos una mayor o menor medida de nuestro pasado. Podremos sobrevivir sin él, aunque ni mucho menos es lo deseable. Para lo que sí ha servido el robo es para darnos cuenta de cómo el Patrimonio Histórico no está tan protegido ni resguardado como debiera. Y a veces no es sólo cuestión de presupuestos, sino de voluntad y de ausencia de un criterio para proteger piezas que, en muchas ocasiones, no están aseguradas de forma unitaria y se encuentran expuestas a daños ambientales o, en no pocos casos, a robos como el ocurrido en la Catedral de Santiago. También ha servido para darnos cuenta de cómo, a veces, se considera que la historia está en el objeto y no en lo que representó en su momento. Porque queramos o no, el Códice Calixtino tuvo un enorme papel en labores de promoción del camino de Santiago y, por ende, del cristianismo. Pero eso no quiere decir que todo lo que se contara ahí fuera verdad. La historia no está en los objetos, sino en la relevancia que tuvieron en un momento determinado. De lo contrario, seguiremos escribiendo la historia uniendo retazos en los que la fría distancia que permite el tiempo no acaba de imponerse.

Algo similar puede decirse de los templarios. Con el paso de los siglos, y cada vez más, los caballeros de la mítica orden han visto cómo se hinchaba el mito sobre quiénes fueron y qué papel cumplieron. Entre leyendas y relatos que los presentan como guardianes de secretos inconfesables, nos hemos ido olvidando de una verdad absoluta: el Temple nació como una organización de caballeros cuya misión era proteger los Santos Lugares. Y, en la extensión de ese objetivo primordial, es lógico que su defensa se extendiera al cristianismo en términos globales. Esto quiere decir que eran lo que eran, es decir, una orden militar, con todas las luces y sombras de las órdenes militares del medioevo. Cierto es que lograron aunar un poder territorial y económico que los convirtió en un auténtico poder independiente de la Iglesia a la que representaban. Y esa Iglesia fue la primera interesada en divulgar mitos sobre los templarios para facilitar su aniquilación e impedir su crecimiento. Hoy, en muchos sectores, no se examina la historia de los templarios desde esta perspectiva y siguen alimentándose algunas historias legendarias que poco o nada tienen que ver con la realidad.

En nuestra revista siempre que hemos hablado de los templarios hemos pretendido ofrecer los datos que están contrastados. Quizá no son tan espectaculares como lo que otros ofrecen, pero ciertamente tienen mucho más fundamento histórico. Así, en esta ocasión, nuestro objetivo era exponer algunas historias sobre el carácter guerrero de los templarios y conocer un poco más cómo eran, vivían y trabajaban para alcanzar sus metas. Esperamos haberlo conseguido y que todos nuestros lectores disfruten de la lectura –bien tengan o no vacaciones– de los trabajos que exponemos en el presente número.

Bruno Cardeñosa Director
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