Editorial
Última actualización 18/08/2011@13:06:36 GMT+1
Dicen por ahí que el número de amigos es proporcional al número de enemigos. En el caso de Felipe II está claro que así fue, y por muy diferentes motivos, aunque seguramente el más importante de ellos es que se trató del hombre más poderoso de su tiempo... y uno de los más de todos los tiempos. Lógicamente, nadie que aglutine tantas posesiones, pues las tenía en todos los continentes, como nunca antes un Imperio había tenido, puede estar tranquilo de lo que ocurre a sus espaldas. Y él era bien consciente de la situación y de quienes ansiaban para sí parte de su dominio, por lo cual decidió que una de las mejores formas de defenderse era evitar que se conociera mucho sobre él, lo que despertó una leyenda en torno a su figura que, en parte, sigue estando en vigor. Mandó destruir muchos de sus documentos personales y su correspondencia, y prohibió que nadie osara en escribir biografía alguna sobre él en vida. Aún con todo, no pudo evitar que en su entorno más cercano muchos decidieran intentar acabar con él y su poderío, lo que convirtió a su corte en un nido de conspiraciones, algunas de las cuales exponemos en este número en un extenso artículo.
La Historia la componen las eras, los Imperios de cada una de esas eras y tiempos, pero sobre todo, la construyen nombres propios que determinan los latidos sobre los que después, siglos o milenios después, escribimos y teorizamos pese a que tengamos muchas piezas que no siempre sepamos recomponer. En el caso de Felipe II, su personalidad fue decisiva. Y aunque fue denominado el Rey Prudente, sus convicciones personales –basadas en un profundo convencimiento religioso, que le llevaron a convertir sus conquistas en auténticas cruzadas– determinaron casi todos sus actos. Algo similar ocurre con otro de los protagonistas de este número: Gaudí. Posiblemente es tan inmortal como Felipe II, aunque no tanto por sus hechos sino por sus obras, que mostramos en todo su esplendor en un dossier que estoy seguro que impactará a todos los que se acerquen a este número por su enorme poderío gráfico. Fue un genio y de su genialidad absoluta e integral no cabe duda alguna. También sus convicciones personales fueron decisivas a la hora de dar forma física a su genialidad. Tenía un profundo sentimiento religioso pero, a la vez, una sensación inagotable de intentar imitar las formas de la naturaleza en sus obras. Si vemos con detenimiento alguno de los trabajos de Gaudí descubrimos que la arquitectura llegó a su máxima expresividad creativa. A veces, es difícil asegurar que se ha avanzado desde que él proyecto su genialidad. Si incluso miramos las obras de los más vanguardistas arquitectos, descubrimos que fue Gaudí el primero en trazar formas que un siglo después vemos como futuristas. Incluso cuando pensamos en los grandes rascacielos de las ciudades más modernas deberíamos recordar su proyecto –no concluido, pero trazado, abortado por cuestiones de salud y sobre todo por no separarse de su gran obra, la Sagrada Familia– para edificar un hotel de más de trescientos metros en Manhattan, cuando todavía no se había erigido ninguno de los edificios que hoy coronan el cielo de la capital del mundo.
Bruno Cardeñosa Director