Hemeroteca :: 01/12/2011
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Editorial
Última actualización 16/11/2011@09:19:13 GMT+1
La lectura del pasado siempre debe quedar abierta. Sería extraordinariamente arriesgado pensar que lo sabemos todo sobre determinadas épocas o situaciones. A veces pecamos de soberbia cuando con un hueso de dinosaurio pretendemos sentar cátedra sobre cómo era aquel ser en su totalidad. Este mes ha ocurrido. Los investigadores –prehistoriadores más bien– habían alcanzado un consenso general sobre cómo había sido la convivencia entre los Homo sapiens y los neanderthales. Sin embargo, recientes hallazgos sobre esa convivencia, que fue especialmente extensa en el tiempo en la Península, han puesto en tela de juicio todas las “verdades” que existían sobre tan fascinante periodo. Ahora, estos trabajos han supuesto una cura de humildad, y ya no se puede decir con total seguridad que los neanderthales eran tan inteligentes, avanzados y “modernos” como los sapiens. Incluso se sospecha que hubo una mayor competencia por la supervivencia de la que hasta ahora se admitía.

Pueden pasar decenas de miles de años, pero la verdad es que cuando cambia una sola pieza puede desmontarse un puzle entero. Sin embargo, en ocasiones, el paso del tiempo permite un análisis más frío y meditado –y con más libertad– sobre lo ocurrido. En apenas un mes comienza un año que para algunos es casi atávico, pero que en cuanto a nuestra pasión estará presidido en lo informativo por cumplirse doscientos años de la aprobación de la Constitución de Cádiz en 1812. Esta carta magna, conocida como La Pepa, fue un texto liberal, progresista y casi revolucionario... para la época. Hoy, si leemos el documento, no deberíamos tener dudas sobre lo anticuado de algunos planteamientos pero, pese a todo, percibimos en su contenido elementos que estarían para siempre en todas las constituciones mundiales. Ese paso del tiempo al que hacía referencia antes permite que nadie se deba asustar –aunque aún haya que decirlo en voz baja– de asegurar que los principios e ideas que aparecían reflejados en su contenido no dejaban de ser “propios” de los invasores. Es cierto que fue escrito por quienes se resistían a las tropas de Napoleón, pero también es cierto que ninguno de los “abuelos” constitucionales de 1812 admitía la forma en la que Napoleón quiso dominar España, con el uso de la fuerza bruta como única herramienta. Qué importa si las ideas de la Francia que había vivido su revolución eran más o menos avanzadas si lo que se pretendía era imponer un régimen a golpe de mortero. E incluso, seamos sinceros, a Napoleón le importaba bien poco que su conquista fuera acompañada por una serie de ideales sociales. A él le importaba el dominio de España, el control del país y sus colonias...

Nada en la Historia de la humanidad –y no es una exageración– hubiera sido igual si Napoleón hubiera triunfado y dominado nuestro país. Es más: en parte, gracias a la irracionalidad de la guerra, los autores de la Constitución española de 1812 se arriesgaron e incluso lograron un texto constitucional más avanzado que el que por entonces estaba vigente en Francia. Fue una forma de demostrar que hacer la guerra no es el camino adecuado, y más en los tiempos modernos, que podemos establecer empezaron en aquellas fechas. Como dice el autor de la investigación que hemos traído a nuestro tema de portada, Fernando Martínez Laínez, cuando se analizan las guerras que se han vivido en la Historia, descubrimos que, si bien fueron fundamentales en muchos casos para la “gloria” de algunos países, lo cierto es que al efectuar ese análisis en profundidad se deduce que son muy pocas las batallas que tuvieron un efecto real en la construcción del futuro. Y es que los cimientos del futuro se escriben en las constituciones... Son –o deberían ser– la mejor arma contra las bombas.

Bruno Cardeñosa
Director
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