La Batalla
Última actualización 16/11/2011@09:25:51 GMT+1
Durante 19 años –entre 1640 y 1659– Cataluña vivió uno de los períodos más agitados de su historia, con una revolución social que sacudió los cimientos de toda la nación, en tiempos del monarca Felipe IV y su valido, el conde-duque de Olivares, y la presencia de los ejércitos franceses de Luis XIII. Todo comenzó en las matanzas del Corpus de Sangre, para finalizar con la humillante Paz de los Pirineos, firmada en la isla de los Faisanes (Guipúzcoa), en la que perdimos gran parte de Flandes, nuestra hegemonía en Italia y los territorios catalanes al norte del Pirineo; tras la cual, ya en tiempos de Luis XIV y del cardenal Julio Mazarino, París sustituyó a Madrid en la protección de Parma, Módena, Mantua y Saboya. Por: Jesús Ávila Granados
Pero antes de iniciar la descripción de esta trepidante historia, queremos retroceder unos años en el tiempo, para transmitir al lector algunas dramáticas y sobrecogedoras escenas relacionadas con el bandolerismo, y que mucho tenía que ver con la situación que se vivía en aquellos tiempos en Cataluña.
A comienzos del siglo XVII, en tiempos de Felipe III, primero, y de Felipe IV, después, existían en Cataluña dos bandas rivales: nyerros y cadells. En medio de aquel caos, que afectó especialmente a las comarcas del interior, surge la figura de un hombre, Joan Sala i Serrallonga, caracterizado por su defensa de las libertades y la justicia social, que luchó en forma de guerrillas a favor de los nyerros, en la zona de las Guillerías, un territorio quebrado y de densa vegetación, entre las provincias de Barcelona y Girona. Serrallonga fue capturado en el interior del Collsacabra por los efectivos del duque de Cardona, virrey por segunda vez, de Cataluña (1633-1638), y encarcelado en las terroríficas mazmorras del castillo de Savassona; y tras varios meses de aplicarle dolorosos tormentos, el más legendario bandolero catalán fue conducido a Barcelona, donde fue ajusticiado públicamente el día 10 de enero de 1634. Su masía, situada sobre la colina de Quirós, que puede verse desde los acantilados de Tavertet, no tardaría en ser arrasada, siendo reconstruida años después, dentro de la más pura casa rural de la comarca de Osona.
Al poco tiempo de la ejecución del bandolero Joan Sala i Serrallonga, la situación en Cataluña iba a complicarse. Sólo un año después, en 1635, España entró en guerra total con Francia, en varios frentes y Cataluña, como territorio estratégico y fronterizo, no tardó en convertirse en el epicentro de tales hostilidades, y fue cuando la corona advirtió que los catalanes, más que cooperar con las fuerzas hispanas contra el vecino país, estaban más interesados en invocar sus libertades. Entonces, don Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera y Velasco de Tovar, conde-duque de Olivares, el valido del monarca Felipe IV, el hombre más influyente de la España de su época, envió con tono desesperado el siguiente comunicado al duque de Cardona, virrey de Cataluña:
“El diablo coja a las constituciones y a quienquiera que las observe… Porque ningún hombre puede seguirlas si no ha sido abandonado por Dios y si no es un enemigo de su divina majestad, de su rey y de su patria”. Palabras que confirmaban la consideración que, para el más influyente personaje de la historia de España en tiempos de Felipe IV, tenía la supervivencia de la monarquía; por ello, según Olivares, era necesaria la movilización de todos los recursos de la nación, tanto humanos como tributarios disponibles. Sin embargo, sus medidas novedosas y reformistas, desde sus planes de repoblación hasta la reforma fiscal, reaparecieron de un modo u otro durante el gran movimiento reformista borbónico del siglo XVIII, protagonizado, en gran parte, por el monarca Carlos III.
El Gobierno, a instancias del conde-duque, decide estacionar un ejército de 9.000 hombres en Cataluña, como medida cautelar, en caso de tener que intervenir contra una posible invasión francesa; y también para reprimir la oposición catalana. Aquella medida supuso el catalizador de una revuelta, a modo de resistencia, protagonizada principalmente por la pagesía (campesinado). Los desafueros de los soldados fueron denunciados por el obispo de Girona, con carta denunciadora fechada el 30 de agosto de 1638. El virrey, al tener constancia de tales desórdenes –entre los cuales, los robos e incendios perpetrados en Llofriu, cerca de Palafrugell–, no tardó en castigar a los culpables.
Paralelamente, los intelectuales hispanos se quejan del estado decadente de España; ofensiva poética que tiene un referente: el memorial que encontró Felipe IV bajo su servilleta en la mesa, atribuido a Quevedo, y, consecuencia de ello, la noche del 7 de diciembre de 1639, con un frío siberiano, exactamente tres semanas después de la humillante derrota sufrida por nuestra escuadra en Las Dunas, frente a las costas de Kent (Inglaterra), por los navíos holandeses, dos alcaldes de corte se presentaron en el domicilio del duque de Medinaceli, quien en aquellos días tenía alojado a su buen amigo Quevedo, y, en escasos minutos, y sin darle tiempo para que se comunicara con nadie, el poeta es apresado por orden real y llevado a la ciudad de León, donde encarcelado en las lóbregas estancias del antiguo convento santiaguista de San Marcos (hoy Parador de Turismo). Para muchos cronistas, la causa de aquel atropello, cometido en una de las personas más brillantes de nuestra literatura de todos los tiempos, fue una supuesta relación del escritor con Francia, bajo la acusación de confidente con los espías del temible cardenal-duque de Richelieu, cuestión que nunca pudo probarse. Sin embargo, la mayoría de historiadores interesados en este período de nuestra historia moderna coinciden en afirmar que la verdadera causa del encarcelamiento de Quevedo fue el Padrenuestro Glosado que escribiera en una cuartilla y dejara sutilmente bajo la servilleta de Felipe IV, quien, al percatarse de la pequeña misiva, no tuvo compasión con el afamado literato. En aquel sombrío aislamiento monacal de San Marcos, de León, permaneció encerrado el más mordaz de nuestros escritores hasta el 7 de junio de 1643, consecuencia de la caída en desgracia del conde-duque de Olivares, y de la reiterada intercesión de don Juan Chumacero y Sotomayor, presidente de Castilla. Quevedo fallecería dos años después (8 de septiembre de 1645).