La Batalla
Última actualización 19/01/2012@13:57:37 GMT+1
Todo país posee su historia. Y aunque la de Portugal parezca tan antigua como la de España, fue en Aljubarrota donde ganó su derecho a desarrollarse como nación independiente a la Corona castellana. Aquella batalla, una de las más decisivas de nuestro pasado, conllevaría importantes consecuencias que aún hoy seguimos viviendo.
Por: Janire Rámila
De siempre las relaciones entre el reino de Portugal y la Corona de Castilla habían sido difíciles. Años, siglos de recelos mutuos provocaron períodos de convivencia más o menos tensos, dependiendo de los monarcas de turno y de la coyuntura política en la que viviesen. Para Castilla, Portugal no era sino un territorio rebelde sobre el que se creía con derecho a influir, y para los portugueses, Castilla era una amenaza continua de la que no sabían muy bien cómo desembarazarse. En el año 1383 esta tensión alcanzó su punto álgido.
El detonante fue la muerte del rey portugués Fernando I, el último descendiente varón de la casa de Borgoña. No dejar descendencia masculina era sinónimo en aquel tiempo de guerra y en este caso la norma se cumpliría a rajatabla.
Una de las hijas de Fernando I se llamaba Beatriz y era a su vez la esposa del monarca castellano Juan I, quien se vio así legitimado a esgrimir su derecho a alzarse con la corona portuguesa. Quizá ese derecho fuese legítimo, pero desde luego había otros que le precedían en la línea sucesoria. En primer lugar la viuda de Fernando I, Leonor, quien continuaba gobernando mientras no se disipase la cuestión sucesoria. Y después, el infante don Joao, maestre de la orden de Avís e hijo bastardo del anterior monarca portugués, Pedro I el Justiciero.
Tres pretendientes muy diferentes entre sí y cada uno con sus apoyos y enemigos propios.
El primero en actuar fue Juan I de Castilla. Nada más conocer la muerte del rey luso hizo traer su cuerpo a Toledo para ser velado, mientras casi secretamente se reunía con el Consejo Real proponiendo a sus miembros tomar la Corona lusa en nombre de su esposa. Los consejeros escucharon atentamente la propuesta, pero les preocupaba la regente Leonor. Temían que una vez Juan I mostrase públicamente su deseo de incorporar el reino vecino a Castilla, los portugueses cerrasen filas en torno a la regente, iniciándose una guerra de consecuencias imprevisibles.
A esto les tranquilizó el monarca, asegurándoles que la regencia de Leonor no estaba muy bien vista por su pueblo y que incluso una intervención extranjera podría ser interpretada como un acto de liberación.
Así que obteniendo el visto bueno del Consejo, Juan I se trasladó a La Puebla de Montalbán, donde sus tropas tenían orden de reunirse para iniciar la entrada en Portugal.
Pero muy pronto comenzaron los planes a torcerse. El embajador enviado a la corte de Leonor para convencerla de que nombrase a Beatriz como reina era arrestado y encarcelado en Lisboa, al igual que el infante don Joao, el otro aspirante. Leonor había decidido aferrarse al poder.
En esta tesitura, Juan I desoyó las advertencias de sus consejeros y al mando de sus tropas penetró en tierras portuguesas para deponer a Leonor por la fuerza. Ésta, viéndose superada por las fuerzas invasoras, proclamó como reyes de Portugal a Juan I y a su esposa Beatriz, lo que no fue muy del agrado de los portugueses, que iniciaron una resistencia al avance castellano. En Santarem y en Elvas las tropas castellanas tuvieron que hacer frente a una férrea oposición y en Lisboa, en la misma cámara de la reina, era asesinado el diplomático Juan Fernández de Andeiro. En los siguientes días la situación empeoró y de la resistencia se pasó a la sublevación. En Lisboa la población comenzó a perseguir a cuanto castellano descubría por la calle, sin importar su clase o condición, como demuestra que el obispo de la ciudad, llamado Martín, muriese al ser arrojado desnudo desde una torre.
Para apaciguar los ánimos, el infante Joao propuso a Leonor cambiar sus consejeros castellanos por otros de origen portugués, pero la negación fue tan rotunda, que éste decidió marcharse secretamente a Inglaterra por temor a represalias. También Leonor decidió mudarse, pero a la fortaleza de Santarem, más cerca de la frontera castellana y donde Juan I pudiese protegerla con garantía. ¿Fue aquella una decisión acertada? Para Leonor pudiera ser que sí, pero no para Juan I. Y es que ya libre del control real, el Consejo de Lisboa entendió la huida de Leonor como una traición, motivo por el que nombró al maestre de Avís nuevo “protector del reino”, lo que en la esos instantes suponía reconocerlo como líder de la resistencia contra los castellanos.
Enterado de los acontecimientos, Juan I realizó los preparativos necesarios para instaurar su reinado en Portugal. En Castilla nombró una regencia con el encargo principal de armar un ejército para sofocar los conatos de revolución y acto seguido se dispuso viajar a Santarem para tomar posesión del trono.
Durante el trayecto pudo constatar que su figura no era bien vista por los portugueses. En ciudades como Coimbra o Tomar se cerraron las puertas a su paso, a lo que él no le dio excesiva importancia. ¡Cómo darla cuando estaba a punto de recibir un reino! Ya en Santarem Leonor le recibió con todos los honores y, fiel a su palabra, le entregó los tesoros de la Corona. Juan I era el nuevo rey de Portugal.
Durante los primeros meses de 1384 el monarca organizó una nueva cancillería, una corte administrada por castellanos y un ejército gobernado por capitanes de confianza. Lo que no cambió fue la animadversión de los portugueses a su figura, especialmente de los lisboetas.
En la lejanía Joao de Avís intentaba canalizar esa rabia solicitando de Inglaterra el envío de tropas que le ayudasen en la causa, pero el rey inglés Ricardo III le negó la ayuda. Fue entonces cuando el príncipe Joao decidió iniciar por Portugal una guerra de guerrillas que obligasen al ejército castellano a perderse en escaramuzas y a desgajarse en pequeñas compañías, más vulnerables que si formaban un solo cuerpo.
La respuesta de Juan I fue radicalmente contraria. Para finalizar con el problema de un solo tajo ordenó sitiar Lisboa y tomar Coimbra, bastión rebelde defendido por el hermano de la reina Leonor, Gonzalo Téllez. La resistencia de éste fue tan férrea, que Leonor recapacitó sobre lo correcto de haber entregado la Corona a Juan I. Finalmente concluyó que había sido un error y se involucró en un plan para asesinar al monarca castellano y recobrar el poder. Cuando todo parecía jugar a su favor, la delación de un judío supuso el desbaratamiento del plan y el encarcelamiento de Leonor en el monasterio de Santa Clara de Tordesillas. Ya nunca regresaría a Portugal, falleciendo dos años después en una residencia de Tordesillas.
Sin Leonor, Juan I perdía un apoyo importantísimo a su causa. Eso, sumado a que Lisboa y Coimbra seguían resistiendo, convenció a muchos nobles portugueses de que era posible vencer a Juan I, decidiendo adherirse a la causa de Joao de Avís.
Se hacía necesario, casi imprescindible, dar un vuelco a la situación y Juan I levantó el cerco a Coimbra para intensificarlo en Lisboa. Uno de los capitanes lusos que pudo abandonar la capital antes de que el sitio se recrudeciese fue Nuno Alvares Pereira. Al mando de un pequeño ejército y perseguido por tropas castellanas, Alvares Pereira llegó en abril de 1384 a la fortaleza de Fronteira, donde otro contingente castellano hostigaba a sus gentes para que rindiesen el castillo.
El día 6 de ese mes de abril ambos ejércitos se vieron frente a frente. Junto a Nuno Alvares cabalgaban 1.500 infantes y 300 lanceros, una fuerza muy inferior a las castellanas. Las crónicas, tan proclives a los gestos simbólicos, narran cómo antes de la batalla Nuno Alvares descabalgó, elevó la mirada al cielo para rezar y, tras besar el suelo, se puso el yelmo a la vez que erguía su lanza.