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Última actualización 18/05/2012@11:26:54 GMT+1
Durante siglos, miles de personas de toda Europa dejaron atrás sus lugares de origen con la intención de iniciar un viaje hacia lo desconocido. Un viaje hasta Tierra Santa que algunos dejaron plasmado en sus escritos. No fueron pocos los españoles que –desde los primeros años del cristianismo– se aventuraron en tan arriesgada travesía para conocer los lugares santos mencionados en las Escrituras. Por: Javier García Blanco
Tierra Santa en general y Jerusalén en particular han atraído desde hace siglos la atención de millones de personas en todo el mundo. Siglos antes de que la peregrinación hasta Santiago de Compostela cobrara fuerza y protagonismo, peregrinos de distintas nacionalidades, orígenes y credos ya habían iniciado el viaje hasta los Santos Lugares del próximo oriente. En el caso de los viajeros cristianos, el hecho que marcó la “explosión” de las peregrinaciones fue el descubrimiento de la supuesta tumba de Cristo a comienzos del siglo IV. A este suceso habría que añadir los escritos dejados por San Jerónimo –autor de la traducción al latín de la Biblia hebrea y griega–, quien seguramente influyó en el afán viajero de muchos devotos con sus textos relativos a los santos lugares.

Junto a los textos del santo, que vivió en Palestina entre finales del siglo IV y comienzos del V, se encuentran otros de vital importancia y que fueron escritos por algunos de los primeros peregrinos. Gracias a estos textos, aquellos que se aventuraban como peregrinos poseían una especie de guía repleta de consejos y descripciones para viajar hasta Tierra Santa. De este modo los arriesgados viajeros tenían en sus manos una ayuda con la que realizar una visita completa a los santos lugares y poder revivir así los acontecimientos de la vida de Cristo. Este es el caso de los textos redactados por el anónimo Peregrino de Burdeos y la religiosa española Egeria, que serían usados durante mucho tiempo por los peregrinos siguientes.

Son pocos los datos que poseemos de esta audaz y valiente monja gallega. Al parecer, Egeria era la superiora de un convento o eremitorio gallego, que en el siglo IV d.C. tomó la decisión de viajar hasta los santos lugares para visitar en persona los paisajes descritos en el Antiguo y el Nuevo Testamento y describir después a sus hermanas todo lo que veía a través de una serie de cartas abiertas que forman su diario.

Aunque se desconoce el lugar exacto desde el que comenzó su viaje, parece claro que éste se encontraba en Galicia. La narración de su diario comienza en diciembre del año 383, y finaliza en junio del 384. En tan sólo seis meses recorrió miles de kilómetros, unas veces a pie, otras montada a caballo e incluso a lomos de un camello.

Su diario de peregrinación, Itinerarios, permaneció perdido durante más de quince siglos, hasta que fue encontrado en la ciudad italiana de Arezzo a finales del siglo XIX. Según se ha podido comprobar, este diario de viaje está incompleto, ya que faltan las primeras páginas del mismo. Además, su autora sólo recoge el segundo de los viajes de peregrinación que realizó a Tierra Santa, ya que según relata ella misma en el diario, realizó un primer viaje a Jerusalén del que desconocemos todos los detalles.

Es posible que la monja gallega fuese contemporánea de Prisciliano y quizá llegó a conocer sus doctrinas, ya que existen varios pasajes en sus escritos que parecen coincidir con la particular concepción religiosa del célebre hereje.

Durante su peregrinación, Egeria visitó templos, eremitorios y los más variados escenarios bíblicos. En cuanto se encontraba en los lugares descritos por las Escrituras, la monja gallega se detenía para leer y meditar los pasajes correspondientes a ese lugar.

A lo largo de su peregrinaje, Egeria también fue encontrándose con las supuestas reliquias correspondientes a distintos pasajes del Antiguo y el Nuevo Testamento, y así lo anota puntillosamente en su diario de viaje. Así, la monja gallega vio conmovida su alma al contemplar la piedra sobre la que Moisés quebró las primeras Tablas de la Ley, el horno donde los israelitas fundieron el becerro de oro o la zarza ardiente a través de la que Dios se manifestó y, que según la monja, aún seguía viva y continuaba echando brotes. En Jerusalén, por ejemplo, Egeria pudo visitar la columna en la que supuestamente habían azotado a Jesús y que “aún conservaba algunas marcas dejadas por el cuerpo de nuestro Señor”.

Otro de los pasajes más interesantes es descrito durante su viaje por tierras sirias, en concreto a la ciudad de Edessa. Allí Egeria puede contemplar las cartas originales que según la tradición habrían intercambiado Cristo y el rey Abgar, y llega a hacerse con una copia que conservará como reliquia. Según el relato del obispo de Edessa –“hombre santo” con quien Egeria conversó directamente– las cartas habían ejercido una protección milagrosa frente a los persas, cuando ante un inminente ataque de los mismos, una gran oscuridad invadió los exteriores de la ciudad impidiendo que llevaran a cabo la invasión.

En la ruta de Egeria no podía faltar una visita a Nazaret, y allí vio “una gran y muy espléndida gruta en la que vivió María y en la que se ubicó un altar”. La monja se refiere probablemente a la más grande de las cavernas consagradas en la gruta de la actual basílica de la Anunciación. Según la tradición católica romana, ése sería el lugar en el que el ángel Gabriel se apareció a María.

Además de por su interés descriptivo, el texto de Egeria resulta también de importancia por otras razones, pues ha ayudado a los investigadores a conocer algunos aspectos del cristianismo primitivo. Así, en sus anotaciones del mes de diciembre no hace mención alguna a la fiesta de la Navidad, y en cambio sí lo hace con la de la Epifanía, lo que demuestra que la primera festividad todavía no había sido instaurada en tiempos de la peregrina gallega.
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