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Los navegantes helenos que llegaron a las costas ibéricas siglos antes de nuestra Era dejaron constancia de lo exótica que era esa nueva tierra a través de varias leyendas y mitos. Monstruos y héroes formaron parte de la imagen de la Península, y algunos estuvieron tocados con la corona…

Por: Ignacio Monzón Acosta
Arturo Pendragón, Rey de todo el País y portador de Excálibur, es probablemente el monarca mítico más renombrado de Europa, pero ni de lejos el único. Ahí tenemos a Minos, señor de Creta, a Agamenón, Menelao y el resto de soberanos micénicos. Incluso dirigentes históricos como Carlomagno, Alonso X, o Alfredo el Grande se han rodeado de una serie de características y anécdotas que los separan del plano de lo mundano para encumbrarlos a un estado de “semi-mito”. La historia de la península Ibérica también ha generado sus propias leyendas y entre ellas algunos nombres reales, autóctonos y extranjeros.

Quizá el primero que deba citarse es el más “histórico” o, al menos, el menos fabuloso de los soberanos de Iberia y eso que el “longevo rey de la plata” o Argantonio, aparece mencionado por Heródoto (I, 163, 1-3) con unas características casi imposibles. Según su relato, unos navegantes foceos, en sus buques de guerra, recalaron en las costas meridionales de Iberia, una tierra llena de incógnitas y de posibilidades para el comercio y la colonización. Denominada por él como Tartesos (IV, 152, 2), se diferenciaba del resto de Iberia por estar más allá de las Columnas de Heracles, un límite físico que nosotros conocemos como el Estrecho de Gibraltar y que no todos los navegantes se atrevían a traspasar. Era, básicamente, uno de los confines del mundo, tan rico en metales preciosos como lejano del mundo heleno. La plata, muy abundante en esta nueva tierra, era enormemente valiosa para acuñar moneda ya que el oro era demasiado raro y la posibilidad de abrir nuevos mercados era igualmente atractiva. En cualquier caso allí los foceos contactaron con este rey de los tartesios, que les invitó a vivir en sus dominios y al negarse ellos les dio dinero para proteger su metrópoli con una poderosa muralla. Lo más llamativo de la referencia es que Heródoto habla de un reinado de ochenta años y una vida de ciento veinte, algo casi imposible de creer si tenemos en cuenta la esperanza de vida de esa época. Hasta ahora la Arqueología no ha podido demostrar con claridad la existencia de Argantonio, pero sí hay huellas claras de un comercio con griegos, bien directo o bien a través de terceros –los fenicios, por ejemplo–, con muestras de materiales cerámicos helenos en la provincia de Huelva en contextos del siglo VIII a. C.

No obstante, las líneas dedicadas por el historiador de Halicarnaso son una gota en un océano de misterio y desconocimiento. Otros autores antiguos, siguiendo también esta tradición focea, dieron cifras muy dudosas sobre la longevidad de este rey tartesio. Desde Anacreonte hasta Plinio (VII, 48) su larga vida le encumbró como una suerte de Matusalén que de vez en cuando ha sido objeto de la investigación histórica pero en otros aspectos. Por ejemplo, en el texto original se le menciona como un basileus, término heleno que se suele traducir como “rey”, mas, como señalan Caro Baroja y Riaño Sánchez, también indicaba en su día conceptos de jefatura más amplios. De ser algún tipo de monarca indicaría unas formas de organización muy complejas, con tradiciones y leyes que delimitarían sus atribuciones. Por tanto, tratar del “rey Argantonio” sería como hablar de la “cultura” o quizá “civilización” tartésica, siendo interesante, más que su existencia verídica, su significado mitográfico. ¿Existió de verdad un soberano tan duradero en el tiempo?, ¿fue un príncipe del semi-mítico pueblo tartésico? Sería posible, como han señalado algunos especialistas actuales, que fuera un eco de un poder regio o similar y que Argantonio, más que un solo dirigente, fuese una dinastía, lo cual explicaría eso ochenta años de gobierno. Al igual que los Ptolomeos en Egipto, los líderes de esta comunidad habrían adoptado un nombre cargado de significado y de legitimidad, dando una sensación de continuidad. Sin embargo no sería la última mención sobre los reyes de este pueblo.

Siguiendo un relato de Trogo Pomeyo conservado por Justino (XLIV, 4, 1), existieron al menos otros dos reyes tartésicos de los que se tiene recuerdo, sea real o no. El primero, Gárgoris, era señor de los cunetes, un pueblo tartésico conocedor de la apicultura que habitaba en una región que Trogo pensó que había sido el escenario de la lucha entre los Titanes y los dioses del Olimpo. Este príncipe, inflamado de pasión por una de sus hijas, tuvo con ella una relación incestuosa que dio fruto: Habis. Pero, rechazando a su hijo y nieto a la vez, decidió abandonarlo en el bosque para ser presa de las fieras. Sin embargo los animales le proporcionaron comida y cuidados, como si de un milagro se tratase. Gárgoris, asombrado pero decidido todavía a deshacerse del pequeño lo colocó en el camino del ganado para ser aplastado, mas no sufrió daño alguno. Arrojado a unos perros hambrientos, estos no le causaron ningún mal, aunque el rey no se conmovió. Habis fue finalmente lanzado a las aguas para que se ahogara y el asunto pareció concluido. Pero las fuerzas divinas preservaron su vida y le condujeron a la orilla, donde una cierva le amamantó. A partir de ese momento vivió con los animales hasta que fue apresado y llevado a presencia del rey. Éste, al observar ciertas señales en su cuerpo, le reconoció nombrándole heredero. A pesar de sus condiciones de nacimiento y su educación silvestre, el gobierno de Habis fue especialmente fructífero, dando a su pueblo el conocimiento de la agricultura con arado y bueyes, leyes y ordenando a su sociedad en siete ciudades.

La lectura de este mito ofrece suculentos paralelos con otros lugares del Mediterráneo y el Oriente Próximo. ¿No fueron abandonados y amamantados por animales Rómulo y Remo, Ciro el Grande, Atalanta, Télefo o Semíramis? El hecho de que un animal abandonase sus instintos y cuidase de un recién nacido humano solamente podía interpretarse en esos días tal que un acto divino. Los dioses designaban al expósito como un ser que debía salvarse, pues en general estaba destinado a algo importante. En el caso de Habis la aportación de la agricultura, según señaló Caro Baroja en su día, proporcionaba a los cunetes el paso de una economía más primitiva, recolectora o pastoril a otra más avanzada que les permitía disfrutar de más fuentes de recursos. No es casualidad, además, que un elemento tan decisivo como el cultivo de la tierra fuese parejo al de las leyes, pues ambos aspectos han estado unidos en muchas culturas como un símbolo de civilización y progreso. De hecho Estrabón (III, 1, 6) afirmaba que en el sur de la Península Ibérica, en la Turdetania, existía una tradición de leyes escritas que se remontaba en sus días –siglo I a.C.– 6.000 años en el pasado. También conviene saber que investigadores actuales, como Bermejo Barrera, consideran que la génesis de este mito no fue helena sino autóctona, aunque sus elementos denotan que no fue ajena a la cosmogonía oriental.
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