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Las Casas Colgadas

Lunes 25 de Septiembre, 2017

SE ASOMAN SUS BALCONES AL ABISMO, pero el tiempo ha demostrado que son ajenos a los cantos de sirena de la hoz del Huécar. Sobreviven sin miedo en las alturas, tal vez desde el siglo XV, equilibristas de madera acostumbrados al pincel y al objetivo de tantos galanteadores.

El flamenco Anton van den Wyngaerde se detuvo en 1565 a contemplarlas y Felipe II quedó encantado con su vista. ¿Qué siente un rey cuando advierte que lo es de tanta belleza?

De cuerpo gótico, las Casas Colgadas nos abren sus puertas ya no como viviendas particulares, sino con el espíritu de un museo –el de Arte Abstracto, fundado en los años sesenta del pasado siglo por Fernando Zóbel– y el de un mesón que inaugurara el ministro de Turismo Fraga, ávido de fotos y minutos en el NO-DO.

Sin alejarnos de este símbolo, podemos, pues, alimentar el alma y el estómago, y dejar luego que la belleza subsista en el recuerdo, como en el poema de Wordsworth.

LA PIEDRA Y NOSOTROS
Vayamos donde vayamos, volvemos siempre a ellas. Se diría que las Casas Colgadas de Cuenca son una abstracción concreta, que no solo ha sobrevivido a la tentación del vacío, sino a la dejadez que condenó a la extinción a otros espacios de la cornisa de San Martín.

Comparar una foto de hoy con otra de finales del siglo XIX nos revela que el tiempo cumple con su amenaza si nosotros, sus enemigos, no ponemos remedio.

Desde principios del pasado siglo, el puente de San Pablo, de hierro y madera –herencia de otro que construyera el canónigo Juan del Pozo en el XVI– es la mejor pasarela para admirar su rostro, curtido de mampostería con sillares en las esquinas. Frente a ese renuevo de las rocas, uno se siente mortal pero imperecedero, como si renaciera. Camilo José Cela, que hablaba un poco para la inteligencia y otro poco para el aplauso de las piedras, dijo que “caminando por Cuenca al viajero le brotan de súbito alas en el alma, desconocidos mundos en el mirar”. Así es. Las Casas Colgadas, bautizadas de ese modo en torno a 1920, son el puro asombro y también una lección viva de las distintas edades del hombre. De la arquitectura doméstica de sus orígenes hemos pasado a una galería de arte tan moderna –fue alabada por el mismísimo padre del MoMA neoyorquino, Alfred H. Barr Jr.–, que parece fraguada por un viajero del tiempo. De un icono hemos pasado al mismo icono. Pero nosotros –los de entonces– ya no somos los mismos.

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