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El Duero por tierras del norte de Portugal

Lunes 22 de Julio, 2013
“Duero, río y región. Sin duda, la realidad más seria que tenemos”, escribió el maestro Miguel Torga. Viajamos este mes a Oporto, allí donde desemboca esa cicatriz azul que se extiende a lo largo de casi mil kilómetros por la carne de la península Ibérica, y recorremos otras ciudades del norte de Portugal (Braga, Lamego y Amarante). Viñas y “rabelos”, batallas, reyes y santuarios, y un paisaje generoso y fraterno, hecho para ser mirado –y amado– muy despacio. Por: Alberto de Frutos
El viajero llega a Oporto, y le parece que podría leer la historia de la ciudad, o buena parte de ella, en sus azulejos. Así sucede, por ejemplo, en la estación de tren de São Bento, con los mosaicos de Jorge Colaço, que resumen la historia de los transportes y de Portugal con una paciencia azul e inagotable, la misma que se gasta el río Duero. Así también en los muros de la iglesia do Carmo, plantada junto a la de los Carmelitas, igual que dos siamesas que compartieran un mismo corazón. En efecto, a la que te descuides salta un azulejo: los hay en las fachadas de comercios, en viviendas y en el claustro de la catedral..., hasta el punto de que, cuando uno mira al cielo en los días claros, se pregunta si no será también aquello un mosaico gigantesco y virgen, a punto de ser colmado de figuras.

La historia de Oporto resplandece en estos libros garzos sobre la piedra. A diferencia de España, uno tiene la sensación de que Portugal es un país orgulloso de su memoria. En el año 868, la reconquista de Portucale (Oporto) por Vimara Peres, un caudillo galaico al servicio de Alfonso III el Magno, significó el inicio del condado de Portucale, génesis del futuro reino de Portugal. De camino a la catedral, la Sé, nos topamos con una imponente estatua ecuestre de este señor de la guerra, que parece seguir velando por la ciudad desde su atalaya.

Pero, en nuestro itinerario, el personaje que más “suena” es Afonso Henriques, primer rey de Portugal (1139-1185) tras su victoria en la batalla de Ourique frente a los almorávides. Los cinco escudetes azules del escudo de Portugal aluden precisamente a los cinco reyes moros derrotados en esa lid. Los restos de Afonso yacen en el Panteón Nacional de Coimbra, en la iglesia de Santa Cruz, mientras que los de sus padres, Teresa de León y Enrique de Borgoña, reposan, como veremos un poco más adelante, en la catedral de Braga.

Dejamos ya tierra firme y zarpamos en uno de los “rabelos” que surcan las aguas de nuestro río de “barbas de plata”. Antaño, estas embarcaciones atravesaban el Duero cargadas de mercancías. El vino de oporto, que nació de la mera adición de brandy a este néctar de los dioses durante el proceso de fermentación, iniciaba su periplo homérico allá por la región vitícola del Alto Duero, y, pasando fuertes y fronteras, irrigaba con su aroma y sabor todas las tierras del País do Vinho gracias a unas naves que hoy son tramoyas flotantes para disfrute de turistas y fotógrafos. Capaces de recorrer los 250 kilómetros que separaban Peso da Regua de Oporto, los “rabelos” eran perfectos para maniobrar en las aguas traicioneras del Duero, y es fácil imaginar la dicha de los pilotos cuando divisaban los puentes de la ciudad bimilenaria: el ponte do Freixo, el ponte de D. Maria Pia (obra de Gustave Eiffel), el ponte do Infante, el ponte de D. Luís I (obra de Théophile Seyrig, discípulo del francés) y el ponte da Arrábida. Junto al puente de D. Luís I, el más emblemático de los seis, se recuerda la mayor tragedia sufrida por la segunda ciudad de Portugal, cuando el antiguo ponte das Barcas se hundió el 29 de marzo de 1809 por el peso de las gentes que huían de las cargas de bayoneta del mariscal Soult, durante las invasiones napoleónicas. Más de 4.000 personas fallecieron en la catástrofe.

El Duero es un coloso. El día que despierta, los vecinos de las orillas se echan a temblar. Durante nuestro viaje, visitamos las Bodegas Ramos Pinto, que recapitulan con unas muescas las sucesivas subidas de las aguas. Al entrar en el museo, nos saludan, cómo no, unos azulejos sensuales y radiantes, que muestran la viveza de su fundador, Adriano Ramos Pinto, para todos los aspectos relacionados con el marketing. Ramos Pinto fue un pionero que conquistó el mercado de Brasil en los albores del siglo XX, y cuya casa mantiene hoy, bajo el paraguas del grupo francés Roederer, las señas de identidad y la calidad de siempre.

A menos de sesenta kilómetros al noreste de Oporto, se encuentra Braga, la Bracara Augusta de los romanos, una ciudad-yacimiento a la que la tradición vincula con el obispo San Pedro de Rates ¡en el año 45 de nuestra era! y cuya diócesis se remonta al siglo III. Braga es, sin duda, la Roma de Portugal, y el parentesco no es fruto del azar.

Los monumentos más renombrados de la ciudad son la catedral y el santuario barroco de Bom Jesus do Monte, un centro de peregrinación soñado y patrocinado por el arzobispo de Braga Rodrigo de Moura Teles a principios del siglo XVIII.

A una altura de 116 metros, los viajeros pueden conquistar la cruz de su iglesia a través de unas monumentales escaleras barrocas o bien en un funicular, el más viejo del mundo en su género, que se activa por el contrapeso del agua. Nosotros recomendamos el ascenso en “elevador” y el descenso, más relajado, a pie, lo que nos permitirá gozar de las vistas de esta ciudad promisoria. El santuario de Bom Jesús, con sus escaleras zigzagueantes y simétricas, inspiraría luego el de Lamego y algunas otras obras en Brasil. En su interior, en la nave derecha, un altar de reliquias justifica sobradamente la subida. Los huesos de San Clemente, soldado romano martirizado en el siglo III d.C., se exponen al público tratados con cera y yeso.
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