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El milagro de Calanda

Miércoles 26 de Julio, 2017
1638. Castellón (España). Un hombre llamado Miguel Ángel Pellicer sufre un grave accidente. Los médicos deciden amputarle la pierna para salvar su vida. Años después, cuando Pellicer se encuentra en su casa de Calanda (Teruel) se despierta caminando sobre sus dos piernas… La historia del supuesto milagro es hoy conocida en medio mundo, casi tanto como “la ruta del tambor”, la expresión artística más popular de Calanda.
Iván Castillo

Esta insólita historia tiene un protagonista. De nombre Miguel Juan Pellicer, nació en el año 1617 en Calanda (Teruel), una localidad situada a 118 kilómetros al sur de Zaragoza. Desde siempre, este labriego fue hombre de campo, un trabajador que jamás pudo imaginarse que se convertiría en el protagonista del más conocido de “milagros” que recuerda la historia de la cristiandad. Tenía 21 años cuando su vida cambió por completo. Y por desgracia.

Vivía en Castellón y trabajaba cargando trigo en un carro, conduciéndolo de un lugar a otro. Un día, sufrió un accidente que le tiró al suelo con energía, sin tiempo para reaccionar… A consecuencia de la caída, una de las ruedas traseras le pasó por encima de su pierna derecha a la altura de la tibia. El dolor fue horroroso…

LA AMPUTACIÓN
Primero le atendieron en un hospital de Castellón y posteriormente en Valencia. El estado de su pierna, sin embargo, cada día que pasaba era irremediablemente peor. Finalmente, fue ingresado en el Gran Hospital Real de Zaragoza, donde le atendieron varios médidos que siguieron las evoluciones de su maltrecha herida y los cirujanos Juan de Estanga y Miguel Beltrán decidieron que el único remedio a su mal era amputar la pierna. Y así lo hicieron, cortando “cuatro dedos” por debajo de la rodilla a primeros de agosto de 1637.

Permaneció ingresado en Zaragoza durante varios meses. Ahí empezó un terrible calvario. No podía trabajar. Y los dolores no le abandonaban. Acabó dedicándose a la mendicidad, que ejercía en las puertas de la Basílica de El Pilar, en donde se convertiría en un hombre popular al que todos conocían como El Cojo de Calanda, localidad natal a la que regresó para estar cerca de su familia y trabajar en las pocas cosas que le permitía su maltrecha pierna. Hasta que llegó el 29 de marzo de 1640…

EL MILAGRO
Ese día, en la vivienda de sus padres, había huéspedes y él se quedó a dormir en el granero. Por la noche, hacia las 23.00 horas, su madre acudió a visitarle, con objeto de averiguar si descansaba en condiciones y se encontraba mínimamente cómodo. Ella entró en la estancia, iluminándola con un candil. Y en medio de aquel juego de luces y sombras, algo le llamó la atención: por debajo de la manta que le cubría se observaban dos pies. Rauda, le despojó de ella. Quedó asombrada. Su hijo, Miguel Juan, tenía dos piernas. No podía ser…

Despertó al joven, que asombrado creyó que todo era un prodigio. Decía recordar cómo, en sueños, dos ángeles le restituían la pierna que años atrás le habían amputado.

Las noticias sobre el suceso comenzaron a circular por toda la comarca a la velocidad del viento que azota la zona. Cuatro días después, por mediación de un sacerdote de la localidad de Mazaleón, se elaboró un acta notarial que daba constancia del presunto prodigio.

Todos hablaban ya del milagro. Las noticias, a la misma velocidad, llegaron también hasta Zaragoza, en donde cientos de personas recordaban al Cojo de Calanda mendigando a las puertas de la Basílica. Ante el revuelo que se originó, el Ayuntamiento de la ciudad decidió solicitar a las autoridades eclesiásticas que se abriera un proceso de verificación del milagro y que se documentara en lo máximo posible la autenticidad de todos los hechos.

LA IGLESIA ESTUDIA
La investigación oficial duró diez meses. Testificaron más de 25 personas. Los médicos documentaron fehacientemente que habían amputado la pierna, que posteriormente habían enterrado. Examinaron también la pierna aparentemente restituida.

Inequívocamente, era la misma que le habían cortado, ya que incluso tenía las mismas heridas y cicatrices que antaño. También desfilaron ante el tribunal eclesiástico todas las personas que le atendieron en su peregrinar hospitalario y todas las que lo conocieron sin pierna.

No había duda, ni lugar para el fraude, ni espacio para el equívoco. Así, el 27 de abril de 1641, la Iglesia autentificó el milagro, el único de estas características que se ha documentado en dos mil años.

Miguel Juan Pellicer aún viviría unos pocos años más. El propio rey Felipe IV lo recibió. Dicen que el monarca se arrodilló ante el hombre que de forma inexplicable había recuperado la pierna. Murió y fue enterrado en Velilla (Zaragoza). Sobre su muerte dicen los textos parroquiales con fecha 12 de septiembre de 1647: “A las doce murió Miguel Juan Pellicer, dixo que era de Calanda, y lo traxeron aquí de Alforque más muerto que vivo; y el que lo traxo dixo que el vicario de Alforque lo había confesado; con todo eso lo volví a confesar y dixo algo, y lo administré el sacramento de la unción y se enterró en el cementerio... se cree que este fue el que María Santísima del Pilar le restituyó la pierna que se le cortó, según consta por tradición”.

EXHUMACIÓN
Hace más de cincuenta años, en Velilla, su cuerpo fue exhumado en secreto, realizándose una serie de fotografías que se descubrieron en 1999. En la pierna derecha, a la altura de la zona de amputación, aparecía una extraña osificación que no hizo sino incrementar las sospechas.

Existe un informe en el Archivo Diocesano que recoge los datos de los peritos que participaron en el análisis de los restos. Dicho escrito fue encabezado por Valentín Pérez Argilés, catedrático de Medicina Legal. En su nombre, y en nombre de los otros cinco participantes, aunque en total fueron más de 30 los testigos presenciales, muestra su certeza sobre la identificación correcta de los restos, que pudieron ser fotografiados, pero lo más llamativo de todo es que, efectivamente, la pierna “restituida” a Miguel Juan Pellicer muestra una serie de anomalías que llamaron la atención de los médicos: “La irregularidad existente en la tibia derecha y el hecho de que sea 5,5 mm más corta que la otra (contrariamente a la norma) son circunstancias que pueden respaldar la identificación de este hombre, que pudiera presentar una cojera”. No deja de ser llamativo que en los informes de la época se recoja que la pierna restituida era algo menor que la otra. Además, y justo en el punto en el que se produce la unión entre la tibia y la rodilla, es decir, justo donde le cortaron la pierna, se aprecia una osificación. ¿Causas? Es imposible determinarlo.

Puede ser un efecto post mortem, pero sería demasiada casualidad, o pudiera ser un callo de ruptura, lo cual tampoco es sencillo puesto que no se aprecia tal sino la osificación. Esta puede ser de dos tipos: o bien aquella que se produce debido a la formación de nuevo tejido óseo –que no tiene que estar asociado a proceso previo alguno–, o bien la que se produce con el nombre de osteogenesis endocondral, que se detecta en casos modernos, en los cuales los problemas óseos se tratan con tornillos y placas. Podría pensarse que Miguel Juan se inventó el accidente y los médicos que le atendieron fantasearon sobre la gravedad de sus heridas.

Tal vez los médicos que le extirparon la pierna se inventaron la operación y falsificaron las actas de la misma y después engañaron al tribunal eclesiástico que les interrogó.

También es posible que Miguel Juan se escondiera la pierna para sacarse unos reales pidiendo dinero a las puertas de la Basílica y que ninguna de las miles de personas a las que vio en esos años se dio cuenta de que era un tramposo. Puede pensarse que esa noche se despistó delante de su madre, que no se había dado cuenta de nada en todos aquellos años, y sacó la pierna escondida por debajo de la manta. Puede pensarse que ninguno de los inquisidores y jueces de la Iglesia se dio cuenta del truco.

Puede pensarse todo eso al unísono y pensar que el caso es falso. Pero es mucho pensar…

En un libro que acaba de aparecer, El milagro: el cojo de Calanda, tan voluminoso como confuso en su lectura, Antonio Gascón y Ángel Briongos sospechan que Miguel Pellicer se lo inventó todo, aunque no muestren pruebas de ello. Empezaron a investigar con apriorismo y no se movieron en sus conclusiones pese a que recopilaron toda la información y no encontraron nada para sospechar, pese a que ellos piensan y piensan…

En Calanda se encuentra hoy una pequeña capilla llamada El Humilladero, que está situada sobre la misma casa en la que se produjo aquello. Ahora, cuenta con casi 4.000 habitantes, es decir, cuatro veces más que cuando Pellicer daba tumbos por ahí. No es difícil encontrar en las calles de esta localidad –conocida mundialmente por la “rompida de la hora”, que tiene lugar cada Viernes Santo, cuando los cofrades quiebran el silencio de forma ininterrumpida haciendo tocar con fuerza inusual sus tambores– numerosas referencias a lo ocurrido.

Del mismo modo, visitando la basílica de El Pilar pueden encontrarse alusiones al hecho, como un mural de 1952 en el que se refleja el momento de ese sueño durante el cual ocurrió todo. En dicha pintura, La Virgen está cerca del enfermo y le coloca la pierna. Dentro de El Humilladero hay un cuadro pintado recientemente por Miguel Ángel Albareda en el que un ángel rubio, de pelo largo y vestido de blanco, repone la pierna al accidentado y reconstruye, con ese motivo, la noche del milagro. 

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