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Palabrejos con historia: “¡Acerté 14!”

Martes 13 de Marzo, 2018
Hay palabras que nacen en un época determinada y se quedan para siempre en el acervo popular. Esas palabras se convierten en reflejo de una época pero su uso acaba estando presente y le damos un significado determinado aunque no seamos conscientes de lo que significa realmente.

El vocabulario del dinero era más rico que los bolsillos. El tesoro lingüístico de la Generación silenciosa albergaba cuartos, perras gordas, perras chicas, pesetas, duros, reales, pasta, tela, parné y hasta una rubia.

Pero la mayoría de la población estaba sin una perra, no tenía una gorda o no llevaba cuartos encima.

Hacía tiempo que había desaparecido el cuarto, una moneda medieval que acarrearon en su faltriquera Miguel de Cervantes y Lope de Vega. Pero la palabra que designaba cuatro maravedís sobrevivió al metal y se convirtió en un genérico para hablar del dinero y de las monedas de uso corriente.

Decir que alguien tenía muchos cuartos para indicar que era rico, o exclamar ¡ni qué ocho cuartos!, era una forma de hablar centenaria que entonces se oía a todas horas. En 1817, cuando la Academia introdujo el término en su diccionario, ya citó este uso popular.

Lo mismo pasó con la perra gorda y la perra chica. Estas monedas valían diez y cinco céntimos de peseta, la unidad monetaria que acuñó el Gobierno surgido de la Gloriosa, la revolución de 1868 emprendida para quitarse a Isabel II de en medio e instaurar la Primera República. El nombre de la nueva moneda derivaba del catalán: peceta (léase peseta), que signifi ca ‘piececita’.

 

LOS BILLETES… ¿QUÉ SON ESO?

En una cara de los diez céntimos había un león melenudo que, mirando hacia atrás, sostenía un escudo de España y en la de cinco céntimos aparecía el mismo animal en una versión reducida; pero la población prefirió ver dos perras que dos leones: a una la llamaron grande y a la otra, chica.

Los nuevos Gobiernos borraron la figura de los felinos de los céntimos. Pero las perras se quedaron en el habla con la misma fidelidad que un chucho se aferra a su dueño. Ellas también se convirtieron en un genérico, como le había ocurrido a los cuartos, y pasaron a formar parte de varios dichos populares: estar sin una perra, no vale ni una perra, ¡para ti la perra gorda!

Los billetes eran como una alfombra mágica que surcaba los cielos. Se veían pocos y volaban rápido, por eso muchas mujeres, en vez de usar un monedero, los guardaban, bien escondidos y protegidos, en el sostén. Y por eso, en muchas tiendas, más que dinero, usaban libretas o papeles de estraza para apuntar el debe. Ahí anotaban los productos que se llevaban los clientes de confianza y después, cuando había dinero, saldaban las cuentas. No era raro que un pipiolo fuera a un colmado para comprar pan y se dirigiera al tendero con esta frase: «Dice mi madre que se lo ponga en el debe».

 

SER RICOS: ACERTAR 14

Una de las grandes aspiraciones de la época era salir de pobre. Muchos probaban suerte con los resultados de los partidos de fútbol. Echar la quiniela se convirtió en un ritual y el empeño era tal que hasta se publicaron libros que enseñaban unas supuestas leyes de probabilidad para hallar los catorce aciertos. El párroco de la película Manolo, guardia urbano (1956) custodiaba en un cajón de la iglesia decenas de ejemplares. Otros tenían más prisa y se vieron obligados a acudir a casas de empeño para dejar en prenda cualquier cosa a cambio de dinero contante y sonante.

En aquellos tiempos de discursos mojigatos, los ricos intentaban convencer a los pobres de que la austeridad era una bendición. Eso los mantendría mansos, doblegados. Lo máximo que se permitió fue un poco de sátira para aliviar el calvario de vivir mordiéndose la lengua, como publicó La Codorniz en el artículo Ventajas de poseer una sola y única peseta: “Gracias a vuestra peseta única y monda os fortalecéis en la frugalidad, la castidad, la honradez y la sabiduría, y sin gran esfuerzo alcanzáis la santidad”.

 

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