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Parques de Madrid, caprichos de las clases altas

Martes 01 de Agosto, 2017
Desde la segunda mitad del siglo XVIII las grandes familias nobiliarias y la más pudiente burguesía comenzó a competir por poseer las fincas de recreo más opulentas, organizar las fiestas más divertidas, contar con los paisajistas más demandados de la Europa de los ricos e, incluso, hacer gala de las construcciones y actividades de ocio más extravagantes.
Recordamos dos de las fincas que más fama tuvieron en el Madrid de la época.
JAVIER MARTÍN

Como si paseásemos por un cuento de hadas, como si nos colásemos en un juguete, como si deambuláramos por un antojo. En un parque como este las huellas parecen de chocolate y cada paso suda miel. Suena remilgado, pero es que el parque en sí es un tanto superferolítico. Estanques de toda índole, templetes, parterres, fuentes de blanquísimo mármol, espesa vegetación, el palacio… Un bellísima extravagancia ideada para que la gozase la ociosa nobleza ilustrada de finales del siglo XVIII. Lo describe bien su nombre: el parque del Capricho.

Porque fue un capricho lo que determinó su construcción. El deseo de una dama de la alta sociedad y de nombre larguísimo, acorde con su larguísima posición: Doña María Josefa de la Soledad Alonso Pimentel; para la posteridad, la duquesa de Osuna, y casada con Don Pedro Alcántara, a su vez, Duque de Osuna. Sería faltar a la verdad decir que se trataba de una pareja frívola. Tanto uno como otra gustaban de la vida intelectual.

Don Pedro fue presidente de la Sociedad Económica Madrileña y miembro de la Real Academia Española. Doña María Josefa de la Soledad protegía y financiaba a artistas, toreros y escritores. Valga de ejemplo de dicha protección de los Osuna hacia los artistas una pintura que se exhibe en el Prado, y en el que se muestra toda la familia en intimidad, padres e hijos, en aparente confianza con el autor.

Su título es Los duques de Osuna y sus hijos. Y el autor Francisco de Goya. Pero entre tanta lectura, tantos toros y tanto mecenazgo, se necesitaba tiempo para descansar alejados de la mundanal Corte, de sus dimes y diretes. Una villa de recreo en las afueras de la capital. Un sitio donde también encontrarse con esos amigos del mundo del arte y las letras para parlotear en confianza.

En 1783, apenas cuatro años antes de iniciarse la construcción de los jardines, la Duquesa adquiere unos terrenos en las afueras de Madrid, cerca de Barajas, en lo que hoy se conoce como Alameda de Osuna. La intención era construir una finca de recreo al estilo de las que las que se construían otras damas de la alta nobleza, un poco más rebuscada, a poder ser. La buena señora encargaría el diseño de tales jardines al francés Jean Baptiste Mulot.

Digamos que en estas construcciones había también una cierta competencia tácita entre las damas de la alta nobleza de la época, una lucha de sonrisas, besos en la mejilla y puñalada en la espalda, por ver qué familia poseía unos jardines más bellos y, también, más originales. Por ello, no es de extrañar que el generoso contrato a Mulot estableciera que no podía trabajar para ninguna otra casa nobiliaria del país.

ALEGRES VISTAS MÁS ALLÁ DEL RÍO
Por un lado, a causa de esta “competencia” entre las familias de postín de la época, por otro como respuesta a un tiempo en el que el asueto y la diversión para las clases más altas parece exigir nuevos espacios próximos al centro de la urbe, pero sin pasarse, en la segunda mitad del siglo XVIII y primera del XIX surgen en la capital un buen número de fincas de recreo propiedad de las principales familias de la aristocracia. Quizá hoy sea la del Capricho la que llama más la atención –muy probablemente por su conservación y su uso actual como parque público–, pero no fue, desde luego, la única. En el otro extremo de Madrid, más allá del río Manzanares, en el suroeste, los terrenos de dos pequeñas aldeas agrícolas que fueron independientes de la capital hasta 1948 y conocidos entonces como los Carabancheles, se erigieron en terrenos ideales para convertirse en “sede” de algunas de estas fincas de recreo. Políticos, burgueses de postín y nobles construyeron villas de recreo en la zona, entre las que destacó especialmente la que a mediados del XIX fue bautizada como finca de Vista Alegre, que acabó por ser objeto de envidia de la elite social de buena parte de dicha centuria.

Sus primeros trazos se deben a un médico bien relacionado, Higinio Antonio Llorente. Tan bien relacionado que era el médico del rey Carlos IV.

Poco duró en manos del galeno, pues, si bien terminó de darle forma en 1802, después del desbarajuste que fue la Guerra de la Independencia, se la vendió a un comerciante de postín de la época, Francisco Ignacio de Bringas que la conserva, también, poco tiempo, pues en 1823 lo vende a un matrimonio de comerciantes de éxito que deciden darle un aire próximo a la de las fincas de los “ricachones”, convirtiéndola en una finca de recreo pública, con sus huertas, jardines, casa de baños y hasta casino.

De aquella época data el nombre de Vista Alegre, no hay que limar mucho en el concepto para entender que mucho tendría que ver dicha denominación con placentero que era para el observador el paisaje del que se disfrutaba desde ella.

Pero por mucha buena vista que tenga uno, a veces el olfato no le acompaña y el negocio fue una auténtica ruina. ¿Y quién viene a solucionar el negocio? Pues la reina, María Cristina, la cuarta esposa de Fernando VII. Y había que hacerlo a lo grande. Así que, cuando adquiere la finca, en 1832, no se conforma con ese espacio y comienza a ampliarlo con fincas adyacentes hasta alcanzar las 44 hectáreas cuatro años después. La gran finca tiene todo lo necesario para el disfrute, coronado por un palacio de grandes dimensiones que se construye en esta época: una biblioteca, casa de juegos, de gusanos de seda, la estufa fría, una ría navegable, un castillo escondido en el bosque… A su vez, se llevaría a cabo la ampliación del jardín según las modas.

Pasarán más de dos décadas y la pujante burguesía toma posiciones en las grandes fincas de recreo. También en Vista Alegre, que en 1859 iba a ser adquirida por el Marqués de Salamanca, quien creó el Palacio que ha llegado hasta nosotros y quien acabaría residiendo en él hasta su muerte en 1883. La época del esplendor de este tipo de construcciones, ese romanticismo del bon vivant iba llegando a su fin y Vista Alegre es buen ejemplo. En 1886 los herederos del Marqués la venden al Estado. Ese paraíso de la ociosidad dejaba de existir como tal.

DE VUELTA AL CAPRICHO Y SUS JUEGOS
Pero como es intención de estas líneas no abandonar los juegos y la ociosidad de la nobleza, nos permitimos retroceder un siglo de nuevo y regresar al Capricho original. Habíamos dejado al insigne Jean Baptiste Mulot con el encargo de dotarle de boato, ornato y diversión. La finca comienza a llenarse de estanques, riachuelos, fuentes y grutas a cada cual más excéntrica y divertida. No faltaría un palacete para el descanso, aunque el centro de todo había de ser el salón de baile, centro de las fiestas que ofrecían los duques. Mientras, las catorce hectáreas que componen el parque veían crecer las lilas por doquier, a petición de la duquesa. Caprichos, ya saben.

ALAMEDA DE OSUNA
En las inmediaciones del palacio, la estatua de Venus, que al cabo de pocos años sería sustituida por una de Baco, ubicada en el centro de un templete elíptico rodeado de columnas es uno de los elementos principales de esta época del jardín. Y decimos primera época porque, muy poco después de comenzar a trabajar, aunque ya diseñadas las trazas del parque, Jean Baptiste Mulot, se marcha a Francia ante la situación creada tras el estallido de la Revolución Francesa. Se queda en el Capricho Pierre Pruvost. Nuevas fuentes, nuevos estanques, nuevas plaza, más fiestas y visitas de gentes de la alta sociedad, más tertulias con artistas e intelectuales.

En la Antología de Madrid, (Editorial Gadir)  seleccionada por Hugh Thomas, se recoge un testimonio de una de esas damas de alta cuna tras su visita al Capricho.

Data de 1803. Ella es Elizabeth Fox, esposa de un político inglés enamorado de España y más conocida como Lady Holland. “Viernes 13. Fui con la señora de Osuna a su casa de campo (…) Hace venticuatro años la señora de Osuna encontró en la Alameda la misma esterilidad y falta de vegetación que caracterizan los alrededores de Madrid, pero ella la ha convertido en un lugar alegre y boscoso (…) Hay jardines diseñados para proporcionar frescor, innumerables grutas, templetes, chaumières, ermitas, excavaciones, canales, puertos, barcas de placer… La casa Vieja es muy graciosa. La mansión es excelente y muy bien amueblada”. Parece que se divirtió… Y por referencias, les diremos que la Casa de la Vieja (no vieja) es otro de esos caprichos dieciochescos que se permitían los nobles. Se trata de un edificio aparentemente muy pobre, aparentemente descuidado, que imita una de las típicas casas de labranzas de la época.

En su tiempo, su interior estaba ambientado como si en él residieran campesinos, con sus útiles de labranza y demás. Porque ese era el juego. Los ricos jugaban durante un ratito a ser pobres; se vestían de labriegos, hacían que araban el campo y se echaban unas risas hasta que llegaba la hora de la limonada y el baile.

La Guerra de la Independencia cambió todo esto. Con la invasión de 1808, el parque pasó a ser propiedad del general francés Agustín Bellard, que alojó en él a sus tropas. Expulsados los franceses, volvió, destruido, a manos de la duquesa, que se dedicó a reedificarlo junto a su nieto… y a añadir nuevos caprichos. También volverían las fiestas, con la construcción del casino, que servía como salón de baile.

A la muerte de la Duquesa, la propiedad pasó a manos de su nieto, Pedro de Alcántara Téllez-Girón y Beaufort, que continúa embelleciendo el parque con obras, como el principal monumento conmemorativo que tiene hoy, la Exedra, situada en la Plaza del Emperador y que sirve como homenaje a su abuela, o las extrañas Columnas de los Enfrentados, de 1840, en la que algunos han querido ver la representación de un duelo entre los dos bustos enfrentados, situados a cuarenta pasos uno del otro, la distancia exacta de dichos duelos.

DEL CAPRICHO A LA HISTORIA
Cuando muere Pedro de Alcántara, el Jardín cae en las manos de su hermano Mariano, un personaje bullanguero y con ínfulas “de dandy” que, por un lado, dilapida la herencia de la familia, y por otro, abandona el parque a su suerte. Hay quien dice que en el frondoso parque de hoy se oyen aún sus lamentos por el triste destino en que dejó tan bello entorno. El Parque es subastado a finales del siglo XIX, que lo ve morir poco a poco como había ocurrido con Vista Alegre, y pasa en propiedad a una de las familias de banqueros más importantes de la época, los Bauer, quienes lo conservarán, mal que bien, hasta la Guerra Civil. Tras ella, pasa de unas manos a otras, sin demasiado cuidado por parte de ninguna, sin mantener sus raíces históricas. Quizá durante el franquismo tenga su momento álgido cuando se ruedan en él varias escenas de Doctor Zhivago. La nieve fue simulada alrededor del punto de rodaje. Finalmente, en los años 80, el Ayuntamiento de Madrid lo recupera como Parque Histórico. Vayan a verlo. En fin de semana, por favor. Se ponen los ojos en otra época, en otra forma de vida. 

Este reportaje fue publicado en el nº135 de la revista Historia de Iberia Vieja

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