Se encuentra usted aquí

Los puertos templarios de la España medieval

Martes 26 de Marzo, 2013
Un total de once puertos (diez marítimos y uno fluvial) hemos contabilizado en la geografía hispana del mundo medieval relacionados con los templarios, abiertos a los tres grandes mares de la península Ibérica (Mediterráneo, Atlántico y Cantábrico), y que analizamos siguiendo el recorrido espacial de las agujas del reloj. De todos ellos, vamos a hablar en el presente trabajo, al tiempo que recordamos la importancia –no sólo económica, sino también socio-cultural–, que, en su momento, tuvieron estos fondeaderos y embarcaderos medievales, que disponían de sus propias atarazanas. Texto y fotos: Jesús Ávila Granados
Desde estos amarres, importantes bases de operaciones navales y fluviales, los templarios lograron desarrollar un comercio y, al mismo tiempo, la programación de aventurados desafíos marítimos. Pero también, como señala el historiador Juan B. Simó, estos caballeros buscaron, conquistaron, obtuvieron, compraron y exigieron aquellos enclaves, descartando la coincidencia, y no siendo su interés estrictamente económico, sino la importancia del sustrato espiritual del lugar.

Los templarios, los grandes protagonistas del mundo medieval, no dudaron en pactar con cualquier grupo de poder, practicaron la diplomacia y se anticiparon al actual concepto de globalización, al tener la convicción de que la religión como modelo de orden moral y la economía como forma de poder estaban por encima de cualquier frontera. Un doble concepto que chocaba de frente con el autoritarismo de los poderes eclesiásticos, que anteponía la religión a todo. Y es en esta doble dimensión donde el Temple intentó basar toda su fuerza, y tal vez radique en ello lo más sustancial de su legado.

A consecuencia de esta mentalidad tan abierta al conocimiento y a la experiencia, y gracias a sus profundos conocimientos, a sus inmensos recursos y a la diplomacia que supieron desarrollar, no sólo controlaron muchas fuentes de la economía de su época, como los bancos de bacalao y arenque, en el Atlántico, las salinas del Levante hispano, las aguas termales del Maresme catalán, el río Ebro, los peajes de las grandes vías de peregrinaje (Camino de Santiago), financiando a reyes, papas y nobles…; por ello, no es nada descabellado afirmar que pudieron muy bien haber sido los primeros exploradores que, con carácter científico, alcanzaron el Nuevo Mundo, a través del Mar de las Tinieblas (Océano Atlántico). Pero antes vamos a hablar de los puertos templarios de la España medieval...

Iniciamos nuestra travesía por la fachada mediterránea de la península Ibérica, por tierras catalanas, y siguiendo una navegación cabotaje, dejando la costa a estribor, en un recorrido como el trazado por las agujas del reloj.

Col.lioure (Colliure, en catalán), a sólo 26 km de la frontera española, formaba parte en la Edad Media del Reino de Aragón, por ello es de justicia incluirlo en el presente trabajo. Dominando la Costa Bermeja, Colliure, por su factor estratégico, fue el puerto medieval más importante del Rosellón. Su castillo se remonta a tiempos visigóticos (s. VII); sin embargo, el aspecto que ofrece actualmente se debe a las reformas llevadas a cabo por los templarios, entre 1242 y 1280; desde cuyas elevadas almenas y torres se controlaba el tráfico marítimo del puerto Se trata del Castillo Real, residencia de verano de los reyes de Aragón, primero, y de Mallorca, después; fortaleza inexpugnable conocida como “el Parador de los Templarios”. Al otro lado de la ensenada, la “Torre de Madeloc”, construcción también templaria (s. XIII), que sirvió de torre vigía y de faro, y en medio los canales de drenaje introducidos por el Temple, para fondear embarcaciones de gran calado. Colliure, como posesión de los condes del Rosellón, formó parte del Reino de Aragón entre 1172 y 1276, y después del reino de Mallorca, hasta 1343.

Es muy probable que en el puerto de Colliure se embarcaran numerosos colectivos occitanos huyendo de las masacres de la cruzada y también de los horrores de la Inquisición, para ser llevados a Mallorca y otros lugares más seguros del Mediterráneo, con el apoyo logístico de los templarios.

Llegamos ahora a la villa de Caldes d’Estrac, conocida popularmente como Caldetes, entre las poblaciones barcelonesas de Mataró y Arenys de Mar, en la comarca del Maresme. Esta población es conocida desde tiempos inmemoriales por sus milagrosas aguas termales: Aquae Calidae, en la antigüedad, y Calidis d’Estarach, en la Edad Media. La significación del nombre Estrac es objeto de numerosas teorías, pero es probable que se corresponda con un vocablo celta que significa “Camino del agua”. En esta villa, sobre el nacedero, a comienzos del siglo XIII los templarios construyeron el primer hospital termal de España; también un puerto marítimo –que pudo haber estado en la zona intermedia de la actual Riera, y desaparecido por las constantes riadas de las aguas pluviales–, cerca de la legendaria Vía Augusta. Para defender esta riqueza natural, los templarios levantaron sobre la colina superior un torreón –Torre de Els Encantats–, desde donde no sólo podían proteger la población, el balneario y el hospital, sino también las entradas y salidas de embarcaciones del puerto marítimo. Los templarios cuidaron como nadie de estas milagrosas aguas. De aquella época es la iglesia parroquial, consagrada en 1219, tras producirse el descubrimiento de una imagen de Virgen negra, en una cavidad de la roca –sobre la que se edificó en el siglo XIX la Capillita del Remei–, a pocos metros del edificio del Ayuntamiento de Caldes d’Estrac. Del templo medieval –parroquia de Santa María– sólo se conserva la zona de los pies, la pila bautismal, restos de arcos, de una tumba, el rosetón y una gárgola; la Virgen del Remedio domina el altar mayor de la iglesia, sobre la cual vemos la cruz patée templaria. A pocos metros, cerca del edificio Milans –que alberga la Biblioteca Municipal- está la Casa del Rey, en cuyo edificio, a comienzos del siglo XIV, se alojó el monarca Jaime II, “el Justo”, cuando vino a esta población a tomar las aguas, acompañando a su segunda esposa, María de Chipre (1279-1319). Se dice que a la reina le vinieron tan bien estas aguas que, tras regresar a Barcelona, hizo que se las siguieran llevando a diario en cántaros de barro sobre una mula.
Otros artículos de:

Comentarios

Hola buenos dias, és un tema muy interesante. Gracias. Una cosa, me gustaria conocer las fuentes documentales de lo que explica este escrito, sobre Caldes d'Estrac. Muchas gracies por anticipada.

seguro que estan los once y el fluvial?

Añadir nuevo comentario