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Tiermes: La Petra Hispana

Lunes 20 de Marzo, 2017
Brincar entre las piedras de Tiermes (Soria) es hacer una ofrenda a la memoria de nuestros ancestros, que enseñaron los dientes a la todopoderosa Roma en el curso de las guerras celtibéricas.
Por: JUAN IGNACIO CUESTA

En su último libro, ganador del II premio Enigmas de ensayo, el periodista y escritor Juan Ignacio Cuesta ha osado recorrer los Lugares a evitar cuando cae la noche (Luciérnaga, 2017). De norte a sur y de este a oeste, el autor nos propone un dinámico viaje por bosques, santuarios, necrópolis rupestres, yacimientos… Por cortesía de la editorial, reproducimos en la revista Historia de Iberia Vieja el capítulo sobre Tiermes, la Petra hispana.

Soria es provincia llena de rincones excepcionales y muchos de ellos son realmente únicos. Sobre todo aquellos en los que nos encontramos con las huellas de la heroicidad de algunos de los pueblos que nos precedieron. Este sería el caso de los arévacos, una tribu guerrera como pocas, famosa por el episodio de Numancia, pero no menos por el que protagonizaron en una ciudad menos conocida pero más genuina: Termes, a la que también se llama Tarmes.

Aunque existen algunos pocos restos datados en el Neolítico en esta zona, el primer asentamiento estable tuvo lugar durante el Bronce, como atestigua la existencia de una necrópolis de incineración en la zona denominada Carratiermes, situada junto a la vaguada por donde corre el arroyo que hoy se llama Tiermes, hecho que tuvo lugar en un momento inconcreto durante el II milenio a.C. Sin embargo, algunos petroglifos de la zona revelan que hubo gente allí unos mil doscientos años atrás. Esta podría haber sido la razón de que, en la Edad de Hierro, durante las colonizaciones celtibéricas, llegara a la zona un grupo de arévacos, aproximadamente entre los siglos IV a III, construyendo en la zona cercana al paraje de los Vergales un oppidum al que ya pusieron su nombre más conocido: Termes.

GUERRAS CELTIBÉRICAS
Dicen de aquel pueblo de agricultores que fueron gentes levantiscas y aguerridas que no aceptaron someterse a las tropas del cartaginés Aníbal, cuando este las quiso dominar en el año 200 a.C. Su fiereza era tal que casi llegaron a ser la tribu hegemónica en una amplia región cuya ciudad más emblemática fue Numancia, según Estrabón y Ptolomeo. Años después, en el 181 a.C., estos hombres que adoraban al dios celta Lug, uno de los principales de su panteón, fueron acosados por un pretor que ya conocemos, Tiberio Sempronio Graco que, en principio, acordó con ellos una serie de tratados de paz. Acuerdos  que duraron hasta el 153 cuando, debido al crecimiento de sus poblaciones, los habitantes de la ciudad de Segeda –capital de los belos, entre Belmonte de Gracián y Mara, cerca de Calatayud–, decidieron ampliar las murallas del oppidum, con el consiguiente desacuerdo de Roma. Comenzaron así las “guerras celtibéricas”. Nombrado cónsul Quinto Fulvio Nobilior, vino a Hispania al frente de sus legiones para reducirlos hasta que, después de tomar las principales ciudades de los arévacos, tuvo lugar el famoso episodio del asedio y caída de Numancia en el año 133 por parte de los cónsules Publio Cornelio Escipión Emiliano y Cayo Fulvio Flaco, momento a partir del cual los supervivientes fueron integrándose poco a poco en el mundo romano, siendo al principio sometidos, pero después asimilándolo, e incluso aportando tropas a las legiones.

En cuanto a Termes, de aquellas escaramuzas tenemos testimonios, como el del historiador grecorromano Apiano, que refi riéndose al sitio que nos ocupa afirmó:

Termessos, gran ciudad que había sido siempre hostil a los romanos, se vio obligada a bajar de la altura al llano, siéndole prohibido cercarse de muralla.

UNA PETRA HISPANA
Poco queda del viejo oppidum arévaco debajo de las piedras de la ciudad con la que los romanos cubrieron el viejo bastión de aquellos guerreros tan nobles como feroces, si acaso en algunos puntos aún se conservan algunas estructuras como la puerta del Oeste que mira hacia la actual provincia de Guadalajara. En frente, la tierra que ha depositado el viento a lo largo del tiempo, ha ido cubriendo otros restos que fueron quedando abandonados en medio de un paisaje desangelado al que hoy acude muy poca gente.

Lee el artículo completo en el nº141 de la revista Historia de Iberia Vieja

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